Dice él, cuando sale a recibirnos, que este verano corre un viento extraño; que, desde 1969, cuando compraron este terreno vecino a la Plaza Ñuñoa, nunca lo habían sentido. “Deben ser los edificios que nos están rodeando”, reflexiona, y mira hacia lo alto, donde varias toneladas de cemento penden sobre su cabeza, sujetas a una grúa: “En París pasó lo mismo, cuando empezaron a construir esas torres de hasta 25 pisos en la banlieue. Los chiflones eran espantosos”.

El ruido de la brisa en los sauces y eucaliptos es opacado por los golpes de martillo, el zumbido de los taladros y los gritos de los obreros en la construcción vecina: “Una vez vino un tipo y me dijo que por qué no vendíamos, si con la plata nos alcanzaba para irnos a La Dehesa y hasta nos sobraba. Váyase usted si le gusta tanto, le respondí”… “Desde entonces, no vienen más a preguntarnos” —acota su mujer, que aparece en el umbral—, se aburrieron”.

Si Frida Kahlo y Diego Rivera tuvieron su Casa azul, Gracia Barrios y José Balmes tienen su Casa Quinta. Cual último bastión de la Resistencia, no es raro que se nieguen a renunciar al hogar donde hoy viven con su hija, Conchita —también pintora—, sus dos nietos menores, cinco perros y Pucho, el gato. Aquí pasaron veladas memorables a fines de los ’60, acompañados de amigos y compañeros de generación como Alberto Pérez, Eduardo Bonati, Roser Bru, Nemesio Antúnez, Ricardo Yrarrázaval, Roberto Matta, y tantos otros; aquí vivieron el padre de él, Damián, y la madre de ella, Carmen Rivadeneira, mientras ellos estaban exiliados en París; y aquí los recibieron a su regreso, en 1982, con un multitudinario almuerzo bajo el parrón.

Balmes y Barrios viven y trabajan juntos, en envidiable armonía. “Nos van a tener que dar un diploma”, bromea él. Y ella discurre sobre las pequeñas maravillas de la vida en común: “No hay nada más bonito que la mañana cuando, antes de tomar desayuno, a esa hora de luz indefinida, Balmes se levanta y me quedo mirando los objetos en el dormitorio: su ropa sobre la silla, un pliegue en la cortina… ahí me viene la efusión creativa y parto el día haciendo flechas y anotaciones en mi block de apuntes, que siempre tengo sobre el velador”. Él, por su parte, mientras lee el diario busca lo que le pueda servir a ella: “A veces, veo una foto y pienso: esto es para la Gracia Barrios y le llevo el recorte, a ver qué me dice. Ya sabemos lo que el otro busca”.

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Son capaces de partir en pijamas en medio de la noche a plasmar sus ideas si la urgencia de la inspiración es demasiada. Iluminado con grandes focos, la oscuridad no es excusa para dejar de trabajar. Dividido en una diagonal imaginaria, el taller al fondo del patio es donde más tiempo pasan, aunque sin horarios fijos y pintando varios cuadros simultáneamente. A un lado, aparecen las siluetas humanas de Barrios, comienzo y fin de sus planteamientos plásticos, como las definió el teórico de arte Gaspar Galaz. Están la materia densa, la mezcla de cemento y barro y unas rejas superpuestas que acusan la falta de libertad, uno de sus temas persistentes. Al otro lado, un montículo de zapatos viejos, unos atados de alambre oxidado y grandes pedazos de troncos esperan el momento de perpetuarse en las obras de Balmes.

Su historia de largo amor hay que agradecérsela a Van Gogh. Como han contado más de una vez —y no se cansan de repetir—, la joven Gracia le pidió a Enrique Lihn que los presentara:

Barrios: Enrique tenía como 14 años y pintaba puras bataclanas, estilo Toulouse Lautrec. A mí, en cambio, me gustaba este amigo suyo, un catalán que seguía a Van Gogh, mi pintor favorito. Cuando nos conocimos, vimos que teníamos los mismos gustos y temas comunes.

Luego vinieron los intercambios de tinta china, las caminatas hasta el trolley y la entrada a la universidad como alumnos regulares. Insatisfechos con el currículum de su carrera, ambos pertenecieron al Grupo de Estudiantes Plásticos, fundado en 1946 para mantenerse al día con lo que pasaba en los centros mundiales. En 1952, siete años después de conocerse, se casaron y empezaron a hacer clases. Más tarde nació su única hija, viajaron por Europa, se espantaron a su regreso de lo atrasado que estaba el arte en Chile y fundaron el Grupo Signo, junto a Eduardo Bonati y Alberto Pérez. Ya no se trataba de representar, sino de presentar las cosas como eran. La pintura de Balmes comenzó a poblarse de collages, chorreos y dibujo al carboncillo; Barrios ganó en forma y espesura. 

—¿No les da nostalgia esa época bullente?

Barrios: Claro, hoy el campus de Macul es el campus de Macul, pero otra cosa era la Academia de Bellas Artes, donde ahora está el MAC. Entonces, el casino de arte se llenaba de gente de derecho, pedagogía, filosofía… Los estudiantes se preparaban para sus exámenes en el Parque Forestal y en la noche tomaban unas cosas raras para no quedarse dormidos.

Balmes: Y al Bellas Artes en esa época no se le decía ‘museo’, sino ‘palacio’. En su hall tenía palmeras y escaños, para que la gente se sentara.

Barrios: Las parejas se daban besos detrás de las grandes esculturas imitación griega, y los más osados grababan sus nombres en los pies de yeso. Nosotros nunca nos atrevimos.

—Tampoco se atrevieron a pintar juntos…

Balmes: Tenemos un solo cuadro a medias, que quizás expongamos ahora. Es sobre las primeras revueltas universitarias, a fines de los ’60: Gracia pintó los estudiantes y yo, los escalones de la facultad.

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No dan recetas de convivencia, pero su única hija tiene claro que el éxito de tan duradero matrimonio ha sido la existencia de un proyecto común: “En las altas y bajas que han tenido, como toda pareja, lo que los ha hecho salir adelante es su compromiso mutuo, pero también con el arte. ‘Comprometidos’ es la palabra que mejor los define”. Otra regla de oro ha sido respetar la autonomía: “Mi papá es súper hablador, extrovertido, se roba la película; mi mamá no. El organiza hacia fuera y ella, hacia adentro. Pero nunca se han visto como un pedazo, o como un anexo del otro. Más bien, se admiran mutuamente, como las totalidades que son”.  

Eso explica lo mal que lo pasaron los pocos meses que tuvieron que vivir separados, cuando ella regresó del exilio junto a Conchita, y él se quedó haciendo clases un tiempo en La Sorbonne. Desde entonces, hasta pagar las cuentas es un trámite de a dos.

 Cuando se les pregunta por su secreto para mantener tan duradera relación, ponen a la pintura como principal responsable: “Esta pasión común es la que nos ha mantenido juntos, desde que nos conocimos de adolescentes”, explica Gracia: “Hay gente que nos dice ¡pero qué difícil, vivir y trabajar con la pareja! Yo creo que es todo lo contrario. La relación se refuerza, cuando los intereses son comunes”.

Si antes su panorama favorito era ir al cine, hoy prefieren reservar una mesa en Le Flaubert y recordar los buenos tiempos de la cocina francesa. Los fines de semana, cuando pueden, se arrancan a su casa en Los Chaguales, entre Punta de Tralca e Isla Negra. Ahí, él va a comprar el pan al pueblo, temprano en la mañana, mientras ella lo espera en el dormitorio con vista al mar.

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80 x 2 es el nombre de la exposición que esperan inaugurar a mediados de año en el Bellas Artes. Aunque podrían haber celebrado sus 80 años (él, en enero y ella, en junio) con una retrospectiva, ambos detestan las repeticiones, por lo que prefirieron encargar una nueva partida de lienzos para una muestra fresca.

Su preocupación por la contingencia está presente otra vez, con temáticas que van desde el ataque a Beirut y la venida de Bush a Chile —en el caso de Balmes—, hasta los prisioneros de Guantánamo, en el caso de Barrios.

—¿Cómo seguir haciendo arte de denuncia hoy?

Balmes: Es complicado, no se puede dar una visión cerrada. Sí puedes hacer una alusión, pero dentro de un formato libre.

Barrios: Cuando vi las fotos de Guantánamo, algo me pasó por dentro. Partí inmediatamente a comprar rejas, para cubrir una de mis obras. Hay que crear inquietud en el espectador, sin ser panfletario. 

—Según el reconocido escultor inglés Tony Cragg, el artista olvida su objetivo cuando trabaja para el público y no para él mismo. ¿Qué opinan de eso?

Balmes: Entiendo lo que quiere decir. Uno mismo es receptor de un clima de la realidad, y eso lo refleja. Yo no pienso en nadie específico que va a ver mi obra, pero al hacer algo que tiene sentido para mí, puede tenerlo para otro.

Alfredo Jaar también hace arte de denuncia, aunque se vea muy lejano al de ustedes. ¿Se sienten emparentados?

Barrios: Coincidimos en la mirada, pero los medios que utilizamos son totalmente distintos. El viaja, saca miles de fotos. Uno es más visceral, está más apegado a la tierra, a Latinoamérica. Aquí no cabe la fotografía, pero sí el rasca recorte de diario. 

—Y entre los dos, ¿se retroalimentan?

Barrios: Si uno piensa que hicimos toda nuestra carrera juntos, desde que nos conocimos a los 17 años, como estudiantes libres en la Escuela de Arte de la Universidad de Chile, era un peligro real terminar haciendo lo mismo. La gran cosa fue que Balmes nació en España, y yo soy completamente chilena.

Balmes: Una vez le dije a Gracia: ‘Tú eres del país de las casas de barro; yo nací en un pequeño pueblo donde las casas eran de piedra, de la época de Carlos III. Eso es lo que hace toda la diferencia’. No hay ninguna obra de ella que no haga alusión al hombre, mientras que en las mías puede haber vestimentas, rastros, una imagen pegada, pero nada más; ella pone los personajes y yo, el decorado. n