Vive en una calle que se llama Justicia Social, en la población Quinta Bella de la comuna de Recoleta. Una casa de madera, modesta, de dos pisos, donde las hermanas Karoline Mayer, Maruja Cofré y Teresa Winter, las tres pertenecientes a la Comunidad de Jesús, comienzan a amasar el día, a las siete de la mañana. Hacen su oración en un rincón diminuto que llaman oratorio, toman desayuno, y parten a trabajar. Carol Herrera, la secretaria de la Fundación Cristo Vive, que preside Karoline, comenta: “Con ella nunca se sabe a qué hora termina porque si llega alguien a medianoche o en la madrugada se levanta a atenderlo, o a acompañar a un velorio. Sus días son muy largos, pero siempre está llena de energía. Es maravillosa”.

Mayer viste jumper azul algo desteñido, un par de sandalias camino a chancletas, su cruz de fierro sobre el pecho y una chapa de “No al lucro” que no se saca nunca. Pelo blanco tomado en una trenza desordenada, rostro de surcos profundos y ojos azules intensos que, al parecer, sólo se apagarán cuando la muerte la sorprenda un día cualquiera…
A los 70 años, el balance es fecundo. Ella, según propia confesión, siempre quiso tener “una vida entretenida y plena. Y ha sido mucho más de lo que jamás imaginé! ¡Ha superado todas mis expectativas!”.

Vamos a la calle. Sale con grandes trancos. No alcanza a subirse al auto cuando alguien la saluda desde la esquina. Ella agita su mano y grita desde el otro lado de la vereda: “Hola, ¿cómo está?”. Maneja el jeep, a las dos cuadras reconoce a un muchacho y se detiene. Saluda y le dice que debe someterse a un tratamiento por alcoholismo y drogas. “Tú puedes”, reafirma. “¡Toma una decisión de hombre!”, insiste. El joven baja la mirada.

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—¿Te hacen caso, Karoline?
—A veces— dice, también con la mirada baja.

—¿Cuáles son los problemas más severos de tu población?
—Hay poca cesantía, pero vivimos humildemente, con mucho esfuerzo. Lo que me preocupa mucho es que tanta gente que ha trabajado 35 o 40 años en la construcción tenga jubilaciones miserables, de 90 mil pesos. En lo más profundo, las personas necesitan sentir que ocupan lugares dignos. Aquí, a veces, doce o quince viven en una casita. Muchas mamás solas, abuelitas que crían sus nietos. Se consume harta droga, marihuana, pasta base, cocaína. Y no hemos podido hacer nada, el país aún no tiene capacidad de responder a este problema. Sufrimos con la delincuencia, aunque ha disminuido bastante… Pasan cosas, pero no más que en otras partes. La población tiene mala fama, sin razón. Algunos taxistas, simplemente, se niegan a entrar.

Llegó ahí en 1974. Desde entonces ha echado raíces profundas. Incluso adoptó a una pequeña de nueve años que dejaron en su casa. Hoy Daniela Mayer Hofbeck (30, técnico en párvulo, divorciada, tres hijas) recuerda que “desde que llegué, a los cinco, ella fue mi mamá. Es perfecta. Supo hacer bien la pega”.

Karoline Mayer Hofbeck nació en 1943 en Eichstätt, Baviera, Alemania. Tiene dos hermanas, un hermano ya murió. Por el lado materno proviene de una familia tradicional, profundamente católica, conservadora, adinerada. Su abuelo fue alcalde de Pietenfeld, abiertamente enemigo del nazismo. Su padre, maestro calificado de la construcción, estudió enfermería y fue a la guerra como enfermero. Desde muy pequeña, dice Karoline, quiso ser misionera. “Sentí el llamado y a los once años anuncié que me iba a misiones. Mi madre nunca estuvo de acuerdo con mi decisión”. Entró a un internado de la congregación de las Siervas del Espíritu Santo en Holanda y a los 21, a la congregación. Durante el noviciado murió su papá y ella en ese tiempo había pedido ser destinada a China. Como estaba cerrada esa postulación pidió India. “De un día para otro me cambiaron el destino y en la tarjeta secreta que me entregaron salía el nombre de… ¡Chile!”.

-¿Qué fue lo primero que pensó?
–Que Jesús me había engañado. Estaba muy enojada y nada preparada para América del Sur. No sabía español, por suerte había tenido seis años de latín. En China e India pensaba en los pueblos paganos que deseaba convertir. En cambio, América Latina era para mí la imagen de colonias españolas, con una Iglesia Católica potente.

Acatando los votos de obediencia que debía renovar cada año, se embarcó en el Donizetti desde Nápoles. Con la cara larga y el diccionario de español en las manos. Cuatro semanas más tarde, el 8 de agosto de 1968, llegaba a Valparaíso, puerto que le pareció “fascinante”. Pero ella venía a Santiago. Se instaló en Las Condes, en la sede de la congregación Las Siervas del Espíritu de Dios. “Lo que más me impactó fue la brecha entre ricos y pobres, el clasismo. La gente llegaba al convento a pedir comida en unos tarros. Yo no sabía dónde vivían”, recuerda. Pronto recorrería toda la ciudad y desde entonces no pararía más.

Comienza a conocer la realidad social, particularmente la de los sectores más desposeídos. Se va a trabajar a la Población Areas Verdes, en Las Condes. “Eso es humor negro”, recuerda, “porque se trataba en verdad de un basural”.

Un día de mayo de 1972, el Presidente Allende visita el jardín infantil donde Karoline se desempeñaba (porque quería, entre otras cosas, facilitar que las madres pudieran salir a trabajar). Le dice que le enviará material didáctico. Ella contesta que no lo necesita, que lo que hace falta es una cocina. Tarda pero llega.
Su sueño había sido estudiar medicina, pero la congregación no se lo permitió. Por eso entró a enfermería en la Universidad de Chile. “No tenía vocación de enfermera, pero terminé la carrera. Eran los tiempos de la reforma. ¡Fue maravilloso!”, recuerda.

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Luego se traslada a vivir a poblaciones de la zona norte de Santiago e integra organizaciones comunitarias. Ayuda a crear jardines infantiles, salas cuna, consultorios. Fue demasiado compromiso social y su propia orden decide expulsarla del país. “Lo primero que pensé fue en dejar la congregación. Creía que, en general, yo había cumplido con mis deberes de la vida religiosa. Pero no asistía a algunas reuniones que había en el convento”.

En marzo de 1973, toma un vuelo de Lufthansa. “Ya en el aeropuerto no podía dominar mi llanto”, recuerda en su libro El secreto siempre es el amor. “Mil veces les había prometido a los pobres de mi barrio que no los abandonaría. Una de las azafatas piensa que me he trastornado. Pero no puedo dejar de gritar de impotencia, de rabia, de miedo”, escribió.

El regreso a Alemania fue duro: “Estaba perdida, con la pena adentro de mi Chile. Cuando supe lo del Golpe no lo podía creer. Tremendo. Pedí regresar y me dijeron que no porque, supuestamente, estaba en una lista negra. Reclamé, nunca había cometido desmanes ni nada relacionado con la política”. Finalmente volvió el 21 de diciembre de 1973. “Formamos una comunidad religiosa en Areas Verdes y el Arzobispado de Santiago la reconoció como la Comunidad de Jesús la noche del 24. Fue un maravilloso regalo de Navidad, pero el país era otro, como una gran cárcel. Allanaban las casas, se llevaban a la gente detenida. Tenía un miedo tremendo por ellos”, recuerda con amargura. Se vinculó a la red de disidentes y ayudó a salvar vidas, ocultando personas a veces en su propia casa. A otros los ayudó a salir del país. Recibió numerosas amenazas de muerte. En enero de 1976 la detuvieron en su casa. “Fue el Grupo Chacal con una orden de detención firmada por el ministro del Interior César Raúl Benavides. Me llevaron vendada a un lugar, fue sólo una noche. Nunca supe donde estuve”.

Con la llegada de la democracia creó la Fundación Cristo vive (antes presidió la Fundación Missio), con “un equipo estrella”. Un megaproyecto donde trabajan 400 personas, que persigue la promoción social, económica y cultural de grupos de escasos recursos. En Recoleta presta servicios a más de 28 mil personas en las áreas de salud, formación en oficios para jóvenes, educación infantil y rehabilitación de drogadictos. En suma, asiste a una población que supera los 100 mil habitantes. Actualmente, el 95 por ciento del financiamento proviene del Estado chileno y se trata de grandes cifras. “Rendimos cada peso, todo transparente, si no, no dormiría tranquila”, comenta Karoline.

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También está el apoyo de organizaciones de iglesias cristianas, organismos no gubernamentales, municipios y gobiernos europeos (Alemania, Luxemburgo y Suiza). Buena parte de esta ayuda es desviada a las sedes de la Fundación en Perú y Bolivia. “Son vecinos nuestros que están peor que nosotros”, argumenta.
Entre los proyectos íconos está la Escuela de Formación Profesional en Oficios que enseña metalmecánica, electricidad, gasfitería, gastronomía, salud, administración a 800 jóvenes, hombres y mujeres, entre 18 y 65 años. La meta es llegar a fin de año a mil 500 inscritos. Son cuatro meses de estudio más dos meses de práctica, con horarios diurnos y vespertinos. Todo gratis.
–Tú estás por no al lucro en la educación…

-Por supuesto. Todo Chile sabe hoy que la educación marca la diferencia. Lo más urgente es la enseñanza de los niños en jardines infantiles. Hay una formación deficiente desde el ciclo básico pese a que los profesores hacen tremendos esfuerzos. Existe mucha deserción y frustración. ¡Y la educación es la clave para la vida! La dictadura instaló la dictadura del dinero y el modelo neoliberal, que no existe en ninguna parte del mundo como acá y que acentúa la desigualdad, que se supera con educación de calidad y gratuita para todos los chilenos.