“Los jefes de la Iglesia a menudo han sido narcisistas, vanidosos y equivocadamente estimulados por sus cortesanos. La corte es la lepra del papado”. Quien pronunció estas palabras hace poco más de un mes no fue otro que el Papa Francisco. Una crítica nada velada a la curia romana –algo así como el gobierno de la Iglesia Católica– que el Papa está empeñado en reformar profundamente.

Esta declaración forma parte de una entrevista que el pontífice concedió al director del periódico italiano La Repubblica, Eugenio Scalfari, una publicación bastante crítica con la Iglesia Católica y sus círculos de poder. Fue precisamente en este diario donde se destapó en parte el escándalo de filtración de documentos secretos conocido como Vatileaks, que acabó por salpicar a colaboradores cercanos del Papa emérito Benedicto XVI, y fue la puntilla que precipitó su renuncia el pasado 13 de febrero.
La llegada de Franciso se produjo en uno de los momentos más difíciles para la Iglesia.

El Papa Benedicto XVI descubre que su ayudante de cámara, la última persona que ve antes de ir a dormir y la primera que le da los buenos días, lo ha traicionado filtrando a la prensa documentos secretos que dejan en muy mal lugar a personas importantes dentro de la curia romana. Por otra parte, altos prelados son acusados de pedofilia ante los ojos del mundo, que cada vez observa con más recelo y distancia a la Iglesia de Jesucristo y a sus representantes. La labor de Francisco no parecía fácil: devolver la ilusión a millones de católicos de todo el mundo y sanar las estructuras más arcaicas dentro del gobierno de la Iglesia. Su primer gran viaje a Brasil en julio, con motivo de las Jornadas Mundiales de la Juventud, parece confirmar que lo está consiguiendo.

“A mí no me gusta la palabra revolución”, dice Gianni Valente, periodista italiano de la Agencia Fides y uno de los mejores amigos de Francisco desde hace más de una década. “El no quiere cambiar la Iglesia, no quiere imponer su concepto de Iglesia; quiere que la Iglesia no sea deformada por otras dinámicas que no sean las eclesiásticas. Claro que está llevando a cabo reformas, pero el objetivo es simplemente hacer que la Iglesia sea más transparente. Creo que es importante desterrar la idea de que él quiere hacer una Iglesia suya. No existe la Iglesia de Bergoglio, existe la Iglesia de Jesucristo”, insiste en una entrevista desde Roma con CARAS.

Sin embargo, es cierto que la llegada de Francisco al Vaticano ha supuesto un gran cambio desde el punto de vista práctico. Para empezar, Francisco no vive en el apartamento papal como sus antecesores sino que continúa en la modesta residencia de Santa Marta, un convento a pocos pasos de la Plaza de San Pedro donde se hospedó cuando viajó a Roma para asistir al Cónclave en el que fue electo. Allí desayuna, come y cena al lado de quien se encuentre en ese momento. Cada mañana celebra una misa. Se pasea por el Vaticano con una simple sotana blanca y ha cambiado la cruz de oro por una sencilla cruz de hierro. Detalles que han ayudado a transmitir el mensaje de cercanía que tanto necesitaba la Iglesia, según los expertos. “El hecho de que se haya quedado en la residencia de Santa Marta, o que celebre misa cada mañana es algo nuevo. Hasta ahora el Papa hablaba una o dos veces a la semana desde su balcón con discursos preparados. La imagen de un papa que habla cada día leyendo el evangelio es una importante revolución”, admite Valente.

Pero los cambios más importantes los está llevando a cabo dentro de las estructuras de la Iglesia. Desde su llegada al trono de San Pedro, Francisco ha instaurado varias comisiones de expertos para evaluar y hacer más transparentes los organismos financieros vaticanos, sobre todo el Instituto para las Obras de Religión (IOR), el llamado Banco Vaticano, en el punto de mira desde hace años por numerosos escándalos de corrupción. En abril creó además una comisión formada por ocho cardenales para estudiar un proyecto de reforma de la curia romana.
Además, en los últimos meses también ha cambiado las caras y los nombres dentro de los muros vaticanos, ‘jubilando’ a la mayoría de los colaboradores de su predecesor. Uno de los grandes relevos ha sido el del cardenal Tarcisio Bertone como secretario de Estado vaticano –algo así como el ‘primer ministro’ de la Santa Sede–, en favor del arzobispo Pietro Parolin, que en los últimos años se ha desempeñado como nuncio en Venezuela y que cuenta con una gran experiencia al frente de la diplomacia vaticana.

Wp-papa-450

“Parolin está en sintonía con la visión pastoral del Papa Francisco, pero también será capaz de dar una nueva perspectiva a la voz de la Santa Sede, algo que ha faltado un poco en los grandes eventos que han sucedido en los últimos años, como en la Primavera Arabe”, dice a CARAS el periodista especializado en información vaticana del diario La Stampa, Andrea Tornielli. Al mismo tiempo, “no hará de ‘vicepapa’ porque no es protagonista. Sabrá estar en su puesto que es el de secretario”, explica Tornielli. Una opinión que comparte también Gianni Valente. “El nombramiento de Parolin es muy importante porque es una persona que está en sintonía con el Papa, ya que ambos comparten la misma idea de la Iglesia. Es un gran diplomático, funcionario de la Iglesia, pero también es un sacerdote muy espiritual. Haber elegido a una persona de este tipo ayuda a entender cuál es el tipo de Iglesia que quiere Francisco”.

Valente lo sabe bien. Conoce al Papa argentino desde 2002, cuando viajó a Buenos Aires por primera vez para hacer una serie de reportajes sobre la grave crisis económica que vivió el país en aquellos años. “Desde el principio tuvimos una relación especial; era distinto a las otras personas que encontré en aquel viaje. Me llamó la atención cómo contaba el sufrimiento de su pueblo. Con el tiempo nuestra relación profesional se transformó en una relación de amistad”. Hasta tal punto fue esa amistad que durante años se escribieron cartas y se encontraron varias veces en Argentina y en Roma. Fue precisamente este periodista la primera persona a la que Francisco llamó tras ser elegido Papa. Eran las 22 de la noche del 13 de marzo de 2013. Habían pasado apenas un par de horas desde que Jorge Mario Bergoglio, con gesto emocionado, saliera al balcón de la Plaza de San Pedro ya convertido en Papa Francisco. En la casa romana de la familia de Gianni Valente y su mujer Stefania Falasca, ambos periodistas, sonó el teléfono. Paolo, el hijo del matrimonio lo cogió y gritó a sus padres: “¡Mamá, papá, el Papa está al teléfono!”.

“Su vida como arzobispo y como pastor estaba en la comunidad, fuera de los reflectores, de los medios de comunicación”, dice Valente. “Su trabajo en las villas miseria o con las personas más desfavorecidas lo hacía de manera reservada, no se daba publicidad”. Y esa es quizá la mayor diferencia entre Francisco y su antecesor. “Benedicto era un profesor de la universidad, un teólogo sin apenas experiencias pastorales. Bergoglio estaba totalmente inmerso en el pueblo”, asegura el periodista italiano y amigo íntimo del pontífice.

Hay quienes, por el contrario, ven en esta cercanía del Papa argentino un punto de superficialidad. Una revolución más de “propaganda, de relaciones públicas, que de sustancia”. “Bergoglio ha cambiado completamente la publicidad, pero el producto sigue siendo el mismo”, dijo el científico italiano Piergiorgio Odifreddi, autor de numerosos libros sobre divulgación científica, y famoso por su ateísmo y anticlericalismo militante, en una entrevista reciente al diario español El Mundo. “Me da la impresión de que Francisco quiere agradar a todos”, dice Odifreddi. “Ha decidido llamarse Francisco pero no vive como Francisco de Asís, aunque le guste hacer ver que se desplaza en utilitarios”, añade el científico italiano.

Odifreddi no es el único que se muestra crítico con el Papa argentino. Tras su elección, no fueron pocos quienes desde su país natal sacaron a la luz su presunta colaboración con la dictadura militar de Videla durante los años más oscuros de la historia trasandina. Su relación con la familia Kirchner durante los años que estuvo al frente del Episcopado argentino tampoco fue fácil. Las insistentes críticas a la pobreza y desigualdad en el país latinoamericano, no fueron nunca del agrado de los mandatarios de su nación. Y la legalización del matrimonio entre personas del mismo sexo por el gobierno de Cristina Kirchner en 2010, terminó por congelar aún más las relaciones. “Las homilías fueron muchas veces interpretadas en clave política, cuando en realidad ningún político puede afirmar que tuvo a Bergoglio como aliado, sea de izqueirda o de derecha”, dice el arzobispo Víctor Fernández, director de la Pontificia Universidad Católica de Argentina, en una entrevista a la agencia Zenit.

En los últimos meses, Francisco ha evitado interferir en la vida política italiana, pero si ha dejado claro que no evitará pronunciarse de cuestiones políticas siempre que lo crea oportuno. Lo hizo sobre el matrimonio gay ante cientos de periodistas a bordo del avión papal que le traía de vuelta a Roma después del viaje a Brasil. Lo hizo recientemente para condenar la indiferencia de Occidente ante la inmigración y la pobreza, después de la muerte de cientos de personas que trataban de llegar a la isla italiana de Lampedusa. Y lo hará seguramente durante las homilías con las que celebrará las primeras Navidades como pontífice. “En un momento histórico como el actual hacía falta una persona como Francisco al frente de la Iglesia Católica”, dice Valente.