Ser editor de libros es un trabajo como cualquier otro, no tiene nada de especial. O, lo mismo pero al revés, si se lo mira muy de cerca es tan raro como cualquier otro. Tiene sí una particularidad que se mantiene por tradición y algo parecido a la caballerosidad, y es que requiere dosis altas de tolerancia al silencio. Los entretelones y tropiezos no se comentan en público jamás.




Y no es como con los productores musicales, que son reverenciados y reconocidos por los famosísimos músicos a quienes arropan; no, aquí hay que acostumbrarse a no existir, a ser invisible. Tienes que tratar de que no se note que estás ahí. Por eso a primera vista parece curioso, hasta paradójico, y de un modo extraño fascinante, que precisamente la persona que fue en su momento la mujer más famosa del mundo haya decidido encerrarse en una oficina para ser editora de libros.




Jackie Kennedy Onassis, una figura interesante por muchas razones, conocida aún hoy hasta en los rincones más remotos del planeta, ícono de la moda y de un montón de cosas que ocuparán a los antropólogos del futuro, y por cierto recontramillonaria, tras la muerte de Onassis simplemente buscó pega y la encontró en un par de editoriales neoyorquinas, donde llegó cada mañana durante veinte años para leer manuscritos, publicar biografías y libros de arte e historia. Eso fue en los años setenta y ochenta, antes del pulpo de las redes sociales, la ubicuidad digital y esa sensación de que nos embuten mucha más información de la que sanamente podemos aguantar. Aun así, aparecía en revistas de todo el mundo, se comentaban sus tenidas y se hacían fotos a sus vacaciones —ya saben que los famosos tienen muchas vacaciones—; por un tiempo, incluso, los fotorreporteros se apostaron en las afueras del edificio de la editorial, para ofrecer a sus lectores la prueba gráfica de algo tan surrealista como Jackie saliendo a comerse un sándwich, o algo parecido.




Bien, la viuda de oro no podía ir sola a comerse un sándwich con un manuscrito anillado bajo el brazo, pero lo demás lo hacía más o menos como todo el mundo. Trabajaba tranquila y después de un tiempo los fotógrafos dejaron de visitar el edificio. Jackie pudo hacerlo porque sabía que la fama no la iba a soltar pero que con inteligencia y silencio podía administrarla.




Piensen en lo poco que se sabe, en el fondo, de las vidas de la gente realmente famosa, y en lo mucho que se sabe de esa gente vulgar que cuenta sus intimidades en la televisión y cree, ilusa, que a alguien le importa y que el estilo tiene algo que ver con el corte de pelo o la ropa. Ser invisible a la vista de todos: eso, señoras, es estilo.