Viaja siempre con sus tesoros encerrados en una pequeña caja de nácar: un puñado de tierra chilena, la foto de Rosa la Bella, la regla de cálculo de su abuelo, el libro de misa de su abuela y un viejo ramo de azahares.

Durante 48 horas compartimos con ella la vida en su casa de Caracas. Enamorada de un norteamericano, ahora vive en California y recorre el mundo hablando de Chile. Conversamos del éxito, del dinero, de política. De amor y de sombras.

A los 45 años esta mujer de pequeña estatura y tiernos ojos de gacela ha impactado al mundo con sus historias de la vida real trasmutadas por la la magia de su pluma. El éxito se ha inclinado a sus pies y hoy nadie le discute el título de ser la escritora latinoamericana más leída. Por añadidura, la chilena mas famosa de este tiempo.

Sólo en Alemania la Casa de Los Espíritus ha vendido un millón de ejemplares, lo que motivó a la ZDF, la televisión germana, a realizar un cortometraje de su vida y obra. Durante seis meses un equipo de cuatro profesionales ha rastreado sus huellas por Estados Unidos, donde vive actualmente; por Venezuela, que la recibió en su exilio, y por Chile, donde están sus raíces y los argumentos de dos de sus tres novelas.

La familia

Han pasado trece años y, entre medio, el exilio, el dolor, la gloria y la libertad, pero es la misma Isabel de siempre, cálida y generosa, con un corazón enorme. Más serena, profunda, más sabia. La madurez ha calmado las inquietudes superfluas y el oficio de escritora encauzó ese talento disperso que tenía a los 30 años. Ha sufrido y ha crecido.

isabel-allende-horizontalLa cita fue en Caracas, donde se realizaba el “aquelarre” familiar. Como en La Casa de los Espíritus, Isabel mantiene con su madre y con su hija un singular vínculo; una cadena matrilineal a través de la cual se trasmite la cualidad hereditaria que les permite percibir lo que otros no perciben. Cuando ya no bastan las diarias cartas – por triplicado- ni los frecuentes llamados telefónicos, las mujeres de la estirpe se reúnen. La madre, Francisca Llona, viajó desde Chile; Isabel lo hizo desde California y la hija, Paula Frías, desde Virginia, donde termina un post-grado en sicología ; ella decidió hacer del talento familiar una profesión científica.
En la quinta la Esquina, desde donde se domina la luminosa capital venezolana, las esperaba Nicolás, el hijo menor, que a los 21 años se hizo cargo de la casa y las finanzas de su madre, al mismo tiempo que termina sus estudios de ingeniería en computación.

Sus hijos son su consejeros. Los contratos los maneja desde España una agente literaria, Carmen Balcells, y el dinero que lega se distribuye en acuerdo familiar. “Pago una cantidad infinita de impuestos”, informa. Lo que gana alcanza para todos y para algunos más.

El dinero no es su meta. “Lo que quisiera es llegar a tener algo de sabiduría Crecer con el amor. Escribir con amor. Escribir y seguir escribiendo hasta que muera”.

Por qué se fue

Si algo le atrae, en materia de inversión, es la tierra. Un llamado de la sangre. “Cuando tenga país voy a tener tierra allí. Instalaré la mecedora de mi abuelo y las herencias que me lleguen. Cuando tenga país voy a tener mi casa y mi tierra y mis plantas y mis cosas”. Hace trece años se quedó sin país.

“Me fui de Chile porque no puedo vivir en una dictadura; y las circunstancias no han cambiado”. Partió por propia decisión, con su marido y sus dos hijos. “No se puede vivir con miedo, El miedo es un sentimiento más fuerte que el odio y más fuerte que el amor. El régimen ha sido muy efectivo en crear un clima de terror, con el cual la gente se acostumbra a vivir. Y cuando uno acepta el miedo como parte de la vida, tiene que cambiar su personalidad para poder adaptarse a él. Se vive con el miedo y se llega a hablar de la tortura -¡de la perversión de la tortura!- como algo natural y posible. Llegó un momento en que me enfermé. El dolor ajeno, el sufrimiento de tantos era tan grande, que yo no podía vivir. Salí de Chile llevándome todo ese dolor. Uno pierde todo: los amigos, la tierra, la familia, los objetos”.

Refuta a los que dicen que se fue porque su marido no tenía trabajo. “Si alguna culpa tengo es que saqué a mi marido en medio del boom económico. El es ingeniero civil, tenía una empresa constructora y ganaba mucho dinero. No participaba en política ni se había metido en líos. Nosotros nos fuimos por razones emocionales”.

El éxito

“Yo tengo la sensación, cuando escribo, que no soy yo quien escribe sino sino que algo entra dentro de mí, algo que está en el aire. Cosas que otras personas quieren decir. Cuando me siento a escribir los personajes empiezan a cobrar vida y a hacerse reales”.

Como si fuera una esponja Isabel Allende se deja penetrar por todo lo que ocurre a su alrededor, aun en las regiones etéreas. Le suceden cosas raras, premoniciones, adivinaciones. Describe escenas que después ocurren. “Es porque estaban en el aire y se metieron dentro del cuchitril. O vino un personaje y me lo dijo”.
Jamás se esperó un éxito como el que ha tenido. “Es un sentimiento maravilloso de estar comunicada con mucha gente. Y una tremenda responsabilidad, que al principio no sentía. Entonces era solo la locura, las ganas, el entusiasmo, el placer, la fiesta de escribir. Siento que ahora tengo más deberes también”. En el fondo y en la forma.

Contesta todas las preguntas, a ratos risueña, a ratos muy seria. De pronto la voz le cambia y se vuelve profunda, llena de matices, tremendamente elocuente. Sobre todo cuando defiende sus ideas. O su apellido. Su parentesco con el ex Presidente Salvador Allende.

“Cuando escribí La Casa de los Espíritus” le pedí a la editorial que no lo usara; no sale en la solapa del libro ni en ningún lado pero el apellido es muy visible y quince años después sigue siendo un título de nobleza. Es como llamarse Bonaparte; es como si yo perteneciera a una familia real. Eso es para mí”.

El amor, el sexo

Hace un año se divorció, después de veinticinco años de matrimonio decidida a encontrar su propia vida. ¿Qué pasó? Crecimos en direcciones diferentes. Pasó no más y me da mucha pena porque es una persona maravillosa. Y es el padre de dos hijos formidables que tengo. Pero se acabó el amor. No se acabó la amistad, no se acabó el respeto, ni la ternura, pero se acabó el amor y para una persona como yo el amor tiene que ser el amor-pasión. Para vivir con un hombre tiene que haber el calor tremendo de una pasión”.

Pocos meses después se enamoró perdidamente – como le gusta enamorarse a ella- de un norteamericano de California, abogado de causas laborales, divorciado y padre de Scott, un niño de 10 años. Sin pensarlo dos veces se fue a vivir con él, lo hizo cambiarse a un casa más grande y se instaló con sus libros, sus archivos, sus máquinas y su inmenso corazón, a inventarse una nueva vida. El se llama William Gordon, tiene 50 años, un metro ochenta y cinco de estatura y un brazo tatuado. ; un hombre fuerte que Isabel describe como “un peleador callejero” pero bien dentro del sistema. Un leñador de fin de semana.

“Si yo tuviera que hacer una evaluación de lo que más me gusta en el mundo, diría que lo primero que todo es hacer el amor, y después escribir. casi casi en el mismo nivel. En el sexo descubro dentro de mí la plenitud. Yo soy una persona sensual. me encanta comer rico, me encanta la música, me encanta acariciar a los niños, me encantan los olores, los ríos, el mar, pero es en la sexualidad pura donde finalmente me encuentro. Es la única vez que pierdo todo contacto con lo que no sea yo misma”.

Chile en el corazón

Isabel Allende no habría dado esta entrevista -en medio de la vorágine que es su vida este año- sino es para hablar de Chile. No usa entonces el tono festivo que emplea cuando se refiere a sí mismo. Elige cada palabra con ese riguroso uso del lenguaje que le ha dado el entrenamiento de periodista, primero, y de escritora, después. Más vale no cambiar ni una coma.

“Cuando alguien desde Chile me reclama que yo, cómodamente desde afuera me permito opinar sobre Chile, no lo acepto, porque me parece brutalmente ofensivo e injusto. Esta separación entre los ‘chilenos de adentro’ y los ‘chilenos de afuera’ sólo beneficia al régimen. Todos somos Chile y yo he cumplido y sigo cumpliendo mi misión. No me fui de Chile porque quise; me quitaron mi país. Yo soy la víctima y no acepto que me echen la culpa”.
Está cabalmente informada de todo lo que ocurre en Chile. Recibe a la prensa, mantiene correspondencia con muchas personas y, sobre todo, tiene a su madre que es -dice- sus ojos aquí. Su misma sensibilidad, su misma intuición, su misma manera de enfocarla realidad. Y escribe y escribe “para registrar lo que no se debe olvidar”. Hay que actuar sobre la base del perdón -dice- pero es muy importante no olvidar, para no volver a cometer el mismo error.

“El plebiscito no es la única etapa ni la última. Hay que partir de la base de que el gobierno no va a aflojar. Los dados están marcados; la cancha está rayada a su favor. Pero la oposición ha ganado ya, ideológicamente, una batalla moral. Ya nadie se atreve abiertamente a defender al gobierno desde el punto de vista ideológico..Mucha gente defiende los logros del régimen en el plano económico, que son defendibles y ojalá permanecieran. Ojalá progresaran y sirvieran también para beneficiar a otros sectores de la población. Pero lo importante es que la batalla moral ya está ganada”.

“Tengo una esperanza extraordinaria y su gran fe en el futuro de Chile , en este país que se está gestando y que vive un parto difícil y doloroso. Creo que Chile va a ser la nación más importante de América. Estos años han servido para que , desde todos los sectores, el país se estudie y se analice a sí mismo, y de pronto va a dar su fruto”.