Subo las escaleras de la corte central de Belfast junto a Gerry Conlon (59) a quien no le gusta tomar ascensores. En cada piso revisamos los nombres de los procesados en las audiencias del día. “Deberían estar por aquí, mira tú por favor ya que dejé los anteojos en casa”, me pide en frente de cada aula. Llegando al quinto piso nos detenemos para tomar aire. Estamos buscando a Brendan McConville y John Paul Wootton más conocidos como los dos de Craigavon, un pueblito a una hora de Belfast. Están condenados por el homicidio de un policía en 2009. Gerry está convencido de que no recibieron un proceso justo, y hoy se debería fijar la fecha para la apelación. “Este caso se parece mucho al de nosotros, por eso acepté ayudar en su campaña de inocencia”, explica.

Finalmente un abogado defensor confirma la apelación para nueve meses más. Bajando las escaleras nos topamos con un grupo de fiscales. “Todavía siento algo cuando entro en una corte y me cruzo con esta gente con pelucas”, me confía.

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Me obsesioné con la historia de Gerry Conlon después de ver En el nombre del padre (1993), interpretada por Daniel Day Lewis y Ema Thompson. Me involucré tanto con el caso, que saliendo del cine decidí estudiar derecho. La abogada Gareth Pierce (Ema Thompson), que logra demostrar la inocencia de Gerry, era mi ejemplo a seguir. Tenía ganas de conocer a Gerry, ver su cara. Como en aquellos años no había internet direccioné mis esfuerzos en conseguir una foto del diario del 18 de octubre de 1989, día en que salió triunfante de la cárcel. Esta fotocopia, cuidadosamente enmarcada y colgada al lado de mi escritorio era un farol que alumbraba mis largas horas de estudios.

Hace unos días, revisando en una caja de cartón apareció la vieja fotocopia enmarcada. Han pasado 20 años y me pregunté si Gerry Conlon estará vivo. No me costó mucho descubrir que reside en Belfast y lo llamé. A la semana siguiente estaba sentado en su cocina.

Gerry nació en una familia católica de Belfast en el barrio de Falls Road donde vive la mayoría de los católicos. Sus primeros recuerdos son de una calle con casas pareadas de ladrillos rojos pegadas una a la otra y sin baños. Su padre estaba casi siempre enfermo por culpa de una fibrosis pulmonar que agarró cuando trabajaba en una fábrica de pinturas. Su madre, muy católica, hacía limpieza en el hospital. Se crió junto a dos hermanas.

A fines de los ’60 Gerry, como muchos jóvenes de su edad, quería hacer plata fácil. Se especializó en robar departamentos, pero al mismo tiempo era famoso en el barrio por ser generoso y leal, repartía lo que tenía entre sus amigos y hermanas. Ya habían empezado los problemas entre católicos y protestantes que se extenderían por los siguientes 40 años, cobrando la vida de 3.628 personas en atentados, ejecuciones y enfrentamientos. Los protestantes querían seguir como una pequeña región administrada por los ingleses y fieles a la reina; y los católicos, independentistas-republicanos, querían formar una Irlanda unida e independiente.

“Los disturbios fueron sólo una excusa para tirar piedras a las patrullas del ejército. No me importaba mucho el discurso político y cuando el IRA quiso reclutarme se dieron cuenta de que yo no aguantaba reglas militares ni la disciplina. Claro que en un barrio como Falls Road en esos años donde la policía no se atrevía a entrar, el IRA se encargaba de garantizar algo de seguridad. Por esta razón ya casi no se podía robar. Cuando la situación se volvió una guerra, mi padre me envió a Londres, donde unos tíos. Para mí, con 19 años, fue como un piquero a la libertad. Se podía vivir sin tener que esquivar balas y sin que los del IRA estuvieran pisándote los talones”.
En la capital inglesa trabajó como obrero y en el tiempo libre jugaba a los caballos, tomaba cerveza e iba a fiestas en el barrio de Kilburn. Allí se reencontró con un amigo del colegio, Paul Hill. Sin saberlo este hecho cambiará para siempre su vida.

El 30 de enero de 1972, durante una marcha por los derechos civiles en Derry, una ciudad a un par de horas de Belfast, se desata la masacre conocida como Bloody Sunday. Una unidad del ejército británico con la intención de dispersar la marcha disparó sobre los manifestantes católicos. Los ingleses justificaron la muerte de 14 personas, diciendo que se defendieron del ataque de los manifestantes armados. En 2010 el gobierno inglés admitió que fue una ejecución a sangra fría y una vergüenza para el ejército británico. Pero en aquel tiempo, cien jóvenes católicos nacionalistas se enrolaron en las filas del IRA para vengar el ataque. La misión: llevar a Londres y a otras ciudades el terror que se vivía diariamente en Irlanda del Norte.

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“Empezaron a poner bombas y a matar gente inocente en respuesta a lo que estaba pasando en el norte. Una mañana Paul Hill me despertó con la noticia de que un tren de regreso de Southampton había sido desviado por culpa de unos atentados en el pueblo de Guildford. Partimos a comprar el diario donde nos enteramos de que dos bombas habían destruido dos pubs, frecuentados por militares provocando cinco muertos y más de 70 heridos. Para nosotros que teníamos a las espaldas las atrocidades vividas en Belfast y que sabíamos todo sobre el Bloody Sunday, la noticia no nos significó mucho. Seguimos nuestra vida en Londres. Perdí mi trabajo en la constructora y volví a robar de vez en cuando. Una noche saqué 700 esterlinas de la casa de una prostituta y esto, te juro, ha sido lo más grave que he hecho en toda mi vida”.

Sin mucho que hacer, regresó a Belfast. Vivió del subsido de cesantía un tiempo, jugaba billar y tomaba cerveza. La experiencia de Londres lo había deprimido al punto de ni siquiera volver a robar. “Una noche me fue bien con las carreras e invité a un grupo de amigos al cine a ver Papillón. No tenía idea que aquella sería mi última noche libre por los siguientes 15 años”.

Por eso, cuando la policía irrumpió en su casa pensó que era por alguno de sus robos. “Me montaron en un carro policial. Por la ventanilla vi al lechero que manejaba su bicicleta y pensé que en un par de horas estaría afuera poniendo algunas apuestas y tomándome algo en el pub de la esquina. En la comisaría me mostraron un papel firmado por Paul Hill donde mi nombre salía en varias partes remarcado con un círculo rojo. Tuve que leerlo varias veces porque no podía creer lo que decía. Era como un cuento de ficción. Relataba cómo Paul me había presentado a una joven, Marion, que me había enseñado a fabricar bombas y de cómo yo, Paul, Paddy Armstrong y su novia Carol Richardson habíamos ido hasta los pubs para instalarlas. Me limité a decir que no había hecho nada de eso. Y los ‘polis’ empezaron con los golpes. Me preguntaron dónde estaba el 5 de octubre, el día en que los atentados fueron cometidos. Habían pasado casi dos meses y entre los golpes pude acordarme que por aquella fecha había ido a un pub con mi tío a ver un partido. Pero mi recuerdo se equivocó de fecha y volvieron los golpes primero y luego fui trasladado a Londres”.

Gerry estaba seguro de que allá podría probar su inocencia; “me imaginaba los policías ingleses como lo que se veían en las series televisivas: correctos y amantes de la verdad. Me di cuenta muy luego que este no era el caso”.

A finales de 1974 el Parlamento inglés había aprobado con urgencia una ley de antiterrorismo que daba a la policía la posibilidad de encarcelar a quien sea por siete días sin pruebas y sin un abogado. Paul Hill fue el primero en ser arrestado bajo esta ley, Gerry el segundo. La opinión pública pedía una respuesta dura frente a la campaña de atentados del IRA. Cuando Gerry llegó a Londres estaba catalogado como uno de los culpables del atentado. “Escuchaba los gritos de la multitud enfurecida alrededor de la comisaría: ‘¡Bastardo asesino, bastardo irlandés!’. Me acuerdo de haber visto a una mujer pidiendo a gritos que me ahorcaran”.

En la comisaría Gerry es desnudado, golpeado y torturado reiteradamente. Luego lo carearon con Paul Hill. “Evitaba mis ojos todo el tiempo. Dijo: ‘Yo confesé y mi conciencia ahora está limpia; te aconsejo hacer lo mismo’. ‘¡Mírame a los ojos, dime que puse las bombas!’, le grité, pero se lo llevaron”.
Según la policía entonces Conlon escribió su confesión. Pero las cosas fueron diferentes.

“Me dijeron que si no firmaba la confesión le dispararían a mi mamá haciéndolo parecer un accidente. Allí toqué fondo. Sabía que las amenazas eran reales. Entonces empecé a escribir mi ‘confesión’… La tercera versión los dejó contentos y por unos momentos pensé que era todo verdad: yo había puesto las bombas, me vi entrar en los pubs y esconderlas. En cuanto la firmé me sentí aliviado, pensé que en el futuro podría rectificarla porque ningún juez ni corte podrían ser tan imbéciles de tragarse toda aquella mentira. No sabía que había escrito mi condena por los siguientes 15 años”.

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Cuatro culpables no era suficiente para la policía e involucraron a la gente que Gerry y Paul Hill habían frecuentado durante los meses en Londres. Se formó el grupo de ‘los fabricantes de bombas’: los tíos de Gerry, Anne y su marido Patrick, los hijos de ellos de 14 y 13 años, el padre de Gerry, Giuseppe. Aunque nunca se encontró nada en sus casas que hiciera suponer que allí se habían fabricado las bombas, según un examen forense, los siete presentaron rastros de nitroglicerina bajo las uñas. Este examen fue declarado años después inadmisible ya que se descubrió que hasta haber manipulado unos cigarrillos o detergente para lavar ropa, podría hacer que el examen diera positivo. Ahora en el caso de los cuatro de Guildford se sumaba la fabricación de bombas de los siete Maguire.

Paul Hill cuenta en su libro Stolen Years (Años robados, 1990) de cómo la policía usó la tortura para lograr su confesión. Amenazaron de muerte a su mujer Gina que estaba embarazada en aquel tiempo. Según Hill, los nombres de Gerry, Carol Richardson y Paddy Hill fueron encontrados en las cartas que Hill escribía a su novia Gina y se usaron por la policía para crear el grupo terrorista.

Sin una sola prueba, evidencia o testimonio, sólo basándose en las confesiones, Gerry y Paul fueron condenados a cadena perpetua. El juez Donaldson, que leyó la sentencia, se manifestó triste, ya que para él los cuatro merecían ser ahorcados. Los tíos de Gerry, Patrick Maguire y su esposa fueron sentenciados a 14 años, sus hijos Patrick y Vincent a 5 años. William Smith, hermano de Anne Maguire, sentenciado a 12 años. Patrick O’Neill, amigo de la familia a 12 años y el padre de Gerry a 12 años.

Los siete cumplieron sus condenas a excepción de Giuseppe Conlon que murió en enero del ´80 en una cárcel inglesa. Y solo en 1993 se reconoció completamente su inocencia.
“Mi padre estaba enfermo de los pulmones desde hace muchos años y la vida en la cárcel obviamente no lo ayudó. Pasaba su tiempo escribiendo cartas para dar a conocer nuestro caso. Yo no quería saber nada, ya no confiaba en nadie y concentraba mi energía en sobrevivir en la cárcel. Pero mi padre no perdía la esperanza y estaba convencido de que la única forma de salir de la cárcel era escribiendo cartas y gritando nuestra inocencia en la cara de todos. Cada persona que se acercaba a hablar con él sabía en instantes que era inocente”.

Giuseppe Conlon murió el 23 de enero de 1980. “Antes de morir me dijo: Mi muerte limpiará tu nombre y cuando tu nombre esté limpio tienes que limpiar el mío. Nos metieron aquí por la puerta trasera, cuando llegue tu momento de salir lo harás por la puerta delantera y le contarás al mundo lo que nos hicieron”.

Gerry cayó en depresión. Casi no dormía. Y finalmente fue trasladado a otra cárcel. “Aquí el director me recibió en su oficina diciendo que conocía muy bien mi caso y sabía de mi viejo. Era amigo personal del cardenal Basil Hume que le había hablado de nosotros. El creía en nuestra inocencia. Me dijo que no me podía dar la libertad pero que me permitiría un ilimitado número de cartas para enviar. Esto fue una gran ayuda, ya que en la cárcel se podía enviar una carta por semana. El director me ofreció todo lo necesario para enviar cuantas cartas y adonde yo quisiera, incluso le escribí al Papa y a Mijael Gorbachov”.

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Entre 1986 y 1988 empezó a crecer el movimiento por la inocencia de los detenidos. Un cambio de ruta llegó cuando la abogada Gareth Pierce tomó el caso.
“Ella buscó a las personas con las que estuve la noche de los atentados. Ningún abogado lo había hecho antes. Se confirmó que estuve todo el día en el hostal católico de Quax Road y había pasado la noche en la sala común junto a Charles Burks, un viejo que alojaba allí. Gareth descubrió que Burks y el dueño del hostal habían declarado confirmando mi coartada, pero fueron escondidas en una carpeta en donde se puso un papel que decía: para no ser mostrada a la defensa”. Además una investigación interna de la policía determinó que la confesión de Paddy Armstrong había sido dictada por completo. Cuando esto llegó a los fiscales del tribunal en 1989 decidieron que la acusación perdía credibilidad y nuestras condenas deberían ser anuladas. En síntesis el sistema nos decía: ‘Disculpen, vayan con Dios’”.

Cuando salió libre era tal la adrenalina que no durmió en varios días. “Me tomaba una botella de vodka diaria sin emborracharme. Estaba seguro de que si me dormía iba a despertar en mi celda. La anulación de mi condena llegó de sorpresa. Un día estaba adentro y al siguiente era libre y no tuve ninguna preparación. Tuve que acostumbrarme a cruzar la calle, a elegir qué ropa comprar y qué comida comer. En frente a un menú me quedaba en estado de shock y pedía papas fritas. Demoré semanas en acostumbrarme a que podía abrir las puertas cerradas. La primera noche un canal de televisión organizó una fiesta en mi honor en un hotel de Londres, estaban además mi mamá y mis hermanas. Cuando quedé solo en mi pieza sentí el impulso de acercarme a la ventana para intentar hablar con la gente de la pieza del lado. En la cárcel todos se conocen y ahora estaba rodeado de extraños”.

De vuelta en Belfast fue considerado un héroe. “Un amigo un día me dijo que yo representaba una victoria para todos los católicos de Irlanda del Norte. Fui invitado a EE.UU. para hablar en el Congreso, hicieron la película y llegué a Hollywood. Tuve acceso a drogas y me refugié en ellas. Pasé todo el primer tiempo del estreno de la película en L.A. en el baño con Johnny Depp tirando crack. No podía volver a vivir en Belfast, aunque estaban mi mamá y mis hermanas con las cuales después de todo lo que habíamos pasado no logré nunca más tener una relación normal. Opté por irme a EE.UU., viví un tiempo en la casa de Johnny (Depp) con él y su mamá. Ellos me ayudaron a restablecer una relación familiar. Aquel mundo era muy tentador, pero un día me pregunté qué hacía yo allí. Era un chupasangre de los famosos, mi historia les daba lástima. Muchos de ellos eran unos hijos de puta con enorme talento. Johnny Depp en cambio es la persona más buena que conocí en ese círculo. Un hombre de gran sensibilidad, humanidad y coraje que además a lo largo de los años nunca cambió. Bono es otro que siempre se ha preocupado por mí. Cada concierto que los U2 hacen en el mundo mi nombre está en la lista de invitados de honor”.

Después de la ceremonia de los Oscar del ’94 regresó a Londres. “Por aquellos días mi consumo de drogas y alcohol había llegado a niveles peligrosos. Empecé a sentirme desconectado del mundo real. No contestaba al teléfono. Viví por siete años totalmente incomunicado, como un monje. Hablaba por teléfono una vez al año con mi mamá. Ahora entiendo que mi situación era la de un hombre clínicamente deprimido y lo único que hacía era repasar mentalmente mis 15 años en la cárcel. En 1997 el gobierno me dio medio millón de libras esterlinas (900 mil dólares). Darle plata a alguien que no está bien de la cabeza es como ponerle en frente una botella de whisky, un revólver y decirle: ‘anda y mátate’. En 2005 recibimos escusas oficiales por parte de Tony Blair. Yo le pedí ayuda médica y aún no llega. En el intertanto tuve un intento de suicidio”.

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El 2005 murió su madre. En el funeral se reencontró con una novia que tuvo recién salido de la cárcel. “Un par de días después del funeral me invitó a su casa y allí estaba una joven de unos 20 años mirándome. Inmediatamente supe que era mi hija. En todos estos años ella nunca me quiso contactar porque no sabía cómo reaccionaría. Pero ahora estamos recuperando el tiempo. Mi hija además es abogada y a menudo trabajamos juntos en algunos casos”.

El regreso a Belfast , además de una hija y de una mujer coincidió con una reunión con Paddy Joe Hill, otro irlandés inocente que había pasado 16 años encarcelado y que recibió la ayuda de Gareth Pierce. “El me ofreció trabajar en una organización para ayudar a las personas que han pasado por experiencias similares a la nuestra. Hay miles de errores judiciales en todo el mundo, buscamos los más graves para ayudarlos, para brindar nuestra experiencia e intentar hacer luces sobre temas que nadie habla”.