Suenan las sirenas policiales, algunos bocinazos. Hay una reposada expectación en Providencia y la gente comienza a agolparse para ver el paso del cortejo fúnebre de un ex presidente de la República.
“Mira lo que nos muestra Aylwin: una persona que se movió desde su propósito ético en la convivencia. ¿Y es eso inspirador? ¡Claro que es inspirador! Porque tiene que ver con nosotros como personas”, comenta el reconocido biólogo Humberto Maturana (87) desde el segundo piso de un edificio en avenida Ricardo Lyon.

Quien recibe no es el Premio Nacional de Ciencias que publicó en los ’80 El árbol del conocimiento, sino Ximena Dávila (63), la mujer con quien se encontró hace 16 años para fundar Matríztica, un centro de estudios que enseña a empresas y particulares los fundamentos de la biología cultural. Esta fórmula, biología+cultura, resume la alianza entre el médico de la Universidad de Chile doctorado en Harvard y la orientadora familiar que un día se atrevió a invitar a almorzar a su casa al profesor que otros estudiantes veían como inalcanzable. Casi un gurú que jamás se interesaría en los placeres de una rica comida casera.
“¡Doc, llegaron!”, anuncia Ximena con la naturalidad de una dueña de casa y entonces aparece el fundador de la Biología del conocimiento dos veces postulado al Nobel. Parece distraído, pero mira intensamente detrás de unos anteojos de miope y, de cuando en cuando, muestra su sentido del humor con palabras agudas y una ligera mueca tras un bigote de morsa. Sobre la mesa, junto al café, hay un ejemplar de El árbol del vivir (MVP editores), éxito de ventas que escribió junto a Dávila.

Lo suyo, dice, es fluir por la vida. Sin resistencias. Así también define su relación laboral con Ximena que él defiende ante todo, porque la reunión entre el científico rockstar y la profesional del Instituto Carlos Casanueva no ha sido siempre comprendida. Incluso gente del mundo del coaching y de la Academia la señalan como ‘la Yoko Ono’ que separó al creador del concepto de autopoiesis molecular (junto a Francisco Varela) de la comunidad a la que pertenecía. Ximena se ríe, pero el ‘doc’, como lo llama, a veces se indigna “por el machismo” y la proclama científica.

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—¿Qué le impresionó de Ximena Dávila?
—Humberto Maturana (HM): Que hizo referencia a una cosa biológica fundamental: la conservación. Cuando Ximena me dijo: “El dolor por el cual la gente pide ayuda…”.
—Ximena Dávila (XD): “…las personas (Corrige)”.
—HM: Perdón, “…las personas piden ayuda…”.
—XD: “…relacional” (Interrumpe).
—HM: Sí, ¡pero déjame terminar! (Ríe). Bueno, cuando Ximena me dice: “El dolor por el cual las personas piden ayuda relacional es siempre de origen cultural”, me muestra dos cosas. Uno, que hay un dolor que se conserva, o sea, es una historia de conservación. Dos, que las personas que piden ayuda también muestran la salida a través de la recuperación del respeto por ellas mismas. ¡Esto es magnífico!
—Usted, ¿ha sentido dolor?
—HM: Claro que he sentido dolor.
—¿Cuándo fue la última vez?
—HM: (Silencio) Cuando murió mi compañera Beatriz. Es un dolor que he conservado también. Ahora, lo que sucede es que yo acepto mi presente, por eso parece que vivo así, tan tranquilo.
—Usted dice que Matríztica le permitió seguir creativo. ¿La Universidad de Chile no le dio esa oportunidad?
—HM: Nunca me he preocupado de ser creativo. He perseguido preguntas y sus consecuencias. Eso es todo. Desde el ’85 en adelante, la Universidad de Chile me fue empujando hasta quedar afuera. Se me pidió que cediese horas para recibir a gente nueva. Al final, tenía sólo unas pocas horas y, en dictadura, tuve que comenzar a hacer otras cosas, clases en otras universidades…
—XD: Conferencias.
—HM: Es ahí cuando nos encontramos con Ximena y a ella se le ocurre que creemos Matríztica.
—XD: Cuando invité al doctor, el ’99, fue un emprendimiento. Pero no sólo una forma de ganarse la vida, sino también de desarrollo intelectual. Usted doctor me dice: “me salvó la vida”.
—HM: Exactamente.
—¿Fue poco reconocido por la Universidad?
—HM: No lo viví como una falta de reconocimiento. De pronto me encontré con que tenía que ganar plata de otra manera.
—XD: Pero no lo centremos tanto en la plata. Mira, el doctor dice: “si al final, cuando me muera, le van a poner a una sala Humberto Maturana y eso sería todo”, siendo uno de los científicos chilenos mundialmente más citados.
—HM: Bueno, soy profesor emérito así que voto por la elección del rector (Ríe). Si aquí el tema es la ambición y yo no he tenido nunca ambición.
—¿Eso le jugó en contra?
—HM: No. Creo que me ha dado libertad, autonomía. He podido hacer cualquier cosa porque no quiero que se me reconozca por esto o por aquello.
—Einstein se lamentaba de que, por rebelarse contra la autoridad, el destino lo convirtió en una autoridad.
—HM: ¡Pero la U. de Princeton lo acogió hasta su muerte! Y cuando digo acogió, digo lo mantuvo. (…) La Universidad de Chile me cobijó cuando regresé del extranjero y me dio el espacio para hacer lo que hice. Y ¿he tenido críticas? Sí. ¿La gente se ha reído de mí porque estoy loco? Sí.
—¿Por qué?
—HM: Por el cambio de ideas. Por reconocer, por ejemplo, que el lenguaje no es hacer símbolos sobre ideas y cosas, sino un modo de convivir en las coordinaciones de los sentidos, el hacer y las emociones.
—¿Se siente incomprendido?
—HM: No, porque he sido afortunado. Cuando me encontré con Ximena, generamos algo juntos.
—XD: El doctor me nombró ‘epistemóloga’ y no porque tenga la vanidad de tener título sino porque estoy siempre dispuesta, abierta, a conocer.
—HM: La persona con la cual efectivamente he colaborado ha sido Ximena.
—¿Más que con Francisco Varela (coautor de El árbol del conocimiento?
—HM: Más que con Varela. Con Francisco la situación, desgraciadamente, se convirtió en competitiva porque estábamos en la Universidad.(…) En esos momentos cruciales de la década del 70, el tema de la competencia apareció.
—¿Le molesta que se diga que Varela fue el de las ideas originales?
—HM: En uno de sus libros, Francisco dice que yo era el profesor sabio y él era el joven con ideas nuevas. Pero eso no pasó así.
—¿Cómo ocurrieron los hechos?
—HM: No fue una competencia muy violenta. Conversábamos, pero discrepábamos de alguna manera. Por ejemplo, el libro De máquinas y seres vivos tiene un apéndice sobre el sistema nervioso y habíamos quedado en escribir otro sobre lo social, pero esto nunca ocurrió. Empezamos a seguir caminos distintos. Cuando él volvió a Chile, en 1970, lo acogí en mi laboratorio. Sin embargo, cuando se produjo el Golpe militar ya estábamos, de alguna manera, pensando distinto.

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—¿Cómo se manifestaba esa competencia?
—HM: (Piensa un largo rato) En que nos encontrábamos menos para la conversación. El estaba más matemático y yo en una orientación reflexiva; no necesariamente contradictoria, pero diferente. Tanto así que, cuando se produjo el Golpe militar, él se fue a Estados Unidos y se interesó en el Budismo. En fin, adquirió otra orientación. Y con esto no estoy criticando a Francisco.
—¿A usted nunca le dieron ganas de irse?
—HM: No. Decidí quedarme en Chile porque me sentía responsable por los estudiantes.
—XD: Incluso se ha dicho que Humberto se quedó porque estaba a favor del Golpe, cuando él se quedó para no dejar solos a los estudiantes.
—¿Creía que era responsable?
—HM: No era una creencia. Yo pensaba que los estudiantes necesitaban adultos que no pertenecieran a ese presente que se estaba viviendo. (…) La maravilla de Chile es que se fue mucha gente durante la reforma universitaria, durante el gobierno de Allende y con el Golpe militar y, sin embargo, el país siguió vivo y creativo.
—Pero durante la dictadura se produjo un apagón cultural.
—HM: Claro. Ahora no sé si llamarlo un apagón. Hubo variaciones, por supuesto, pero había científicos, ingenieros, sicólogos. Había una capacidad de país, creativa. Chile no necesitó llamar a nadie del extranjero porque, de todos modos, hubo suficiente gente que quiso quedarse, ya sea pro o anti Pinochet.
—En la colaboración fluida de ustedes ¿influye que es una relación hombre-mujer?
—HM: No lo sé, porque discutimos como si fuéramos hombre-hombre o mujer-mujer.
—XD: La diferencia puede estar en que estoy siempre dispuesta a aprender.
—¿Esta relación de ustedes provoca celos, envidia? En algunos círculos se le acusa de ser ‘la Yoko Ono de la Biología del conocimiento’.
—XD: Cuando terminé de estudiar orientación —ya mayor y con tres hijos— no tenía idea del mundo de Humberto ni de lo que había vivido con Varela o con Luhmann. Ese mundo se me fue apareciendo después. Entonces, cuando dicen esto de que soy ‘la Yoko Ono’, bueno, es la opinión de un observador que hace esa distinción, pero yo jamás hice algo para separarlo de ninguna parte.
—Usted doctor, ¿era consciente del ruido que generaba esta relación?
—HM: La verdad que no. No tenía la preocupación allí. Ahora, por los comentarios sí me he dado cuenta de que hay celos.
—¿De los científicos?
—HM: No. Ellos dicen que estoy loco, que dejé de ser científico, que estoy hablando tonteras, como el amor y que ese no es tema de la ciencia.
—¿Y eso de que Ximena es ‘la Yoko Ono’ que lo separó de la comunidad científica?
—HM: Ximena no me separó de ninguna comunidad científica. Lo que pasa es que la comunidad científica me echó porque estaba hablando del amar.
—¿Hay machismo en estas críticas?
—HM: Mucho. Mucho machismo y misoginia. A mí eso me indigna.
—XD: No me indigno porque, por suerte, mi mamá y mi papá me quisieron mucho y tengo un sustento amoroso. Pero me he encontrado con agresiones frontales.
—¿Qué cosas le han dicho?
—XD: Todo lo que te puedas imaginar.
—¿Qué son pareja?
—XD: ¡Claro!, pero eso sólo muestra a la persona. Si alguien se imagina que soy ‘la Yoko Ono’ ¿qué muestra?, pues que tiene celos, rabia, envidia. También esto se puede mirar de otra forma: ninguna de las personas a quienes Humberto les hizo clases —discípulos o no— se acercó a Matríztica a decir: “estoy feliz por lo que hacen, ¿cómo puedo colaborar?”.

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Esta es la primera entrevista de Maturana luego de la polémica por cuestionar al coaching ontológico en un artículo publicado en Capital. Allí citó nombres de gente que él “profesoreo” (Fernando Flores, Julio Olalla y Rafael Echeverría) y que estaría “colgándose del concepto de Biología cultural”. Incluso Echeverría hizo sus descargos en la misma revista.  El biólogo mira estos hechos con distancia, como si ya pasaron años. Y cuando le preguntan sobre su secreto para estar en buenas condiciones físicas a los 87 años, se equilibra en un pie y responde: “me muevo como un gato, sin esfuerzo”. Ese es su secreto.

—¿Se quiso distorsionar su trabajo?
—HM: No hablaría de distorsión, sino de equivocación.
—¿Qué los diferenciaría entonces del mundo del coaching?
—XD: Que somos una escuela del fin del mundo, boutique.
—HM: Eso de boutique quiere decir fina. Fina del entendimiento. Ofrecemos que las personas entiendan la naturaleza biológica-cultural humana, cuyo fundamento es una orientación hacia lo ético, que es el amar. Eso nos entrega autonomía, podemos escoger y hacernos responsables.
—¿Es chaquetear propio de lo humano?
—HM: Propio de lo humano no es.
—¿Qué lo explica en Chile entonces?
—HM: La historia durante la Colonia es altamente competitiva (…) Por ejemplo, si alguien moría dejaba a la Iglesia un fundo ¡Y a la señora que lo cuidó durante los últimos 15 años, una mesa! ¿Qué muestra eso? Ambición, falta de agradecimiento, arribismo.
—Tiene 87 años, ¿busca cobijo?
—HM: No. He vivido toda mi vida con confianza. Tengo una amiga, tengo hijos, una jubilación, un premio. Estoy protegido en la vida.
—XD: Cuando lo conocí, Humberto decía: “yo no necesito de nadie”. Era un ser impenetrable.
—¿No se contradice eso con sus teorías?
—HM: Es que una cosa es necesitar y otra convivir. Nosotros convivimos. ¿Nos necesitamos? Yo diría que nos acompañamos.
—XD: …Junto a nuestros colaboradores de Matríztica
—¿Siente la fragilidad de sus años?
—HM: Ya no bajo las escaleras de a dos peldaños, pero no me he caído, no me he roto la cadera. No tengo la capacidad de movimiento de cuando tenía 30 años, pero sí la capacidad reflexiva intacta. Además (con Ximena) tenemos una amistad que es rica, interesante.
—¿Cómo mantiene su agudeza mental?
—HM: Estoy siempre dispuesto a preguntarme por los fundamentos. No estoy apegado a ninguna teoría.
—¿Si uno se aferra repercute en su fisiología, en su cuerpo?
—HM: Ciertamente. Si uno se aferra, restringe la dinámica continua de la armonía de la transformación.
—XD: Si quieres poder, ser dueño de la verdad, estás en la constante lucha y en el estrés. Hay situaciones de estrés, pero el ‘doc’ no vive estresado y nunca se ha creído el cuento de ser el gurú de nadie.
—HM: Exacto.