A los quince años salía en la portada de la revista Life, recibía miles de cartas diarias, había actuado en cinco películas, almorzaban en los estudios con los grandes de entonces (Judy Garland, Lana Turnes, Spencer Tracy, Hedy Lamar), escribía poemas malísimos, era la joven más hermosa del mundo y vivía angustiada porque ningún muchacho la invitaba a salir.
Cuando cumplió 17 años, conoció a Montgomery Clift, el único amigo de verdad que tuvo y el único hombre con quien nunca hizo el amor.
Monty como le decía, adivinó que la preocupación fundamental de su amiga era casarse. “Cásate con un mono si eso te hace feliz, pero asegúrate bien que el mono sea digno de ti”.

En esa época apareció Conrad Nicholson Hilton, un millonario de 23 años que se enamoró de Elizabeth y le regaló perlas, aros de turquesa y un brillante de cinco kilates.
Se casaron el 6 de mayo de 1950. “Nicky es el hombre con quien deseo pasar la vida”, dijo Elizabeth. Pero la vida le tenía reservada otras cosas. Nicky, católico ferviente y todo, tenía un rosario en el velador, una colección de obras pornográficas en la biblioteca, cuatro frascos de droga en la cómoda y botellas de whisky a medio vaciar en los roperos de la mansión.

Con la luna de miel empezó el infierno. Ella lo quería y lo buscaba. Nicky la maldecía y la apartaba: “¡Estoy harto de verte la cara!”. Ella dejó de comer y comenzó a beber para olvidar la tragedia. “En las noches me abrazaba a la almohada y rezaba”.
Siete meses duró el matrimonio.
Para pasar la tristeza se internó en una clínica bajo el nombre de Rebeca Jones. De ahí salió pálida y temblorosa, y en los ojos violeta había otra mirada. Le había entrado amargura al alma. Sus palabras estaban llenas de rencor. Recordándola en aquellos tiempos, Montgomery Clift decía: “¡Dios mío. Qué hermosa era! Pero lo extraño en ella era ese lenguaje tan sucio. Las cosas que decía eran tan chocantes que a mí me resultaba imposible armonizar la belleza de su rostro con la grosería de su lenguaje.

EL AMOR Y LA MUERTE

A los 20 años, y mientras filmaba Ivan hoe, conoció a Michael Wilding, el ídolo inglés doce años mayor que ella. Wilding estaba casado, pero a Elizabeth no le importaban esas cosas y decidió que se casaría con él de todas maneras. Se compró un anillo de zafiro rodeado de brillantes y anunció a la prensa que estaba comprometida con el actor británico, quien ni siquiera había sido consultado…”Consigue todo lo que quiere”, dijo un amigo.
Se casaron el 21 de febrero de 1952.
Nacieron dos hijos, Michael y Christopher Wilding.
El matrimonio duró 4 años. Cuando se divorciaron, apareció ante los periodistas agobiada y balbuceante. “Estoy muerta. Soy una vieja de 24 años. Soy niebla y nada de sol”, dijo y se echó a llorar.

No fueron muchos días los que estuvo llorando. Ya había conocido a Michael Todd, el famoso productor de La vuelta al mundo en 80 días. Un hombre 28 años mayor que ella, que era un volcán, una furia de vida, un apasionado que la amó casi con delirio.
Se casaron el 27 de febrero de 1957.

Mike Todd inventó las extravagancias imaginables para complacer a “su diosa”, como la llamaba. Compró un avión de lujo que fue bautizado como Lucky Liz, un yate y un Rolls Royce, donde instaló un bar con dos bandejas de oro grabadas con su nombre y el de Liz. Arrendó una mansión en Beverly Hills, otra en Palm Spring y otra en West Port, “para que mi diosa viva en casas diferentes”. Era su manera estruendiosa de amarla y Liz se dejaba querer así… Nació una niña, Liz Todd. Fueron felices. Pero la vida les tenía dolores reservados. El 24 de marzo de 1958, cuando llevaban un año de casados, mike voló desde Tulsa a Nueva York en el Lucky Liz. El avión cayó a tierra entre las montañas Zuni y el amor de Elizabeth quedó convertido en un millón de cenizas perdidas en una quebrada. “Nunca vi a nadie tan desesperada”, dijo su amiga Helen Rose.
“Se veía completamente indefensa, saturada de sedantes, bebiendo enloquecida, con la vista vaga y las manos agarradas al vaso como si allí estuviese su salvación”. Tenía 27 años. La idea de la muerte comenzó a obsesionarla. Hablaba constantemente del suicidio. De hecho trató de matarse cuando terminó de rodar Un gato sobre el tejado de zinc caliente, la película en la que trabajaba cuando Todd murió. Lograron salvarla, pero aquel no sería su último intento de suicidio.

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Un año después del accidente se casó con el mejor amigo de Todd, el cantante Eddie Fisher. El matrimonio fue un escándalo porque Fisher estaba casado con Debbie Reynolds y hasta sus más íntimos amigos la condenaron. Eso le dolió, pero más le dolía vivir sola.
“Nuestra luna de miel va a durar 30 0 40 años”, declaró a la prensa.
Ni 30 ni 40. El matrimonio que duró cuatro años, fue un desastre. Vivieron rodeados de lujos, gastando en joyas, viajes y fiestas donde servían langostas, champaña, drogas y caviar. Fisher era dogadicto y Liz también comenzó a recibir “inyecciones de salud”, como llamaban a una mezcla de vitaminas con manfetaminas que le proporcionaba un amigo médico. En esa época se internó en varias clínicas (una traqueotomía, dos intentos de suicidio, tres intoxicaciones graves), ganó el Oscar a la mejor actriz en 1969 (por Una venus en visón) y adoptó una niña, María.

LA PASIÓN DE SU VIDA

Conoció a Richard Burton mientras filmaban Cleopatra. El hacía el papel de de Marco Antonio. “En un film hay un momento en que los actores se convierten en los personajes que ellos mismos representan. Es lo que ocurrió hoy cuando las cámaras comenzaron a funcionar y de pronto todos sintieron la corriente eléctrica. Nadie habló, pero casí podíamos sentir la electricidad entre Richard y Liz”, dijo el director.
-Creo que es bueno que sepa que estoy enamorado de su chica- dijo Burton a Eddie Fisher.
-No es mi chica. Es mi esposa, contestó el cantante.
-En ese caso, estoy enamorado de su esposa- replicó el actor.
Tres días más tarde, Elizabeth se divorciaba de Fisher para casarse con Burton.
El 15 de marzo de 1964, alquilaron un avión y fueron a Montreal para casarse en secreto, lejos de la publicidad y arrancando del escándalo que se armó porque Burton también era casado.
El avión aterrizó a las 4 de la tarde. Unas horas después, el novio de 38 años, borracho pero de pie, esperaba en la suite del Ritz Carlton la aparición de su novia de 32. Fiel a una tradición que Elizabeth no abandonaba nunca, llegó con 45 minutos de retraso.
-Esa gorda trotona no ha llegado. Estoy segura que llegará tarde al maldito juicio final- gritaba Burton medio tambaleándose… Diez minutos duró la ceremonia. “Me siento tan feliz que no puedo creerlo. Este matrimonio será eterno”, dijo ella a la prensa…

Y no fue eterno. Fue brutal y doloroso. Una relación de amor y odio que casi destruye la vida de los 2. Burton terminó enteramente alcoholizado y ella gorda y enloquecida.
Los roles de Martha y George que ambos interpretaron en ¿Quién le teme a Virginia Wolf”, la desgarradora obra de Edwards Albee, fueron los mismos papeles que jugaron en la vida real.
Se insultaban, se golpeaban, se lanzaban objetos por la cabeza, después se besaban como locos y volvían a herirse con más violencia que antes. Ni el diamente Krupp de 33 kilates, ni esas “cositas” como llamaba Liz a los cuadros de Picasso, Utrillo, Degas, Monet y Van Gogh, que ella le regaló… Ninguna riqueza sirvió para nada. “Antes de conocer a Elizabeth yo no tenía idea de lo que era el amor absoluto”, decía Burton en junio de 1973, “pero nuestros caracteres no son para vivir juntos”. Poco después se divorciaron. Ella tenía 41 años. “Se necesita un día para morir y otro para recomenzar la vida. Tuve un día triste en mi vida cuando murió Mike Todd. Jamás pensé que tendría otro así. Me equivoqué. Hoy es el segundo día triste de mi vida. Me siento desolada”, dijo y se encerró a llorar mientras bebía.

…Y TODO SE DERRUMBÓ

Pasaron dos años. Burton, cada día más alcoholizado, salía el lunes con una modelo negra, el martes con una actriz de cine, el miércoles con una princesa y el resto de la semana dormía su pena y su borrachera.
Elizabeth se las barajaba entre el vendedor de autos, las píldoras para dormir, las píldoras para despertar, el exceso de comida y alcohol. A la distancia se recordaban, se llamaban por teléfono, se juraban amor eterno, colgaban insultándose y lloraban.
El 10 de octubre de 1975 se casaron por segunda vez. “No habrá más matrimonios ni divorcios. Estamos unidos como plumas de gallina pegadas con alquitrán. Para siempre”, dijo Liz.

No alcanzó a pasar un año. Todo se desplomó. Y esta vez fue para siempre. Sin embargo, Liz Taylor le demostró al mundo que no hay pena capaz de destruirla y ante el asombro de millones, se casó, por séptima vez, con el político republicano John Warner. El republicano, que no era conocido ni en su casa, saltó a la fama gracias a la fama de la esposa, ganó elecciones y fue aplaudido en todas partes.
Ella dejó el cine y se convirtió en la señora de político más insólita, mal hablada y peor vestida de cuántas conoció el público norteamericano.
“Quiero pasar con John el resto de mi vida y quiero que me entierren junto a él”, dijo el día de su matrimonio.

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Pero ninguno de esos anhelos iba a convertirse en realidad. Vendrían otros sufrimientos (la muerte de Burton fue el más fuerte), y otro divorcio.
Nuevas clínicas y nuevos tratamientos para liberarla del alcohol y la ansiedad.
En febrero recién pasado declaró ante las cámaras de la tv. inglesa: “Nunca ha habido en mi vida un hombre como Richard Burton. Quiero casarme con él en el cielo, y por fin encontraré la paz”. Eso dijo con la sonrisa de niña y brillándole los ojos azul violeta.

Hoy es la novia del millonario Malcom Forbes. Mañana será la novia de un banquero, un cantante o un play boy. Pero su vida lo está diciendo: “es la novia del dolor”.