Muchos lloraron como niños. Se abrazaron, cantaron y entre champagne y cerveza celebraron la gran noticia. Con sogas, martillos y cinceles comenzaron a echar abajo el Muro de Berlín. Hombres, mujeres, niños y ancianos mostraron orgullosos a las cámaras de televisión del mundo entero los pedazos de concreto que habían logrado llevarse de recuerdo. Cientos de alemanes se subieron a cantar y bailar arriba de estas paredes y miles se encaramaron para irse al otro lado.

Fue un momento único. Porque esa “muralla de la vergüenza” que por más de 28 años permaneció allí como el símbolo más patético de la división de Europa y del mundo en dos bloques irreconciliables, la noche del 9 de noviembre se convirtió en un desbordante lugar de alegría y reencuentro. Hermanos, padres, hijos y amigos pudieron volver a verse después de muchos años.

Esa noche Berlín fue Berlín nuevamente. Minutos después que el gobierno de Alemania Oriental (RDA) anunció la apertura de las fronteras entre las dos Alemanias y la libertad absoluta de viaje, cientos de miles de alemanes repletaron las calles de Berlín este y oeste. Casi nadie quiso dormir. Incluso una anciana alemana oriental que estaba acostada en su cama, apenas escuchó la noticia por radio, se vistió y le dejó una nota a su hijo que decía: “Mamá celebra en el oeste”. 

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En la histórica puerta de Brandenburgo, donde habían desfilado con paso arrogante los ejércitos prusianos y las tropas del Tercer Reich, se juntaron alemanes del este y del oeste para celebrar la libertad. Y en Bonn, cuando conocieron la noticia, los miembros del Bundestag (parlamento alemán), algunos con lagrimas en los ojos, se levantaron espontáneamente y cantaron el himno nacional. Fue una extraña demostración para un país que desde la muerte de Hitler se acostumbró a censurar todo sentimiento nacionalista.

La alegría era indescriptible. Faltan palabras para narrarlo. “Uno quiere reír y llorar, todo al mismo tiempo”, dijo la ministro federal Dorothee Wilms. “Hoy, los alemanes somos las personas más felices del mundo”, declaró el alcalde de Berlín occidental, Walter Momper. “Ya no me siento como en una prisión”, grito a quien quisiera escucharlo un joven de Berlín este.

Muchos dudaron que fuera cierto. Y corrieron desesperados a cruzar al otro lado. “¿Es un cuento?”, preguntaba Harald Mertens, de 25 años. “No. Es el comienzo de la libertad y es demasiado lindo como para ser verdad”, se respondía él mismo.

Cerca de tres millones de personas atravesaron las fronteras interalemanas esa feliz noche. No sólo por Berlín cruzaron (Queda en pleno territorio de Alemania Oriental). También atravesaron a través de los más de mil kilómetros de frontera que dividen a las dos Alemanias. Pero hasta ahora, la gran mayoría sólo ha ido a ver cómo es “el otro lado”. “Por fin podemos visitar  de verdad otros Estados en vez de tener que verlos por televisión o escuchar sobre ellos”, explica un joven de Berlín que volvió al día siguiente, después de celebrar con su polola en “una discoteque occidental”.

Los alemanes orientales llegan ávidos de curiosidad a ver la prosperidad “extranjera”.  A conocer el lujoso boulevard del Kurfurstendamn, donde están las mejores tiendas, hoteles y cafés de Berlín oeste.

Una mujer soportó toda una noche sentada en el lobby de un hotel con tal de ver el comercio funcionando. “Por supuesto que que volveré a Berlín este”, contó. “Pero antes tengo que esperar que abran las tiendas. Debo ver eso”.

Con los 100 marcos que el gobierno federal les regala a la entrada no pueden comprar mucho (18 mil pesos chilenos). Pero un berlinés oriental tuvo tanta suerte que compró un boleto de lotería y se hizo millonario: ganó el equivalente a 192 millones de pesos.

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¿POR QUÉ AHORA?

La repentina decisión de abrir las fronteras interalemanas los dejó a todos perplejos. Comenzando por los propios alemanes orientales, que esperaban muy poco de su nuevo líder, Egon Krenz, conocido como uno de los más “duros” jerarcas del ortodoxo régimen germano oriental. Tan inflexible había sido Krenz que hasta hoy todos recuerdan que él apoyó al gobierno chino después de las matanzas de la plaza Tiananmen. Incluso, fue uno de los aliados más fieles del depuesto líder Erich Honecker, quien hace tan sólo nueve prometió solemnemente que el Muro de Berlín permanecería por cien años más.

¿Por qué entonces este giro? Por que en estos pocos meses Europa oriental y también la RDA han vivido una verdadera revolución. Polonia, Hungría y ahora Bulgaria han iniciado cambios democráticos. La RDA, en cambio, era el país más atrasado en este proceso de reformas impulsado por la Unión Soviética. Aunque es economía más eficiente de los países socialistas, también se mantenía como el régimen más ortodoxo de todos. Desilusionados, los ciudadanos de la RDA comenzaron a escapar ilegalmente. La situación se tornó alarmante para el gobierno germano oriental porque se le iban los mejores hombres, casi todos entre los veinte y los cuarenta años.

Y los que se quedaban repletaban las calles de las principales ciudades pidiendo libertad de prensa, elecciones libres y multipartidismo, como lo estaban consiguiendo en los países vecinos.

Krenz, impulsado por Gorbachov, pensó que abriendo las fronteras interalemanas se acabaría esta ansiedad por arrancar y conseguiría ganar un poco de confianza. Al menos en lo primero no se equivocó. Porque la mayoría de los que cruzan están regresando.

Pero los 16 millones de alemanes orientales quieren más cambios. Krenz le ha prometido “libertad general y elecciones libres”. Como una primera buena señal, acaba de designar un nuevo gabinete con casi un 50 por ciento de ministros no comunistas, presidido por Hans Modrow, un reformista que ha prometido apertura económica y política.

LA REUNIFICACIÓN

Tanto Estados Unidos como la Unión Soviética y el resto de Europa son partidarios de una liberación en la RDA. Incluso, la República Federal le ha ofrecido ayuda financiera si toma este camino. Sin embargo, para algunos entendidos, como el ex secretario de Estado norteamericano Henry Kissinger, “una liberalización, como la polaca o la húngara, haría que la RDA perdiera la razón de ser”.

Cree que si la RDA se vuelve capitalista, el único paso lógico que seguiría sería la reunificación. Y de hecho, apenas se anunció la apertura del muro, esta posibilidad ha retomado fuerza. Sobre todo por las declaraciones del canciller germano occidental Helmut Kohl, quien apenas supo la noticia de la apertura de las fronteras declaró: “No tengo dudas de que la unidad finalmente se alcanzará. Tenemos menos razones que nunca para resignarnos a la división de Alemania en dos Estados”.

Pero como él bien lo sabe, este asunto no lo podrán resolver los alemanes solos. Y por el momento ningún otro país parece muy interesado en tener una sola Alemania.

El secretario de Estado norteamericano, James Baker, habló de “reconciliación” entre las dos Alemanias y evitó usar el término “reunificación”. Moscú, por su parte, dijo que solamente se podía pensar en un solo Estado cuando se disolviera el Pacto de Varsovia y la Otan (las dos alianzas militares de las dos grandes potencias). Por la Unión Soviética, que se este problema lo resolvieran el próximo siglo y ojalá en un contexto que Gorbachov ha llamado de “una casa común europea”. Donde los alemanas no sean autónomos. Por eso las palabras del propio embajador alemán oriental en Washigton, Gerhard Herder, fueron muy realistas cuando dijo que la posibilidad de una Alemania unida no era más que un “sueño”.

Y es que todas las potencias saben que cualquier decisión respecto al destino alemán debe ser muy meditada. Una Alemania unida significaría la destrucción de todo el equilibrio europeo y mundial de la post guerra. Estados Unidos perdería a la República Federal (RFA) como su principal aliado en la Otan. Y a la Unión Soviética le pasaría lo mismo en el Pacto de Varsovia, porque se quedaría sin la RDA. Y aún más, Alemania surgiría como una potencia capaz de disputarle la vanguardia a cualquiera.

Las dos Alemanias son aliados claves para la nueva etapa de distensión que enfrentan la Otan y el Pacto de Varsovia. Sobre suelo germano se concentra la mayor cantidad de armas atómicas de la humanidad. Por lo mismo, las dos Alemanias serían vitales en posibles negociaciones de reducción de armamentos y desmovilización de tropas que ya se anuncian. Si Alemania se uniera, todos estos planes quedarían completamente out. 

Además de todos estos problemas estratégicos, muchos tienen el temor no confeso de que una sola Alemania reavivara el viejo nacionalismo germano que tanto daño le causó al mundo de este siglo. No hay que olvidar que las dos grandes guerras mundiales fueron impulsadas por esa nación. Y por eso Alemania fue dividida en 1945. Precisamente para evitar el militarismo germano y para cualquier intento expansionista. De ahí salió esa frase del premio Nobel de Literatura francés, François Mauriac, que en estos días está siendo muy repetida: “Yo amo tanto a Alemania, que estoy feliz de que existan dos”.

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LAS FUGAS

Después de la Segunda Guerra Mundial, la división de Alemania ha sido el punto central de las tensiones de la llamada “guerra fría”.

A partir de 1949 el mundo se dividió en dos bandos irreconciliables. El bloque oriental comunista por un lado, liderado por la Unión Soviética, y por el otro, el Occidente capitalista comandado por Estados Unidos. Producto de esta lucha, la Unión Soviética creó la RDA como país independiente.

Y a continuación, Estados Unidos formo la Otan, una alianza militar para defenderse de cualquier ataque comunista. La respuesta soviética fue el Pacto de Varsovia. Berlín quedó en una situación especial: dividido en dos, pero en pleno corazón de Alemania comunista. Desde entonces, las fugas de Alemanes hacía Berlín oriental no pararon más. Hasta 1961, cruzaron más de dos millones y medio de personas. Los mejores hombres, todos profesionales muy cotizados. Fábricas enteras se trasladaron a Berlín oeste. Para el gobierno de RDA, esta verdadera “sangría”, como la llamó, estaba devastando su economía. Berlín se convirtió en el centro de toda la tensión mundial. En el símbolo máximo de la guerra fría. A raíz de la crisis de Berlín, Nikita Kruschev amenazó 27 veces con encender “las llamas de la tercera guerra mundial”.

Este peligro desató el pánico entre la población de Berlín este. Y durante los primeros días de agosto del ’61, alrededor de mil 500 personas cruzaban a diario hacia el otro lado. Sólo hasta el 13 de agosto pudieron hacerlo. Esa noche, el ejercito de Berlín oriental, bajo órdenes soviéticas, levantó barreras y fortificaciones para frenar este gran escape. Todos creyeron que la medida sería cuestión de días. Sin embargo, el 15 de agosto, al lado de la puerta de Brandenburgo, los soldados reemplazaron las cercas de alambre de espino por el grueso muro de hormigón armado de casi cuatro metros de alto. Un poco después, para matar definitivamente las esperanzas de que sería algo momentáneo, lo reforzaron con alambres y canales electrificados y torres de control. Paralelamente, tanto entre las dos Alemanias como entre los países socialistas y Europa Occidental fue levantada una reja de alambre. Una “cortina de hierro” separó al mundo.

“Ya lo sé, el Muro es una cosa afrentosa, ¿pero qué podía hacer yo?”, respondió Kruschev a las críticas. “No era difícil calcular la fecha en que se hundiría la economía de la RDA si no hacíamos algo contra la huida en masa. No quedaba otra solución sino el Muro. La otra habría sido la guerra. Yo no podía ni quería arriesgarme a ella”.

Igual esta muralla se convirtió en un “Muro de la vergüenza”  para el mundo entero. Cuando John F. Kennedy lo visitó en 1963, en uno de los espectáculos más impresionantes de esa época, dijo una famosa frase que resume este sentimiento: “Ich bin ein Berliner” (“yo soy un berlinés). El Muro no sólo fue el símbolo de la división mundial de esos años, sino también separó a padres de hijos, a hermanos y amigos.

Desde entonces más de cuarenta mil alemanes orientales lograron pasar ilegalmente al otro lado. Lo hicieron escondidos en la maleta del auto, a nado, por túneles, con globos de fabricación casera o simplemente rasguñando estas paredes. De mil maneras. Forzaron la imaginación humana y arriesgaron sus vidas hasta el límite de lo imaginable para cruzar hacia Occidente.

Setenta y ocho de ellos perdieron la vida en esta fuga.

Esto el lo que se terminó el jueves 9 de noviembre.

Pero también parece el entierro definitivo de un mundo dividido entre amigos y enemigos. Más allá de las dificultades que existen para la reunificación de Alemania, es la mejor prueba de que se camina hacia un entendimiento. Hoy más que nunca en los últimos cuarenta años, se puede hablar de parar la carrera armamentista.

Se puede decir que desde el término de la Segunda Guerra Mundial, ningún acontecimiento podría hacer variar tanto el equilibrio europeo como la caída del Muro de Berlín. Por eso será tan importante la reunión cumbre entre Bush y Gorbachov en Malta. Allí se podría comenzar a trazar un nuevo orden mundial.

Tal como en 1945, en la conferencia de Yalta, comenzó la repartición de Alemania, ahora en Malta, sin el Muro, tendrán que ver qué hacer con Alemania. Sin duda será un encuentro muy simbólico. Algunos dicen: “De Yalta a Malta”.