Es reina de España y princesa legítima de Grecia y Dinamarca. Una supuesta vida soñada con títulos abolengosos y conexiones con lo más granado de las casas reales de Europa. Pero desde niña tuvo que hacer frente a la adversidad.

Fugas, exilios y la permanente amenaza de invasión de su país de origen por las tropas de Mussolini y las de Hitler. Ahora que mira hacia atrás, ve las cosas de otro modo y su círculo más cercano sabe que no es dueña de un destino fácil. Su matrimonio, como el de muchas royalties de su generación, fue un contrato entre coronas asustadas por las guerras mundiales.

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Todavía no cumplía 23 años cuando llegó como una de las principales invitadas al matrimonio de los duques de Kent y ‘coincidió’ por ‘arregló familiar’ con el entonces príncipe Juan Carlos de Borbón, futuro rey de España. Dijo que le parecía alto e interesante, pero la princesa griega no demostró mayor entusiasmo.

Un año más tarde, el 14 de mayo de 1962, se casaba por la iglesia según la tradición ortodoxa en la catedral de San Dionisio Areopagita de Atenas. Era solo el principio: hubo tres ceremonias más: una civil, otra católica en España y finalmente una de presentación frente al Gotha europeo, el mismo grupo que reúne el linaje de las familias reales más antiguas del mundo. Con su carácter retraído y su gusto por las letras, todo le pareció una pesadilla. Era el preámbulo de una vida agitada entre giras, compromisos diarios y una figuración pública aumentada: ella y su marido fueron el símbolo de la restauración democrática de la España post Franco.

Cuando el pasado 2 de noviembre cumplió 75 años, la prensa madrileña hizo balances y conjeturas. No apareció en público, no hubo celebraciones en La Zarzuela y, lo más difícil de todo, no pudo ver a sus nietos favoritos. Juan, Pablo, Miguel e Irene, los hijos de Cristina de Borbón, están radicados en Ginebra luego de que su padre, Iñaki Urdangarín fue acusado de malversación, fraude, prevaricación, falsedad y blanqueo de capitales en el llamado caso Noos. Se cree que el ex baloncista persuadió a varias administraciones de comunidades autónomas por trabajos que nunca se hicieron y con presupuestos desorbitados de hasta 5.800.000 euros provenientes del sector público.
La misma Casa del Rey exigió que Iñaqui y Cristina —que también apareció implicada por supuesto tráfico de influencias—, se alejaran de toda actividad pública en España por un comportamiento ‘no ejemplar’.

Para colmo de Sofía, las filtraciones de las amantes de su marido suman y siguen. El último libro de Andrew Morton, el gran biógrafo de Madonna y Diana de Gales, habla de los intentos de Juan Carlos por seducir a Lady Di en su refugio favorito: el palacio de Marivent, en Palma de Mallorca, donde el monarca además se embarca en sus yates y veleros. La llamada princesa del pueblo habría comentado que el rey “era un hombre libidinoso”.

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Sofía dejó de llorar hace tiempo. Su temple se curtió hace más de treinta años en Toledo, cuando ella misma pilló ‘in fraganti’ a su marido con Sara Montiel: un affaire que caló hondo en la confianza de la pareja. Desde ese momento, la reina de España fue vista como una mártir en silencio. Cada vez que el rey partía de ‘cacería’, aumentaban las sospechas en torno a Juan Carlos que no hacía otra cosa que volver a sus andanzas.

Ahora ya no hay rencores y, según la prensa especializada, a Sofía no le importan los pasos de su marido ni en lo más mínimo. Tuvo que aprender a tragarse con dignidad las habladurías de que la lista de amantes también incorporaba a Bárbara Rey, una vedette que ahora es figura de reality, además de Rafaella Carrá, Nadiuska, Sandra Mozarowsky y Carmen Díez Rivera, la jefa de gabinete de Adolfo Suárez. Pero las infidelidades que más polvareda han levantado son con Marta Gaya en los años ’80 y, hace un par de años, una supuesta relación con una princesa bastante desconocida para la opinión pública: la deslenguada Corinna.

Para doña Sofía, como le dicen en España, lo más doloroso han sido otras cosas. Como ver que la relación de sus hijos con su padre cada día se enfríe más. Ellos no le perdonan sus años de ausencia y la frialdad con la que trata a su familia. Menos entienden que al rey no le importe que sea acusado de disparar a animales en extinción, como el bullado caso del elefante que mató en Botswana.
Sofía parece estar sola en su palacio de Madrid. La estrecha relación que tuvo en el pasado con su hijo Felipe cada vez está más lejos. Después de casarse con Letizia, se ha distanciado del núcleo Borbón y prefiere seguir las ideas de su mujer que prefiere criar a sus hijas Leonor y Sofía alejadas de la rigidez de la corte.

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En medio del huracán, hay buenas noticias. Los sondeos y estudios confirman que la reina es la mejor evaluada de los integrantes de la familia, aunque hace un par de años bajó varios puntos por manifestar que no estaba de acuerdo con la unión civil, y menos con el matrimonio, de parejas homosexuales. A los días, fue ella misma quien dijo que era una percepción personal que no tenía nada que ver con sus pensamientos de cómo debía funcionar una sociedad.

Aguda y con un dominio extraordinario de idiomas (habla griego, alemán, español, francés e inglés), se ha convertido en una mujer a la que no le entran balas. Sabe que le tocó una vida a la que nunca pudo renunciar. Y si pudiera ser otra, siempre dice lo mismo: haber sido una mujer libre y pensante. Su gran dolor: no haber ido a la universidad, tal como lo hacen las mujeres inteligentes como ella.