Lo ocultó durante seis años y medio. Jackie Collins, la escritora que en sus páginas revelaba el mismo mundo de lujo y poder de su hermana Joan, luchó en silencio contra un irreversible cáncer de mamas. Sólo al final habló con su familia y dijo que quería rodearse de los más queridos, siempre en Los Angeles: la ciudad que la recibió cuando ella era una desconocida, una muchacha con apenas veinte años que quería probar suerte en la entonces pantalla en blanco y negro. Sus inicios no fueron fáciles, porque de alguna manera su familia era un fantasma que la empujaba a un destino que no quería.

Su madre Elsa Bessant dejó de lado su pasión por la danza para dedicarse a la crianza de dos mujeres y un hombre. Su padre, Joseph William Collins, era un agente de espectáculos de origen judío que se ganaba la vida como representante de Shirley Bassey, The Beatles y Tom Jones. De gran habilidad para los negocios, siempre vio en sus tres hijos una suerte de expansión de sus talentos. Cuando Joan, la mayor, llegó a Hollywood como una actriz de éxito sintió que eran sus propios sueños los que se cumplían. En un tiempo récord su primogénita aparecía en el celuloide como dueña de una belleza extraordinaria, apenas eclipsada por otro vendaval de origen británico: Elizabeth Taylor.

Al otro lado del mundo Jackie observaba cómo su hermana serpenteaba entre pasillos de fama y dinero, algo que acrecentaba el orgullo familiar. Ella, en cambio, estaba lejos de ser una hija ejemplar. A los quince años había sido expulsada del colegio y al poco tiempo desertó para convertirse en una declarada “delincuente juvenil”, confesó cuatro décadas después. Siempre comparada con Joan aprendió a mirar alrededor con rebeldía y arrogancia. No llegó tan lejos. Su padre se encargó de encaminarla según su voluntad y la envió a Estados Unidos. Si Joan había alcanzado la gloria, la hija siguiente también. Después de todo, Jackie era igual o más guapa y su desparpajo podía llamar la atención en un Hollywood ávido de sangre nueva.

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Brilló apenas apareció por Beverly Hills, aunque avanzaba con timidez y obediencia. Llegaba a las audiciones y leía guiones que eran gestionados por la misma Joan. Muy rápido participó como debutante en películas de bajo presupuesto y mientras se codeaba con gente influyente fuera y dentro del set, mantuvo una relación con Marlon Brando. Fue un romance sin un gran desenlace, pero que le ayudó a reconocer a una nueva clase de hombres de éxito: atormentados por la fama y perseguidos por una prensa hambrienta de escándalos. Sin proponérselo comenzó a hilvanar historias y personalidades en su cabeza. El siguiente paso era obvio: escribir con detalle cada cosa que veía. Anotaba situaciones, describía fiestas y fisgoneaba en lo que pasaba a puertas cerradas en las mansiones de ricos y famosos. En lugar de aprenderse libretos de memoria, prefería quedarse escribiendo por las noches. Estaba cansada de participar en comerciales de televisión, de probar suerte como cantante y, lo más importante, estaba convencida de que no compartía el mismo talento de su hermana. Hablaron y Joan le dijo que tenía que buscar su propio camino, porque después de todo ya había escapado de lo más difícil: la voluntad paterna.

Su primera novela fue lanzada en 1968. Titulada como El mundo está lleno de hombres casados se convirtió en un inmediato éxito de ventas. Joan la abrazó emocionada cuando los diarios hablaban de esta nueva voz literaria: una mezcla de la ironía de Truman Capote y la feminidad de Jane Austen. Tuvo seguidores instantáneamente por su lenguaje descarnado, con diálogos cargados de ambición, sexo y fiestas interminables. Barbara Cartland, la escritora más respetada en esos años, no guardó silencio frente a esta extranjera recién llegada. “Es desagradable, sucia y repugnante”, dijo. En la calle, las ventas se multiplicaban. Nunca más dejó de publicar.

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Escribió cerca de 32 novelas y cada una de ellas fue considerada por The New York Times como best seller. Algunas incluso superaron los 500 millones de copias. Traducida a cuarenta idiomas, ocho de sus libros fueron llevados al cine y la televisión. A fines de 1970 hizo el guión de la novela The Stud con su hermana Joan en el rol de una adúltera cazafortunas llamada Fontaine Khaled. Lejos del pudor y las reglas se concentró en hacer del sexo su mejor aliado. Una década antes de Sex and the city fue pionera en desclasificar los pensamientos de la nueva mujer americana. Sabía cómo hacerlo: su hermana era una batería suficiente de inspiraciones y datos. Su entrega Chances, publicada en 1981, abrió otro sendero. Por primera vez dejaba todo en boca de una alter ego fabricado a su medida: Lucky Santangelo, la hija ‘peligrosamente linda’ de un mafioso adicto al poder. Ahí comenzó una nueva saga, donde mezclaba hedonismo y género policial. “No soy una escritora, menos literata. Simplemente soy una contadora de historias”, dijo enfundada en abrigo de piel y diamantes.

Mientras vivía en las colinas de Sunset Boulevard, escribió su novela más recordada: Hollywood Wives, un fresco de hipocresías entre fiestas y rodajes. A diferencia de lo que escribió siempre fue una defensora del matrimonio. Estuvo casada más de 25 años con Oscar Lerman, su segundo marido que murió en 1992. Con él tuvo a Tiffany y Rory. De su matrimonio de juventud con Wallace Austin fue mamá de Tracy.

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Un poco antes de morir reunió a sus hijos, les dijo que estaba enferma y que no lo hablaran con nadie. Lo que más le importaba era que Joan lo supiera de su propia boca y en el momento adecuado. Viajó a Inglaterra por última vez y a su regreso, sólo una semana y media antes de morir, la llamó para decirle que tenía algo que contarle, un secreto que era de las dos.

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