Germán Marín está encorvado al interior de un café que flanquea el palacio Falabella, sede de la municipalidad de Providencia. Tiene dos pares de lentes encima que va intercambiando, una pequeña libreta y una servilleta donde anota con una letra ínfima vaya a saber uno qué. Germán Marín tiene 84 años y está cansado. Está haciéndole todo el quite posible a este invierno frío, con un abrigo largo, contados paseos para juntarse con amigos como el editor de la UDP Matías Rivas o el crítico Juan Manuel Vial, y obligaciones promocionales de su último libro, Póstumo y Sospecha, una novela sobre una pareja de delincuentes poco habituales que se pasea por el Santiago nocturno de los últimos ladridos de la dictadura o los primeros de la democracia.

La acumulación de sus novelas y cuentos que publica desde 1973, cuando Editorial Quimantú lanzó Fuegos artificiales, que sería rápidamente sacado de circulación, lo tienen nuevamente en carrera para llevarse el Premio Nacional de Literatura, del que lleva cerca de 20 años entre los nombres más repetidos. Con problemas al hígado y sus ojos dañados por cataratas, Germán Marín Sessa (1934, casado, dos hijos, cuatro nietas) siente el peso de los años en su cuerpo, pero su memoria es privilegiada: “Los primeros recuerdos que tengo, de los 3 o 4 años de edad, son de la Segunda Guerra Mundial”, cuenta mientras sorbe su café. Hijo único de padres separados, vivió con su madre en Buenos Aires parte de su adolescencia y también fue cadete de la Escuela Militar en los años cincuenta, con Pinochet como capitán.

“Él terminó con mi carrera”, recuerda sobre ese hombre “medio histérico” con el que tuvo trato por casi dos años y que pidió su baja por mala conducta. Aparte de narrador impostergable, Marín es uno de los mejores editores chilenos, oficio que lo llevó a vivir dos años en China y España, donde se mantuvo hasta su regreso a Chile, en los noventa, cuando retomó su escritura con un caudal de publicaciones que ya se quisieran otros autores más jóvenes.

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“En este momento estoy leyendo muy poco. Lagrimeo mucho, me agoto al leer. Incluso al escribir”.

—¿Y de las noticias que andan dando vuelta en el mundo, hay cosas que a su edad lo sorprenden?

—Sí. Por ejemplo, no deja de preocuparme la relación de Estados Unidos con Irán. Eso es muy peligroso. Y me preocupa la suerte de Venezuela y ahora lo de Nicaragua. Me parece un espanto lo que está pasando ahí.

—Lo de Venezuela y Nicaragua, tiene que ver también con una nueva visión de la izquierda. O con una izquierda que nadie entiende mucho.

—Dudo, totalmente, de que lo que ocurre en Venezuela sea el desarrollo de un gobierno de izquierda. Yo creo que es una dictadura de un grupo de gente que se apropió del poder. Y creo que en Nicaragua es lo mismo. Me da mucha pena.

—Otro tema que se ha tomado la agenda son las reivindicaciones feministas. ¿Qué opina de eso?

—Es que… se ha ido dando esto en Chile, a través de estas movilizaciones en la calle. Me agota un poco el discurso. Me agota esta movilización por la movilización muchas veces. Porque no se provocan grandes variantes. Es decir, no se persevera en ciertos principios. Eso es lo que me abruma un poco: el nivel del debate.

—Esto de los amigues, amigos…

—No, no, eso me parece una locura. La creación de los lenguajes, eso me parece una payasada, claramente.

—¿Cuál es el lugar de Póstumo y Sospecha en su prosa? Aquí también están los ecos de la dictadura y la figura de los vencidos. ¿Cómo entró en esta novela?

—Fue cuando descubrí el nombre de Póstumo. Al pasar, hojeando la obra completa de Shakespeare que tengo en mi casa, descubrí un personaje secundario que se llama Póstumo. Y me quedó gustando el nombre. Y después empecé a pensar quién podría ser Póstumo, qué podría ser. Y ahí nació esa idea de desarrollar al personaje desde haber participado como un sujeto subalterno en Villa Grimaldi. Y después quise balancearlo con otro personaje, más joven, con menos experiencia, que es Sospecha. Que se pelea con su madre, se va de la casa, conoce a Póstumo en los billares. Era una idea que también la tenía en la cabeza, de desarrollar en algún momento la idea del billar, si bien, como juego… como, llamémoslo, como entretención. Ha desaparecido mucho, antes Santiago estaba lleno de billares.

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—¿Y eso es lo último que tiene escrito?

—No, estoy con un nuevo libro que yo creo que va a ser el último y es una colección de relatos.

­—¿Tiene título?

—Sí, el título me interesó mucho de entrada. Se llama Un oscuro y bruto pedazo de felicidad.

—Usted dice que es el último, pero…

—Yo creo que sí, porque estoy bastante agotado. Cansado… No creo que me dé el pellejo para más.

—¿Pero cansado de escribir o de vivir?

—Estoy cansado físicamente. Con pocas ganas de trabajar. Trabajo todas las mañanas, pero dos o tres horas. Y en la tarde no hago nada.

—Y ya está aburrido de cuidarse…

—¡Me cuido! Pero hay un estado general que se ha ido echando a perder…

—Hay autores de su edad o de su generación que están con el tema de las memorias. Estoy pensando en Armando Uribe y Jorge Edwards.

—Yo también he pensado en ellos. El libro de Edwards, el último no lo he leído. El de Uribe lo estuve leyendo parcialmente, me gustó, pero encuentro que hay un exceso de dedicación al yo. El yo es excesivo ahí. Todo gira en torno a él. Bueno, yo lo conozco personalmente y hay un poco eso en Uribe.

—¿Le interesa escribir sus memorias?

—No, porque sería un mentiroso. Eliminaría muchas cosas, a lo mejor corro el riesgo de negar lo que no he vivido. No, no, no lo haría.

—¿Por pudor?

—Por pudor.

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—Uribe y Edwards son Premios Nacionales. Usted figura como candidato hace casi 20 años…

—Yo estoy apareciendo en esos listados de la muerte hace varios años. Pero recién tomé conciencia cuando se lo dieron a Skármeta.

—¿Por?

—Porque yo he sido lector de Skármeta y encuentro que en Skármeta hay un buen libro, que es un libro de cuentos, que se llama El Entusiasmo. Y después todo lo que ha venido….. Ya, le dieron el Premio Nacional por razones bastantes espurias, de su relación con la campaña de la Bachelet, qué se yo. Como decimos los argentinos, me chupé la mandarina y bueno, seguí adelante. Yo pensaba que el otro candidato era Pedro Lemebel. Que yo consideraba que era más peligroso que Skármeta. No se lo dieron, se lo dieron a Skármeta.

—¿Se ha politizado mucho el Premio Nacional?

—La Moneda tiene mucha intervención y fue lo que pasó.

—Y en La Moneda no necesariamente saben de literatura…

—No. Ven las conveniencias políticas. Ahora, esta vez, objetivamente de acuerdo a cómo se ve la situación, se lo deberían dar, por el movimiento que ha habido en torno a la mujer, a Diamela Eltit, pero yo creo que es demasiado evidente el juego ese. Por lo tanto, yo tengo una opción ahí. Una opción.

—¿Y qué le parecería esa opción?

—Me parece bien recibir un premio así. Creo que lo he merecido. No digo que lo merezca hoy, pero lo he merecido en otras oportunidades. Por lo tanto, sería cumplir un poco con un acto de justicia. Espero que haya limpieza… Pero en el fondo, yo sigo con el mismo escepticismo de siempre, que no me lo van a dar. Esa es la idea que tengo. Estoy acostumbrado a perder. La verdad es que sí fíjate. No es difícil acostumbrarse a perder en este país. Este es un país de derrotados.