En la vívida correspondencia que la norteamericana Helene Hanff mantuvo desde Nueva York con los dependientes de la librería Marks & Co., situada en Londres y que dio forma a esa joya literaria que se llama 84, Charing Cross Road, se puede advertir que los huevos en polvo y las medias de nylon eran un verdadero lujo para los habitantes de la Inglaterra de esa época. Claro, la Segunda Guerra Mundial recién terminaba y los pocos almacenes que quedaron en pie ofrecían sus anaqueles vacíos. En esas circunstancias, hasta una sopa en sobre podía tener la misma categoría que antiguamente había ostentado la pintura de Goya para la nobleza española del siglo XVIII.

Sin embargo, más allá de las circunstancias que pueden llevar a considerar cosas aparentemente anodinas como objetos preciosos —qué mejor ejemplo que el deslumbramiento que provocaron los espejos en algunas etnias originarias de América del Sur—, a lo largo de la historia el lujo ha ido variando su sentido último y, de paso, ha dibujado una nueva forma en que los seres humanos nos relacionamos con las cosas. La razón por la que hoy se cuelga un original de Edward Hopper en una pared es muy distinta a los motivos que llevaban a las familias aristocráticas a comprar sus cortinajes de seda en Florencia.

En su ensayo El lujo eterno, el sociólogo francés Gilles Lipovetsky plantea que “antaño reservados a los círculos de la burguesía del alto copete, los productos de lujo han bajado progresivamente a la calle”. En esa transformación, las firmas que fabrican lujo —desde joyas a automóviles— han sido fundamentales al convertir lo que ayer era inaccesible en accesible.
Con todo, en el inicio el lujo tenía otra connotación. Ni se ostentaba ni podía apropiarse. Entre los indígenas, el objeto precioso operaba como dádiva que aseguraba el prestigio del jefe de la tribu y poseía funciones religiosas, cósmicas y mágicas.

Asociado al poder, pronto los objetos preciosos fueron motivo de deseo. Apropiarse de ellos era hacer suyos los símbolos del mando. El poder había que ejercerlo, pero también había que exhibirlo.
“Por el hecho de desempeñar las funciones reales más elevadas, el rey está obligado a levantar templos magníficos, a decorarlos y embellecerlos fastuosamente: el lujo de la arquitectura monumental se dirige ante todo a las fuerzas divinas”, explica Lipovetsky en su ensayo.

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En esa línea, el lujo acercaba el cielo a la tierra. Una idea que ya había sido desarrollada con antelación por los egipcios. Para ellos, lo suntuario era un elemento mediador entre el hombre y la inmortalidad, de ahí los tesoros y riquezas que acompañaban a los faraones en su morada final.

El correr de los siglos y las desastrosas experiencias que las monarquías tuvieron en Europa en los albores de la ilustración —sobre todo en Francia, con Luis XIV, el Rey Sol, quien vivió en una opulencia salvaje y llevó al Estado a la bancarrota— terminaron por demonizar al lujo. Los grandes pensadores del Siglo de las Luces no dudaron en disparar en su contra culpándolo de ser el responsable de la corrupción de las costumbres y del hundimiento de las ciudades.

En medio de esa atmósfera hubo algunos que alzaron la voz para defenderlo. Diderot, por ejemplo, condenó el lujo del rey y su corte, pero defendió el lujo burgués, que era premio y consecuencia del esfuerzo de esa nueva clase social.

Conforme la burguesía se fue asentando, impuso una serie de cánones sociales, entre ellos una nueva concepción de lo suntuario. Así, el advenimiento de la alta costura emparentará la moda con el lujo. Si hasta el siglo XVIII el artesano ejecutaba su oficio en las sombras y su trabajo palidecía ante el material utilizado, la alta costura pondrá al centro del escenario al diseñador.

En la segunda mitad del siglo XIX, Charles Frederic Worth levanta los cimientos de una industria de lujo consagrada a la creación de modelos que se renuevan con frecuencia al margen de toda demanda particular. No hay un gran señor que encarga ese traje ni una refinada dama que brinda las medidas para un vestido de gala. El artesano sale de las sombras y se convierte en el gran modisto, un creador libre e independiente. Desde ese momento, una buena parte del lujo será asociada a un nombre y a una casa comercial de notable prestigio.

Como bien acuña Lipovetsky: “Con la alta costura, el lujo se convierte por primera vez en una industria de la creación”. La alta costura determinó varios de los énfasis del lujo. Por un lado, estableció su feminización. A partir del siglo XIX, la consigna era clara: para las mujeres, las galas fastuosas de precios exorbitantes; para los hombres, el terno negro, símbolo de la igualdad, del ahorro, del rigor.

“Escaparate del hombre, la mujer, por mediación del vestir, se encarga de exhibir la potencia pecuniaria y el estatus social del hombre”, escribe Lipovetsky. La validación de la alta costura generó también un efecto lateral que se considera el primer acercamiento a la democratización del lujo: la copia, el sucedáneo del original, que ofrece el objeto precioso en una versión artificial y de bajo costo. Las clases emergentes pueden acceder de este modo a la realidad suntuaria, aunque sea solo una imitación.

La producción en serie, iniciada a principios del siglo XX, vino a abrir un poco más la puerta. Con ella se inauguró lo que el sociólogo polaco Zygmunt Bauman llama la sociedad de productores, una etapa en que la comunidad mundial se articuló en torno al trabajo.

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En esa realidad se advierte la práctica de un consumismo ostentoso que “consistía en una exhibición pública de la riqueza sólida y durable (…) Las virtudes y beneficios de la exhibición aumentaban en relación directa con la solidez, permanencia e indestructibilidad de las propiedades exhibidas. Los metales nobles y las piedras preciosas, artículos preciados de la colección, no se oxidan ni pierden su brillo, y son resistentes al paso del tiempo. Debido a estas cualidades, eran el epítome de la solvencia y la durabilidad (…) Eran tan durables como se esperaba que fuese la posición social heredada u obtenida de la que daban prueba”, escribe Bauman, en su libro Vida de consumo.

La democratización del lujo termina por consolidarse en el siglo XX, a partir de la moda de los años 20, y de la irrupción de los grandes almacenes que transforman cierto tipo de bienes, que antes estaban reservados a las elites adineradas, en artículos de consumo corriente. El lujo ya no aplasta, sino es un vehículo para reconocerse. Nace entonces lo que Balzac llamó el lujo de la simplicidad.

Si la producción en serie abrió las puertas, el tratamiento que las actuales factorías le han dado al lujo las ha derribado. El mundo aparece dominado por grandes conglomerados que cotizan en la bolsa y que generan negocios de volúmenes siderales. Son los mismos que han hecho indivisible la ecuación artículos de lujo + rentabilidad. En ese afán han creado diferentes categorías, llegando a darle a lo suntuario un tratamiento parecido al mercado de masas. Que hoy se vendan más de un millón de unidades de BMW o de Audi es una prueba de eso.

En una sociedad que ha cambiado a los productores por consumidores, en la que nada permanece —Bauman habla de una sociedad líquida— y reina el culto a lo desechable, “la mayoría de los objetos valiosos pierden rápidamente su lustre y su atractivo, y si hay procastinación lo más probable es que terminen en la basura incluso antes de haber producido alguna satisfacción”, dice Bauman.
En el entendido de que las cosas ya no son lo que eran, y atendiendo al neoindividualismo que rige nuestras vidas, parte importante del lujo ha virado hacia nuevas formas que tienen más que ver con el régimen de las emociones y las sensaciones personales que con estrategias distintivas para la clasificación social. El lujo hace sentir a quien lo consume un ser diferente, excepcional, desmarcado de la masa.

En la cultura ahorista —como la ha definido el sociólogo Stephen Bertman—, en donde el pasado y el futuro parecen anulados, lo importante es vivir momentos de voluptuosidad. “La búsqueda de los goces privados ha triunfado sobre la exigencia de ostentación y de reconocimiento social”, apunta Lipovetsky. Y en esa vena el lujo se identifica hoy con fenómenos tan diferentes como la calidad de vida, el amor, el saber, la posibilidad de contactarse con la naturaleza.

Si usted era de los que veía sólo lujo en los trajes de la corte del Rey Sol, ya puede echar por tierra esa idea. Si ha llegado hasta aquí es porque goza de uno de los lujos más preciados hoy en día: tiempo libre, la seda de nuestros días.