Como no me gusta hablar de mí voy a hablar de los gatos de la casa. Hay dos: uno es blanco con negro y el otro es plomo. Los horarios de ellos funcionan de modo independiente, pero a ratos se cruzan con el mío y el de mi mujer. Eso es inquietante: ver lo humanos que se han puesto, buscar trazas de ello en lo que hacemos, ver cuánto de nuestras horas son parecidas a las horas de ellos. Sabemos, por ejemplo, que se acuestan a la 1:00 am cuando lo hacemos nosotros. Sabemos que él, el plomo, que se llama Eduardo y es korat o azul-ruso (depende de lo gordo que lo veamos), ve tele con nosotros y que le gustan las películas de Pablo Larraín y Raúl Ruiz. Esto no es broma: le encantó Misterios de Lisboa y Tony Manero que vio con los ojos abiertos, concentradísimo, mientras nosotros bostezábamos. Sabemos que confiamos en el juicio del gato Eduardo como comentarista de cine antes que varios críticos de la plaza.

Sabemos que cuando terminan las películas, se duerme. Sabemos que el otro, que se llama Ignacio, es el primero que despierta en la casa, a las 6:00 am y que en el borde exacto del amanecer se lanza sobre la cama y pide que lo sigamos para darle comida. Sabemos que en realidad eso no es más que una excusa, que lo que quiere es salir al balcón.
Sabemos que cuando salimos de la casa a las 8:00 am ellos ya han vuelto a dormir. Sabemos que, cuando volvemos, en la tarde, tipo 18:00 hrs, están despiertos y corren a la puerta.

A veces hacen destrozos en nuestra ausencia: tiran cosas al suelo, muerden el lomo de ciertos libros (Ignacio destruyó, no sé por qué, los dos poemarios de Bruno Vidal y el lomo de un álbum de Seth), se acuestan sobre la ropa, marcan su territorio. Sabemos que en las tardes de sol, se tiran sobre un sillón para esperar que termine la tarde. Sabemos que la posición del sillón en el living del departamento quizá depende de eso, de cómo ellos se acomodan para recibir los últimos rayos de sol. Sabemos que el calor los adormece y que van a despertar cuando se haya ido. Sabemos que a las 21 hrs van a aparecer por el dormitorio a ver las noticias con nosotros. Sabemos que Eduardo pedirá que le hagan cariño y que Ignacio simplemente se tirará sobre mi panza. Sabemos que las noticias no les interesarán: que lo que pase en sus cabezas no tendrá que ver con lo que suceda en los televisores. Sabemos que a veces alguna celebración en el parque, allá afuera, los despertará. Sabemos que tosieron por semanas
después de que la policía llenara con lacrimógenas la calle Bustamante, en agosto del año pasado. Sabemos que jugarán un rato y se despertarán de nuevo para ver cine o morder libros o hacer lo que sea que hagan, de nuevo a la misma hora.