Poco después de conocer a Haruki Murakami en Londres, vagué por Piccadilly hasta Waterstone, la librería desde donde brotaba un huracán de publicidad del autor nipón. Yo ya sabía que Murakami es un gran problema en Japón, donde los fanáticos acapararon un millón de copias de Los años de peregrinación del chico sin color, su novela trece, en la primera quincena del año pasado. Pero incluso en Londres, la respuesta parecía sólo un poco menos fanática.

Los primeros lectores en la puerta de la librería habían estado haciendo cola desde la noche anterior y se unieron en la mañana unos 600 más. “Aparte de J.K. Rowling —dijo en shock un vendedor—, las únicas personas que habían atraído multitudes similares para sus libros eran los Clinton y David Beckham”. No es sorprendente, tal vez, que corredores de apuestas británicos habían colocado a Murakami en la parte superior de sus listas para el pasado Premio Nobel, que finalmente recayó en el francés Patrick Modiano.

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Es difícil reconciliar esta reputación de megastar con el modesto y sin pretensiones estilo de este hombre de 65 años de edad. En persona, Murakami parece casi una década más joven. El resultado de un riguroso régimen diario de correr y nadar lo mantiene así. “Lo hago hace más de 30 años. Estoy corriendo casi las mismas distancias que cuando era más joven, pero los tiempos son cada vez peores”, dice. Afable y cortés, también nos regaló largos silencios, miradas de reojo y la pronunciación sugerente que caracteriza sus novelas. “Todo es biografía, pero al mismo tiempo he cambiado todo dentro de la ficción”, dice. Más adelante apunta: “Me gustaría saber qué va a pasar en mi próximo libro”, buscando desconcertar, igual que sus ficciones, llenas de personajes díscolos y metafísicos. “Escribo lo que quiero escribir y encontraré lo que quiero escribir mientras escribo”, dice a modo de máxima.

La última novela de Murakami editada en Chile es Underground, texto en el que nos lleva al ataque con gas sarín que se produjo en el metro de Tokio en marzo de 1995, donde murieron doce personas; además, miles que resultaron heridas y muchas otras que sufrieron secuelas. Muy afectado, Murakami entrevistó a las víctimas, a los que vivieron y sufrieron en carne propia el atentado para establecer con precisión qué ocurrió ese día en las distintas líneas de metro afectadas y cómo lo vivieron. También desentraña la verdadera historia que se ocultaba tras aquel acto terrorista que convirtió una tranquila mañana de lunes en una tragedia nacional.

“Como siempre, leer a Murakami —a quien se ama o se odia, a quien se entiende o se considera incomprensible— es entrar en algo, viajar a otro sitio, volver a un territorio en el que sólo él ha conseguido un perfecto destilado en el que se funden Oriente y Occidente, lo pop y lo culto. No es fácil hacerlo, pero es tan sencillo de leer y disfrutar”, escribió Rodrigo Fresán sobre la prosa del japonés en el diario Página/12.

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“La gente dice que mi escritura es un tipo de posmodernismo o realismo mágico. Pero no estoy interesado en ese tipo de cosas. No soy un gran lector de Thomas Pynchon o de otros supuestos escritores postmodernistas. Me gusta García Márquez. Pero no creo que su estilo es el realismo mágico. Es “su” estilo. Sospecho que sólo escribía su propio realismo; el mundo que relató sólo era muy natural y realista para él, supongo. Lo que estoy haciendo es escribir mi realismo, mi mundo real. Si sucede algo impredecible, demuestra que estás haciendo algo bueno, algo verdadero.

Poco antes de que nos encontráramos, Murakami dijo a la audiencia en un festival del libro que “el sueño de su vida” fue sentarse en el fondo de un pozo. “Sí”, dice, asintiendo con la cabeza. “Siempre siento que voy a los lugares oscuros cuando escribo. Sólo en la oscuridad puedo ver la historia. No creo que haya recibido un don o un talento muy especial. No creo en eso, pero puedo ir a la oscuridad… Entonces, mmm,  ¿Ah?”.

Pero aclara que en su caso la oscuridad “Es un sótano!”, dice. “Y… es un doble sótano en mi caso, supongo. Muchas personas pueden bajar al sótano, creo, pero en mi caso tengo un sótano de ese sótano”, dice con ojos tristes. “Es muy oscuro, así es que cuando escribí Crónica del pájaro que da cuerda al mundo, escribí sobre el pozo profundo y el protagonista está sentado en el fondo del pozo en la oscuridad, en silencio y aislado. Eso es lo que hago todos los días cuando escribo novelas”. 

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“Mi principal interés para escribir novelas y relatos es encontrar lo que soy. Tengo 65 años, pero todavía tengo curiosidad sobre lo que soy. Lo que tengo en mí. Lo que voy a ser. Soy escritor, famoso. He estado escribiendo durante 35 años, tengo una especie de éxito y lectores en todo el mundo, pero no entiendo por qué pasó eso. A mí me parece un milagro. No creo ser una gran persona, inteligente o talentoso, pero puedo escribir. Sólo quiero averiguar por qué me pasó eso. No a otras personas, sólo a mí”, dice.

Los fanáticos lo han ayudado bastante. Cuando Murakami escribió Kafka en la orilla, lanzó brevemente una página web en la que los fanáticos podrían compartir sus teorías y formular preguntas al autor —una especie de gigantesco “pregunta lo que quieras” que luego fue publicado en Japón—. “Sentí que era una especie de democracia. La gente reunida en el Agora, en la antigua polis griega. Estaba interesado en conversar con mis lectores. Pero me cansé de eso, es suficiente. Creo que el verdadero entendimiento es la acumulación de malos entendidos: Ese fue mi descubrimiento. Cada lector me envió sus opiniones. Muchos de ellos simplemente no eran correctas, sólo malentendidos. Pero cuando leí miles de ellas, sentí ‘Me entienden!’ Confío en los lectores… pero no me fío de cada lector”.

A Murakami, genio extraño, no le gusta pensar que es un ser creativo. “Siempre he admirado la rutina y a los que se apegan a ella. No importa lo deprimido que estés, lo solo o triste… El trabajo rutinario me ayuda. Me encanta. Básicamente pienso que soy como un ingeniero o un jardinero o algo así. No un creador, es demasiado pesado para mí. No soy esa clase de persona. Solo mantengo una rutina de trabajo. He estado corriendo durante 30 años y eso me ha dado cosas especiales. Si haces lo mismo todos los días, algo conseguirás”.