La década del ’80 fue crucial para Julio Donoso; por eso su decisión de mostrar —a través de imágenes inéditas— lo que fue su vida en aquel período que terminó por definir su destino. “Fue un decenio ‘bisagra’, en cuanto a que experimenté un cambio radical”. Su madre, Paulina Viollier, celebridad en los círculos sociales —y dueña de VOG, una de las primeras boutiques de Santiago—, se casó con el dirigente de izquierda Carlos Altamirano (en 1970), lo que marcaría su futuro. En noviembre del ’73, recién cumplidos los 18, Julio llegó exiliado a Francia, donde comenzaría su itinerancia por el mundo. 

Estudió economía, quería dedicarse a la función pública. Consiguió trabajo en una ONG de Ciudad de México a cargo de Juan Somavía, sin embargo, en la primera reunión le confesó a su jefe que no sabía si ser economista o fotógrafo, a lo que éste respondió: “Dedícate a tomar fotos, esta pega, ¡es una lata!”.

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Desde niño tuvo fijación con la fotografía y también le llamaba la atención la alta costura. “Mi mamá es la tercera generación de costureras, y por la tienda que tenía, crecí viendo revistas de moda como Vogue, Elle… Por otro lado, Carlos Altamirano, más que política, siempre me inculcó y enseñó arte. Era muy asiduo a museos, galerías; fue una gran influencia y motor en mi aprendizaje artístico en París, ¡decisivo!”.

En esos días había aparecido el Vogue mexicano, y Julio cuenta que llamó al director para ofrecerle sus servicios de fotógrafo. Para su sorpresa, éste le respondió: “Genial, te espero mañana”.

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Donoso hizo su primera moda, y nunca más paró. De regreso en París realizó la serie Los Hipódromos que le permitió trabajar para Le Figaro Magazine, Madame Figaro y Actuel. Más tarde, colaboró para la agencia Contacto, Life, New York Times, y en 1987 fue contratado por Sygma (que distribuía imágenes para 28 países), siguió con People, realizó ensayos fotográficos de la realidad internacional —como la invasión rusa a Afganistán; expuesta en el Gran Palais de París y publicada en revistas de todo el mundo—  y trabajó tras bambalinas del Moulin Rouge. Para el Bicentenario francés hizo la serie La Gran Parada, donde inmortalizó a 72 grupos humanos desde panaderos, pilotos, artesanos; trabajo publicado y expuesto en 31 países.

Tras seis meses cubriendo la guerra en Nicaragua, por consejo de su nuevo agente internacional Bob Pledge —quien lo convenció de que había que tener la sangre fría al momento de sacar la foto— Donoso entró de lleno al mundo de la alta costura, donde inmortalizó a las más connotadas top models como Claudia Schiffer, Naomi Campbell y a grandes celebridades de Hollywood como Elizabeth Taylor, Marcello Mastroianni y Roman Polanski. Un mundo glamoroso que, sin embargo, no lo encandiló. “Por Life Magazine pasé una semana con Claudia Schiffer, que venía a París a firmar contrato con Karl Lagerfeld para Chanel. La fui a buscar al aeropuerto y camino a su hotel pasamos por la Esplanada del Trocadero y le dije que le tomaría una foto. Me señaló que estaba resfriada y sin maquillaje, a lo que respondí que desde cuándo una niña de 18 necesita maquillaje para enfrentarse a una cámara. Se bajó, había viento, lluvia y la retraté con la Torre Eiffel detrás”.

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Asegura que una cosa que he aprendido en este oficio es a no dejarse intimidar por quien está al otro lado del lente. “Una vez el New York Time Magazine me envió a Roma a fotografiar a Marcello Mastroianni. El pensaba que sería un trámite rápido, pero yo había viajado desde París, enviado por la revista más prestigiosa de Nueva York y él sería portada. Cuando lo veo apurado le dije: ‘No, cero posibilidad. Me gustaría fotos en la ciudad, otras en la playa , que quedaba a una hora y media, y una toma con Fellini’. ‘No quieres nada más’, me respondió. Resulta que partimos donde un tío suyo a almorzar, pasamos a la casa de Fellini a tomar café y terminamos en la playa. Pasé el día con el tipo más entretenido e hice mi portada con él vestido de blanco, bailando en la arena. En el fondo, siempre debes negociar para conseguir más. Todo es negocio, negocio, negocio”.

En 1993 se dieron las condiciones para regresar a Chile y con el tiempo comenzó a trabajar con revista CARAS. Trajo de Europa ideas innovadoras. Sus propuestas de producciones, aunque asustaban a los entonces ejecutivos de la editorial por lo vanguardistas y transgresoras, marcaban tendencia y daban que hablar. “Hicimos las diez bellezas chilenas en Zapallar, una moda de invierno en Valparaíso, otra en las fiestas Spandex, y fui el primero en poner a todas las actrices desnudas en CARAS. Realizamos una producción en el Parque Viña Cousiño, y para el décimo aniversario, llevamos 32 páginas —sin publicidad— con rostros de chilenos … Generábamos cosas que hacían ruido y tiraban la revista para arriba. La publicación se puso transgresora con gusto, en una sociedad reprimida, prejuiciosa, ‘kukusclaniana’; había mucho por hacer, un espacio extraordinario para divertirse. Siento que contribuimos a que este país comenzara a liberarse de sus traumas”. Y agrega: “La relación que establecí con ese equipo editorial fue determinante en mi regreso a Chile. Me dio una casa, un lugar donde llegar. Es gente que quiero y respeto mucho”.

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En 2004 se instaló definitivamente en Chile. Mientras revolucionaba la industria del catálogo y el retail por su experiencia en Europa y Miami, compró una parcela de 21 hectáreas en el Valle de Casablanca donde prácticamente se crió. Allí se dedica hoy a la producción de vinos, entre ellos el Montsecano; un pinot noir que según especialistas fue el mejor de su cepa en 2010 y 2011. Un camino que se vio obligado a tomar, “cuando me di cuenta de que los fotógrafos habíamos perdido el poder. Antes éramos el ojo del mundo, hoy todos tienen celular con los que pueden tomar fotos. Cuando me preguntan ¿a pito de qué hice esta exposición?, fue a pito de dar cuenta de que se nace con ojo, y el ojo hay que cuidarlo. En ese tiempo no veías la imagen hasta una semana después; había que administrar muy bien los rollos, porque cada click nos costaba dinero. Este trabajo es importante por la economía de recursos, su diversidad temática y homogeneidad visual. Lo hacíamos todo con tan pocos medios, desde la escasez. Partí haciendo fotos en París con un cartón que tenía un rectángulo al medio para componer el cuadro”.

Aunque lleva al país galo en el corazón, está feliz aquí. “Chile es Chile; un lugar donde es posible realizar los sueños, a diferencia de Francia, en que hay muchas restricciones”, afirma el artista que en estos últimos años hizo las campañas de Eduardo Frei, Ricardo Lagos, Marco Enríquez-Ominami, Tomás Jocelyn Holt y Evelyn Matthei. Sobre esta última, admite: “Fue un descubrimiento. Necesitamos funcionarios públicos eficientes, y de todos los candidatos, ella era la única. Cada vez tengo mayor lejanía con el empleado estatal, que se siente con el poder del dinero que se lo damos a través del IVA y de los impuestos específicos. Que nunca se te olvide que cuando compras una botella de vino, el 39,5 por ciento de lo que pagaste es para financiar el sueldo de esos incompetentes, que en Chile son cerca del 40 por ciento. Las personas que ganan 250 mil al mes, al año pagan 600 mil en impuestos, y después le regalan un bono de 40 mil para que queden contentos. Es imposible que un país crezca con un IVA de 19 por ciento e impuestos específicos. Hablan de un país más justo, pero para ellos. Lo único que han hecho estos años es dilapidar los recursos públicos, porque los hospitales, educación, Fuerzas Armadas, Carabineros no han mejorado, ¡ y nadie los fiscaliza! Son una manga de frescos. Ninguno —a excepción de MEO— jamás ha emprendido, solo se dedican a ser chupasangres del IVA… Por suerte fui fotógrafo, artesano y no funcionario público; a mi juico, la peor lacra”.