Como por lo general voy a la competencia, no sabía que equivalían a efectivo para descontar de la compra, pero cuando le pedí que lo hiciera, me dijo que antes tenía que inscribirme por internet. La verdad es que admito partir con una predisposición negativa cuando los supuestos beneficios que ofrece el comercio conllevan también obligaciones para el cliente, pero como ya me habían tentado —con algo que consideraba mío, por lo demás— decidí tomarme la molestia y hacer el trámite. Luego de llenar muchos campos, todos los cuales van abultando las bases de datos de las empresas, me detuve en lo que consideré excesivo y que viene a ser el tema de esta columna. ¿Por qué un supermercado necesita el número de serie de mi cédula de identidad? Al parecer no basta con saber mi nombre, edad, sexo, estado civil, dirección, Rut, intereses, mail, teléfono —particular y celular—, todo marcado con asteriscos que indican llenado obligatorio; también necesitan —para asegurarse que soy quien digo ser— el dichoso y hasta ese día ignorado número de serie. 

Reconozco que hay ciertas cosas que al resto de la gente le pueden parecer ridículas y que yo asumo como verdaderas ‘batallas de las ideas’. Mis hijos ya saben cuando vienen estos eventos que gatillan en su madre el ‘lado oscuro de la fuerza’ y muchas veces los veo alejarse mientras le digo al inocente guardia instalado en una caseta de una calle pública que los vecinos no tienen derecho a cerrarla con una barrera ni a pedir mi carné de identidad. “Mamá, ¿por qué simplemente no le das el número y pasas?”, me dicen. Tal vez sería más fácil, igual que entregarle ese curioso dato al supermercado, o hacerme la loca con las llamadas de teléfono grabadas “para mi seguridad” y las cámaras que registran todo a su paso, incluida mi casa en google earth. Pero no puedo. Debo haber leído 1984 ese mismo año y me marcó profundamente. En la ingenuidad de la juventud temprana, me pareció ciencia ficción pura, pero hoy, este hermano mayor vigilante, más conocido no por la dictadura orwelliana, sino por los impudorosos realities, está instalado entre nosotros y más vivo que nunca. Sumando partes de aquí y de allá, seguro que de cada uno pueden armar una historia a lo The Truman Show.

Este es un tema muy relevante y que parte, precisamente, en las cosas que parecen irrelevantes. Los ciudadanos debemos saber defender nuestros derechos, nuestros espacios, nuestras libertades. Lo más probable es que a ninguno nos toque vernos involucrados en un caso de espionaje político —tipo NSA—, pero la esencia del problema sigue presente: Rechazo aceptar que mi vida sea un bien transable para el mercado y sujeto de sospecha para el Estado.

A estas alturas, no tener Facebook ni Twitter me parece no sólo un acto de independencia, sino de legítima defensa.