Tiene frío. Raro para un patagónico en Santiago. Pero se comprende que esté tan abrigado en una terraza. Porque aunque la historia de Julio Milostich se inicia en Punta Arenas, tres décadas de sus 48 años son capitalinas y con inviernos cortos.

Su geografía, específicamente, es ñuñoína. Sin disimulo cuenta que se marea cuando sale de esas fronteras. Ahí vive —también su hijo Mateo—, están los amigos, los restoranes y el punto que tiene de referencia (lejos /cerca) para moverse en Santiago. Es su comarca. Allí está cuidado, abrigado, seguro.

El Señor de la Querencia. El Gringo que hizo justicia en Secretos en el jardín. Ese Julio bueno para animar fiestas bailando salsa. El que se sienta al otro lado de la mesa con risa amplia, mirada amable y exuberante personalidad está lejos del arrojo. Muy lejos. En el escenario y frente a las cámaras salta a todo lo que le pidan. En la vida real, es extremadamente cauto.

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Pero a poco de tocar el medio siglo de vida está inquieto. Quiere cambiar sus propias ‘reglas de seguridad’. El punto de partida para esta reinvención es su debut en cine en la comedia Vacaciones en familia, dirigida por Ricardo Carrasco (próximanente en VTR). También se subió al primer capítulo de la megaproducción Sitiados. Está listo para volver a las teleseries nocturnas de Canal 13 a fines de este semestre. Y, lo mejor, ya piensa tomar un avión sin compañía para extender coordenadas lejos del miedo.  

Sin redes sociales. Anda en su celular con una foto donde El Principito va de la mano con El Quijote. La muestra como un resumen en la actuación: su primera obra de niño y el personaje que retoma este semestre con funciones en provincia. La que combinará con reposiciones de Tenías que ser tú, la pieza romántica con Alessandra Guerzoni.

De la serie histórica protagonizada por Benjamín Vicuña —“donde me matan”— todavía mantiene su impresión intacta: “Todas esas camionetas y motorhomes entrando al bosque fue impactante… ¡Era Hollywood”.

Aunque muchas de las personas que lo vieron luego de las grabaciones de Sitiados guardarán otro recuerdo de su paso por el sur. “Nos íbamos a Pucón con el colombiano Andrés Parra para tomar algo y la gente quedaba impresionada. Decía:  ¡No puede ser! ¡El Señor de la Querencia con el Patrón del Mal” (se ríe). “Me quedé con ganas de grabar más”. 

—En Vacaciones en familia eres un nuevo Pompi Eguiguren, un hombre de clase alta que se esconde de los vecinos para fingir que está en un viaje exclusivo. ¿Quedaste contento?

—Sí. Es mi primera película. Mi primera experiencia. Mi primer estreno. Y es una radiografía a la sociedad chilena…

—Bien triste el retrato.

—Más que nada patético. Refleja algo que ha crecido tremendamente por el sistema económico que tenemos. Ese monstruo mundial que es el mercado, que no sabemos cómo va a terminar. La cinta es un espejo, pero en vez de abordarla tristes, quisimos reírnos de nosotros mismos.

—Este proyecto lo rodaste en el gobierno de Piñera y lo estrenaste con Bachelet. ¿No cambiaron las cosas en torno al dinero?

—Es paradójico. Uno esperaba un cambio positivo. Siento una pena por lo que ella está pasando, porque tengo un especial afecto, no por el gobierno, por la Presidenta.

A Milostich le gusta hablar de política y no cambia sus fidelidades. “Le creo a la Bachelet. Estoy seguro de que no se mete ningún peso al bolsillo. Pienso que no estamos preparados para una persona como ella. Estamos acostumbrados a un ‘papá’ o un milico”.

—¿Qué te parece que se siga aparentando, ya no por una crisis —como en los ’80— sino que por endeudamiento?

—Muestra que ya no son Los Eguiguren. Son los Pérez, Muñoz, etc. Es un tema globalizado.

—¿Cuál es tu relación con el dinero?

—Me importa, como a todo el mundo, tener lo mío.

—¿Cómo lo gastas?

—En placer y responsabilidad. O sea, puedo tener a mi hijo en un súper colegio (Montessori). Ese es uno de los temas que me pone contento de esta plata que gano en la tele. Pero mañana puedo dejar de trabajar allí y ¡se acabó!

En estos días, con contrato vigente con Canal 13, le permiten una rutina financiera que le da tranquilidad. “Me compré mi departamentito. No es un palacio, pero es mi lugar en Ñuñoa”.

—Más que puntarenense, ¿te define Ñuñoa?

—¡Soy ñuñoíno de tomo y lomo! Me gusta porque está en la mitad. El tiempo hace lo suyo: cuando llegué a Santiago mi mundo era Punta Arenas, ahora vivo y trabajo en esta comuna.

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—¿Te cuesta moverte? ¿Viajas?

—Hace poco fui en un barco por los canales del sur hasta Ushuaia (Argentina).

—¿Tu frontera más lejana?

—No, pero me falta mucho. Estoy ahorrando porque quiero que Mateo crezca para ir con él a Europa. Estuve en distintas ciudades de Francia en 1999 con la obra de teatro Una casa vacía, en la compañía de Raúl Osorio. Y allá me moví con Pablo Krögh (1963-2013) a España e Italia.

—¿Ya tenías en vista la TV?

—No. Era muy prejuicioso. Del tipo ‘actor de teatro’… Apestoso.

—¿Un actor con prejuicios?

—En ese tiempo no había espacio para tanta gente. En mis inicios intenté entrar a ese medio, pero ya había una cosa armada. Todo estaba listo. Había una cofradía. Caché ese ambiente y salí con una peor opinión.

—¿Figuras inamovibles?

—¡Claro! Si hasta el casting que hice fue mala onda. Estaba muy concentrado y llegaban los actores de planta con aires muy raros.

—¿Y hoy tienes amigos de la TV?

—Casi todos son del teatro. Pero tengo un cariño muy especial por Jorge Zabaleta. Es un súper buen gallo. Una persona muy amable. Muy linda. Fue el primero en ser buena onda cuando entré, en Hippie (2004).

—¿Cómo fue ese ingreso?

—Me vieron en una obra y me invitaron. Me probaron y luego me dijeron que iba a ser la pareja de Carolina Arregui. Yo no sabía actuar para la cámara. Estaba muy nervioso, porque ella es un animal de televisión.

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—¿Te dio humildad?

—Después saqué esas conclusiones. Es una técnica súper difícil y con el tiempo he aprendido a trabajar para TV. He hecho un trayecto. Y tiene un valor del que me siento orgulloso.

—¿Y qué sigue en cine?

—Viene Tierra yerma, dirigida por Miriam Heard. Ella es una galesa que actualmente edita el material en Francia. Ahí actúo con Erto Pantoja y Heidrun Beyer. Se centra en dos hermanos chilenos que reciben sueldo de Estados Unidos para ir a la guerra en Irak. Mercenarios. En la historia vamos a lanzar las cenizas de una persona y allí aparecen los recuerdos. Filmamos el año pasado en lugares increíbles, como el desierto cerca de Bolivia. Se estrenará en el extranjero, en el circuito de festivales.

—¿Y con director chileno?

—Estoy en Neruda, de Pablo Larraín (El club). Tengo un papel pequeño. Soy un entrevistador de radio que habla con el poeta. Es una película con carácter coral, con muchos personajes alrededor del protagonista.

—¿Por qué te demoraste tanto para hacer películas?

—Cuando salí en la tele empezaron a llegarme proyectos. Pero quería que mi primera vez tocara un tema que me importara. Dije que no a muchas cosas que ni leía.

—¿No querías ‘salir de Ñuñoa’ figurativamente? ¿Abandonar la comodidad y quedarte en lo conocido, en prejuicios?

—Quizá, porque a mi edad debería tener más créditos a mi haber. A lo mejor me gusta sentirme en un sitio seguro.

—¿Qué te da vértigo?

—He tratado de sumarme algunas cosas, pero no han resultado.

—… No vas a Europa hasta que el niño crezca…

—¡Me da pánico salir solo! No voy ni a la playa solo. La única vez que lo hice fue en 2012, cuando estaba muy depresivo y fui a la casa de una amiga en la playa. No ha tomar sol. Fui a ordenar ‘mi patio trasero’. A llorar y reír sin que nadie me viera. A estar solo. No sabía estar solo.

—¿Vives solo?

—Sí, pero estoy acompañado mucho tiempo con mi hijo. Estoy en una etapa en que mi vida no es muy entretenida. Tampoco soy el pobre ermitaño. Toda la vida me ha costado ese tema. Ni al cine voy solo. Me cuesta. No sé por qué.

—¿Pasaste de tus días rocanroleros al bolero?

—No, porque es demasiado romántico…  Hoy no me estoy cortando las venas. Para nada. Pero esa vez que partí a Ritoque, ¡solo!, iba a recoger mi corazón roto. Post rocanroleo. Nada que ver con esa pelea de 2008. Fue mucho después. Fui a un lugar donde ya me habían invitado. ¡Obvio! (da una carcajada). Nunca tan osado. Creo que el gran paso que voy a dar en mi vida es ir solo a Buenos Aires (vuelve a reír). Si viajo no creo que duerma ninguna noche. Me encanta la bohemia. Quizá no vuelva a Chile y me diga ¿En qué estaba que esperé 48 años para estar aquí?

—¿Lo mismo dijiste con los musicales?

—Es que no me gustaban esos montajes. Cuando llegó El Quijote fue como ‘la mano de Dios’ después de esos días rocanroleros… Y quedé impactado cuando escuché esa orquesta. Lo mismo con My Fair Lady, que ni había visto. Ahora me encantan. ¡Que vengan todos los musicales! Hasta que no hago las cosas, no me doy cuenta de lo maravillosas que son. ¡Qué bruto!