Aferrado a un andador con ruedas aparece en el living de su casa. Se acerca con cuidado, sonriendo con cierta solemnidad. A los 81 años es el mismo de siempre. Empieza haciendo bromas (serias, como acostumbra) cuando le decimos que su amigo Nicanor Parra también utiliza un burrito para caminar, porque sufre de vértigos.

—No lo sabía. Es que hace mucho que yo me bajé del mundo. Pero el mío no es un burrito, es un caballo. Lo bauticé Rocinante, como le corresponde a un Quijote como yo.

La última quijotada del profesor emérito Igor Saavedra fue renunciar a la docencia universitaria hace años. Doctorado en Inglaterra, cabeza de la primera generación de físicos chilenos, Premio Nacional de Ciencias, era una genuina autoridad universitaria cuando decidió marginarse. “No pude soportar la idea de la universidad-negocio”.

—¿También la Universidad de Chile?
—Mucho menos que otras, pero sí. Para no hablar de tantas que en Chile se hacen llamar universidad y no son nada. Además, me había jugado el pellejo por nuestra facultad, contra muchos adversarios. Ya no tenía más fuerzas.

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Hoy apoya la protesta juvenil surgida en 2011, pero sin olvidar los tiempos de la Reforma Universitaria, antes del Golpe militar. Debió intervenir, a veces con vehemencia, para que los estudiantes no se tomaran la escuela. Lo pasó muy mal. Peor, durante la época de los rectores uniformados:
—Era todo más tenebroso. A veces yo salía a un congreso fuera de Santiago y, al volver, encontraba mi oficina desordenada, con cajones abiertos. Una vez me robaron correspondencia, me quitaron los libros que tenía y me dejaron uno de siquiatría. No sé si fue la Dina o el Departamento de Estado. Yo era muy libre; ahora tengo claro que tratar de hacer ciencia y de cambiar la cultura en nuestro país es algo que puede costar la vida.

Advierte que en sociedades como la nuestra, un científico o intelectual, cualquier generador de ideas, se hace sospechoso y hasta potencialmente subversivo. Ni políticos, ni funcionarios, ni hombres de empresa entienden el rol de la ciencia. Recuerda cuando un líder empresarial dijo edelante suyo que la ciencia que se hacía acá era muy importante, porque si alguno obtenía el Nobel, nuestro país mejoraría su imagen en el mundo y sería más fácil hacer negocios…

Piensa que en Chile “nadie parece tener conciencia de que una nación no es libre mientras no tenga ideas propias. Vivimos una tremenda inercia, a todo nivel se teme a la autoridad del pensamiento y no se tolera al que se sale de la fila”. Después de tantos años de batallar, llegó a una conclusión: “Nos faltan unos 500 años para ser lo suficientemente cultos y así poder entender lo obvio”. En materia de solidaridad, dice, “somos una pobre copia de los Estados Unidos”, donde cada uno piensa sólo en sí mismo.
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A pesar de sus pesares, conserva todo su pelo, ahora completamente blanco. No ha perdido la prestancia que lo destacó entre los profesores de Ciencias Físicas y Matemáticas de la Uch. Era como un científico de catálogo, admirado por sus alumnos por haber abandonado Inglaterra, donde fue el mejor de su generación, para volver a investigar en Chile y a formar físicos.

Algunos estudiantes se esforzaban por imitar su larga bufanda, las camisas de cuello subido, el montgomery y las sandalias de buena factura. Le preguntaban dónde se conseguía esa ropa acá. “Algunos imitaban mi peinado, y hasta un cierto acento que tenía después de vivir cinco años en Gran Bretaña”. Por ese interés de los alumnos y sus brillantes inicios en la física teórica, a los 30 ya estaba consciente de su responsabilidad. “Pensé: ‘No puedo hacer algo que no sea válido desde el punto de vista ético. Estos muchachos me van a copiar, y voy a ser responsable de eso. Eres un modelo para la gente joven’”.

Así lo recordó hace poco en entrevista con Daniela Cid. Su postura ética no la olvidó nunca, y es motivo íntimo de satisfacción, una de las pocas que conserva luego de vivir terremotos en su salud desde hace 20 años, que lo tienen recluido en su casa de Vitacura. Dedica bastante tiempo a su mujer, la ex embajadora Lucía Gevert, 81, que sufre invalidez completa. Se casó con ella a los 49 años.
—En la casa tenemos tres personas que nos ayudan, pero no es fácil. Como puedo caerme y no soy capaz de levantarme solo, ando con un timbre para pedir auxilio. Pero a veces lo olvido y debo arrastrarme hasta encontrar alguien que me ayude.

“Yo me bajé del mundo”. Lo sintió cuando aún no cumplía los 60 y se le diagnosticó poliomiositis, enfermedad que destruye progresivamente los músculos y hasta le produjo ceguera de un minuto a otro, que le obligó a operarse de urgencia. (“Cuando pude ver otra vez, salí al jardín y estuve varias horas conversando con las flores”, dice con la emoción todavía fresca).

Llegaron a darle tres años de vida. Pero logró derrotar al pesimismo médico con un poco de suerte, mucho esfuerzo mental, probando diversos tratamientos convencionales y recurriendo a la medicina oriental, principalmente acupuntura, para controlar los dolores. Ahora dice que su semiconversión a la medicina china le ha dado “algunas de las horas más entretenidas del último tiempo”.

“Cuando pude ver otra vez, salí al jardín y estuve varias horas conversando con las flores”, dice con la emoción todavía fresca.

—Hace rato que estoy libre de la poliomiositis, pero queda latente. Desgraciadamente, luego me sobrevino otra enfermedad autoinmune. Empezó por doblarme las rodillas y tirarme repentinamente al suelo. Caía como una torre dinamitada en la base. Siguió sacando a pasear a su perro, hasta que un día no pudo más. Sufre verdaderas descargas eléctricas en piernas y brazos, porque su enfermedad destruye la cubierta protectora de los músculos y articulaciones.

“Tengo los alambres pelados”, dice sonriendo. Pero sabe que su cabeza sigue intacta. Pensar es la llave maestra de todo investigador creativo, y él se exigió al máximo cuando en Inglaterra fue elegido ayudante-investigador por Abdus Salam, luego Premio Nobel de Física, lo cual le abrió las puertas del elitista Imperial College de Londres. Venía de doctorarse en Manchester. Hoy se dedica a pensar casi a tiempo completo. Sigue pegado a temas para eruditos como la estructura cuántica del tiempo y el espacio, al principio de sincronicidad, la física de partículas… También, junto a una sicóloga, prepara un libro relacionado con la mitología.

Sigue escribiendo a mano. No tiene máquina ni procesador de texto, no usa Internet, tampoco teléfono inteligente. Ni dispone de TV en sus habitaciones. “Yo me bajé del mundo”, repite. Prefiere pensar. También relee la poesía de T.S. Eliot, cuyos libros en inglés siempre están en el velador. La literatura fue su primera vocación, pero su madre, a los 16, le hizo sentir que mejor que estudiara ingeniería, derecho o medicina, para alcanzar una posición honorable.

Extraña ha sido su relación con la poesía. Ese poeta enteramente conservador y a la vez un revolucionario, T.S. Eliot, parece más cerca que nadie de su sensibilidad. Su padre, Róbinson Saavedra Gómez, en cambio, poeta temucano, marxista, profesor de primaria, estuvo casi ausente en lo emotivo, y apenas algo más cercano en lo intelectual. “Aunque nunca entendí sus teorías sobre la igualdad de los hombres. Se lo dije una vez de manera brusca: “¿Usted se ve sacando la basura por las calles?”. Caminábamos a tomar locomoción, y no volvió a hablarme en el resto del camino”.
Saavedra Gómez figura entre los mejores autores chilenos de poesía para niños, junto a la Mistral, Marcela Paz, Neruda y Brunet.

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No hemos encontrado ninguna referencia a su padre en las entrevistas hechas a Igor. Tampoco vemos referencias a su único hijo, que ya era famoso cuando recibió el Premio Nacional de Ciencias en 1981. ¿Qué los separó? Igor Saavedra no lo tiene claro. Por el gran parecido físico de ambos —pelo blanco, cabeza noble, boca expresiva— podrían hasta ser confundidos en una fotografía. Pero sólo se les encuentra unidos en el Diccionario de la Literatura Chilena, de E. Szmulewicz, donde el padre aparece primero que el hijo. Igor fue incluido en este diccionario por sus aportes a la cultura. No ha publicado poesía ni prosa, aunque “algo tengo escrito por ahí”.

Está marcado por la cultura que había en el hogar donde nació, formado por dos profesores normalistas de Temuco. Para ponerle los nombres que hoy lo identifican, Igor Ilych, se inspiraron en lo que más admiraban. Su padre escogió el segundo nombre por La muerte de Iván Ilych, de Tolstoi. El primer nombre fue idea de su madre, Inés Gatica, después de ver un ballet ruso: El príncipe Igor.

Igor Ilych Saavedra Gatica jamás quiso ser príncipe, aunque muchos lo habrán visto comportarse como si lo fuera. Ahora vive su autoexilio como el monarca más ilustrado de la física chilena.