Hernán Millas Correa (91) tiene estatura de leyenda. En sus tiempos de Clarín, con Alberto Gato Gamboa y Eugenio Lira Massi integró un trío temible. A la altura de vacas sagradas como Lenka Franulic, Julio Lanzarotti, Luis Hernández Parker e Isidro Corbino. En el Clarín empezó con la columna Las dos caras de la moneda, usando un seudónimo que no recuerda. Escribió en La Epoca, en las revistas Hoy, Topaze y trabajó durante años en Radio Santiago. Ahora escribe La última página de Hernán Millas, en revista Ercilla.
Se le quiebra la voz cuando recuerda a Lenka Franulic. “Fuimos muy amigos. Era linda, preciosa, muy sencilla, buena, una gran compañera. Cuando la fui a ver, después de una operación de apendicitis o algo así, me tomó la mano y me dijo: No te aflijas, Hernán, no voy a morir de esto. Voy a morir del corazón. Y así fue”.
Hasta ahora toma notas en servilletas, o en una libreta vieja, un papel cualquiera, con una letra endemoniada, que apenas se entiende él. Habla con pasión, como siempre, apurado, como si la vida se fuera en la frase que tiene que cerrar antes que se le vaya la idea. Dice que sólo usa anteojos ‘para lejos’. Integrante emblemático de la llamada ‘vieja guardia’ del periodismo, es de los pocos sobrevivientes.
—¿Se llevará algún secreto a la tumba?
—Difícil. Soy demasiado hablador.
—Está el dicho: ‘si quieres que algo se sepa en Chile, cuéntaselo a Hernán Millas’.
Larga una carcajada y baja la mirada a sus zapatos.

Conocido como Agapito desde siempre, él mismo se puso el seudónimo para alguna columna, no recuerda cuál ni por qué. “Eso fue, literalmente, en el siglo pasado”, asegura. Periodista incansable, se conoce las vidas de medio Chile. Indiscreto, entra sin aviso en las historias de las gentes, los personajes públicos, los desnuda, hurga, averigua cosas y casos que nadie sospecha y lo cuenta todo con una frescura que raya en el descaro. Inteligente, agudo, irreverente, mordaz, con un humor que divierte pero que también irrita y demuele. Todo en un tono semiserio —título de su célebre columna en la revista Hoy—, autor de centenares de artículos, reportajes y entrevistas, es el anecdotario humano más importante del país.
El próximo 16 de noviembre, en la Feria del libro de Santiago, lanzará Cien personajes en busca de lectores. Lo presentará Sergio Campos en reemplazo de Raquel Correa, que se había comprometido a acompañarlo.
“Son 48 textos dentro de uno porque cada capítulo es diferente. Lo más emocionante para mí es la historia del restorán Miraflores, en la calle del mismo nombre, pasado Agustinas, en el cual se le dio trabajo a los refugiados españoles. Era un local muy europeo. Se comía bien y muy barato. El hijo del dueño estudiaba Leyes, se enamoró de una compañera. Le pidió matrimonio y ella le dijo que lo dejaran hasta ahí nomás porque mis padres son muy estirados. Nunca jamás aceptarían que su hija se casara con un cocinero. El muchacho quedó tan afectado que una noche entró a la cocina, abrió la llave del gas y se suicidó. Al día siguiente, el padre cerró el Miraflores para siempre”.

NARRADOR, CRONISTA POLÍTICO POR EXCELENCIA, autor de una docena de libros. En cada una de sus obras, derrocha detalles y diálogos completos, haciendo gala de una memoria tan fértil que uno no puede sino preguntarse cuánto será verdad, cuánta ficción.  “Lamentablemente no hay ficción. Digo lamentablemente porque eso indica que uno tiene talento para imaginar cosas. Y yo sólo investigo, investigo, investigo. Todo lo que cuento ahí y en el resto de mis libros es cierto”.
Tiene a su haber varios matrimonios —no entrega la cifra— ocho hijos, ocho nietos y ocho bisnietos. O algo así. Después de varios intentos de llegar a números exactos, la confusión cunde y Millas ha perdido el interés en el tema. Larga un profundo suspiro: está claro que prefiere reanudar el relato de anécdotas.
Su mujer Trinidad Irene Melo, más de 20 años menor que él, agrega que están casados hace 43 años. Y muestra una foto de cuando se casaron en 1987 por la Iglesia Católica.
—¿Algunos de sus hijos o nietos siguió sus pasos en el periodismo?
—Lamentablemente, ninguno. Tal vez fue mejor para ellos. Quizá me habría gustado que alguno lo hiciera pero por vanidad mía.
—¿Qué opina sobre el periodismo actual?
—No puedo hablar mal de mis colegas. Pero el periodismo ha avanzado, es más investigativo que antes.
—¿Cómo se lleva con la tecnología: internet, los computadores, Facebook, Twitter?
—Perfectamente. Uso un computador. Lamento haber tenido que trabajar con una máquina de escribir Underwood en la que se me quedaba atascada la cinta y había que escribir los textos una y otra vez.
—¿Algún entrevistado pendiente?
—No sé me ocurre a nadie en este momento. Ahora los personajes son más accesibles. Ya no son esos ídolos tremendos, a los cuales nadie se podía acercar.
Aunque Millas lo intentaba. Conoció a Marlene Dietrich cuando vino a Chile. “Dio una rueda de prensa y alguien le preguntó por su edad y ella se enojó y dijo que esto ya era majadería, que a donde iba le preguntaban lo mismo. Entonces lanzó su pasaporte y lo tiró, gritando ‘¡quieren saber mi edad, ahí va!’ El pasaporte cayó en mi falda y aproveché de ver la edad. No me acuerdo cuántos años tenía, pero era espectacular, mucho mejor de lo que aparecía en el cine”.
—En su libro La sagrada familia retrata a los clanes más poderosos de Chile, ¿Eran muy distintos a los adinerados del 2012?
—Gracias a su fortuna tuvieron una gran educación. Era una aristocracia no del dinero sino del saber, más ilustrada. Distinta a los millonarios de hoy que les gusta mostrar su fortuna, sus bienes.
—Escribió La familia militar. ¿Qué relación tiene usted con los militares?
—Ninguna. ¡En mi familia no ha habido siquiera ni un sargento!
—Con el paso del tiempo, ¿cuál es su reflexión sobre Pinochet?
—No ha cambiado. Me acuerdo cuando los militares saquearon la casa de mi hermano Orlando, el mayor de los cinco. El estaba fuera de Chile entonces y yo se la cuidaba. Había sido de mis abuelos y de una tía solterona, la tía Aurelia. Una tarde llegué y me encontré con dos milicos en el jardín, esperándome. Dijeron que venían a revisar la casa por si había armas. Orlando no era capaz de tirar un palo porque era muy pacífico. Fueron saqueadores. Encontraron una cuchillería de plata que había sido de mis tatarabuelos y no se usaba. Se la llevaron. Empezaron por los libros, los echaban a un camión. ¡Fue un saqueo! Me firmaron un recibo, ¡y el desgraciado después que él mismo lo escribió se lo guardó! Me dijo que él se lo entregaría al comando y yo podía preguntar por él luego. Agregó que los libros serían revisados y que me los devolverían y escribió otro recibo.
—¿No recuperó nada?
—Nada. Nunca. Para olvidar todo eso, nos fuimos a una casa que teníamos en Algarrobo. Cuando llegamos también estaba saqueada. Reclamé, llamé a los comandos, cuánto milico había, y me dijeron que los autores habían sido delincuentes.
—Sin embargo recibió el Premio Nacional de Periodismo en 1985, en plena dictadura. Cuando lo llamó a la revista Hoy el ministro de Educación de la época Sergio Gaete, usted pensó que era una broma…
—¡Así es! No lo esperaba para nada. Cuando me entregó el premio, fue muy amable. Me dejó su oficina y me dijo: reciba a los periodistas. Terminada la conferencia de prensa comentó: Me extraña mucho todo esto. Usted no habló nada del gobierno, de política. Y le contesté: Aunque no lo crea, los periodistas somos gente educada. Usted me cedió su escritorio y yo no podía hacer mal uso de eso. No podía darles ningún juicio político porque estaba en su casa. El ministro me dio la mano y agregó: Parece que el premio estaba bien dado. Me acuerdo que una de las candidatas al premio era secretaria de doña Lucía”.
Consultado sobre los políticos chilenos, dice que en el pasado hubo buenos. “El mismo Jorge Alessandri fue un gran político. Aunque él no se consideraba como tal”.
—¿Le costó creer en la teoría del asesinato de Frei Montalva?
—Sí, me costó. Sucedió algo muy curioso porque en ese famoso acto del Teatro Caupolicán de 1980, los dos oradores fueron Eduardo Frei Montalva y Jorge Millas, primo mío. Los dos murieron. Jorge fue hospitalizado por un tumor, de la noche a la mañana. Yo lo fui a ver después de la operación y el médico me dijo que estaba muy bien, que no me preocupara, que en unos días sería dado de alta. Al día siguiente, dijeron que había tenido un retroceso y murió.
—¿Qué está sugiriendo?
—Que los dos fueron asesinados.
—¿Cuál es su opinión de Allende?
—Buena. Lo mejor de él es que fue siempre fiel a sus ideas. Murió, precisamente, por defenderlas.
—¿Qué le parece Sebastián Piñera?
Hace una pausa. Se ríe brevemente y contesta: Mejor no.
—¿Qué nota le pone al gobierno del Presidente Piñera?
—Entre un 4 y un 5.
—Si fuera asesor de la ex Presidenta Bachelet, ¿qué consejo le daría? ¿Qué vuelva o no?
—Que no se venga. Pero me temo que volverá. Le falta una buena consejera o consejero.
—¿Le teme a la muerte?
—No, porque es un fenómeno natural. No saco nada con temerle. Llegará de repente. Ojalá que de forma súbita. Me gustaría que fuera como la de mi abuelo, el padre de mi padre. Era rector del liceo de Talca. Murió durmiendo.

Envíe su opinión sobre este artículo a actualidadcaras@televisa.cl