Francisco Ortega (42) siempre funciona en modo Logia: con una narración casi arrancada de una página de su novela más célebre, relata la historia de los vestigios de la antigua casona de la familia Aylwin en Providencia y reconstruye paso a paso cada proceso que sufrió hasta convertirse en, según su propia descripción, el “santuario de trofeos nerd” que ahora funciona como su departamento. Se trata, de hecho, del mismo edificio —convertido hoy en onderos lofts— donde también vive otro nerd célebre, el director Nicolás López; además de la actriz Paz Bascuñán junto a su marido Miguel Asensio. Estar aquí es como encontrarse dentro de una escena de la película Sin Filtro, con Ortega fotografiándose en el mismo sillón de cuero en el que —en un cameo— hizo de siquiatra.

Las paredes están tapizadas con libreros repletos de ediciones de cómics y adornadas con figuras de acción —detalle aparte es el diminuto Superman socialista y la pequeña imagen de la Virgen de Guadalupe—, testigos de la creación de Andinia: La catedral antártica, libro que lanzó el 1 de agosto, secuela de Logia y el fin de La trilogía de los Césares, que lo catapultó a la fama en Chile y Latinoamérica.

Logia va a ser mi gran fantasma”, asegura con mezcla de gracia y resignación, refiriéndose a la novela que en 2014, ante la sorpresa de la literatura nacional, le valió alcanzar el rango de bestseller por sus más de 30 mil ejemplares vendidos. La trama firmada con la insignia del thriller histórico, lo convirtió en un digno compañero de escritores como Dan Brown o Ken Follett. “No voy a negar que me ha ido bien, pero no tengo los mismos contratos ultramillonarios”, dice riendo. A pesar de su éxito, continúa trabajando como periodista en Capital, hace clases en la Universidad Alberto Hurtado y trabaja en la productora Demente, de Soledad Saieh y Sebastián Freund, donde coordina la internacionalización de Logia, que ya cuenta con un fondo Corfo y se encuentra a la espera del veredicto del CNTV, donde también concursaron para reunir recursos. “Además presentamos el proyecto en FOX y estamos en reuniones con Netflix y HBO. La gracia de Logia es que está en Argentina, Colombia y México, tres países muy potentes en la industria audiovisual. Entonces que exista el proyecto de la serie, con un primer capítulo y un trailer, resulta muy interesante”, destaca, aunque prefiere no revelar quién encarnará a Elías Mielle, el protagonista de sus libros. “Sólo puedo decir que es un actor chileno muy conocido”, señala con aires de misterio. 

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Lo cierto es que entender dónde comienza su alter ego literario y dónde termina “Efe” Ortega no resulta fácil. Ambos han alcanzado renombre, están separados, un poco pasados de peso y su vestimenta no se ciñe a los estándares cambiantes de la moda. Los dos llevan una década completa indagando los misterios perdidos entre la historia oficial de Chile. “El es Superman y yo soy Clark Kent. Es todo lo que a mí me gustaría ser, por ejemplo, escribir guiones para Hollywood o viajar”.

Pero la línea es muy fina. Mientras Mielle recorre lugares recónditos de Chile, México y Argentina resolviendo los misterios ocultos detrás de la Masonería, La Hermandad, los nazis y otros poderes fácticos que cobran vida a través de los lectores, Ortega inspecciona minuciosamente los mitos y rumores que quedaron flotando en el aire sin un hilo conductor: La historia de los archivos ovnis escondidos durante el régimen militar, el cometa Halley (“la estrella de Belén chilena”)  y el chupacabras que, según denuncia, fue utilizado como elemento distractorio tras la detención de Augusto Pinochet en Londres. 

Su propia vida, incluso, no está tan lejos de las conspiraciones secretas que narra en las páginas de El verbo Kaifman, Logia o Andinia. El ejemplo más claro es la historia que comparte con J. J. Benítez, el famoso autor de la serie Caballo de Troya; un pequeño chisme contado en los entretiempos de la FILSA, y que habla sobre una reunión secreta entre el novelista y Augusto Pinochet en el Hotel Carrera para indagar en la historia de los platillos voladores de la dictadura.  “Logró juntarse con Pinochet porque Matthei era fanático suyo y le consiguió la entrevista. Pinochet por cierto lo negó todo, pero a la mañana siguiente lo llamaron del lobby de su hotel para anunciarle que lo estaba esperando una persona de ‘al frente’ —refiriéndose al Palacio de La Moneda—, y cuando bajó se encontró con un edecán del general. Esta persona le entregó una carpeta con fotocopias y le susurró: Esto es todo lo que él puede hablar, úselo”. Y agrega bromeando: “Él (J. J. Benítez) me dijo que necesitaba cotejar con el resto de las fuentes para poder publicarla, pero ya lleva 40 años intentándolo”.

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“Todavía hay un lado extraño, todavía falta la biografía secreta de Pinochet —expresa sobre una cantera que le gustaría explotar—. El es nuestro Darth Vader; un tipo oportunista, que se subió a última hora al carro del Golpe, que termina creyéndose O’Higgins, aunque fue siempre un apollerado y maltratado por su mujer… Es un hombre que todavía tiene gente que lo defiende como si fuera el salvador de Chile cuando sólo falta que se revele que estuvo involucrado en narcotráfico”.

Y entrando en materias de actualidad, comenta: “Yo creo que la gente cambió los libros de autoayuda por los de historia porque sienten que hay algo que no nos están contando de la política, de nuestro presente y de la historia. La gente se acerca a estos libros porque cree que hay cosas que no les contaron, que nadie se las enseñó en el colegio, que les están ocultando cosas”. 

—¿Quieren correr el velo? 

—Y esa actitud es un espejo de lo que pasa hoy en la sociedad, donde sentimos que los poderosos nos están engañando, que todo el mundo nos está cagando, las AFP, las isapres, la educación, el Caso Caval, ahora el de LanChile con Piñera… Hay algo que no nos están contando de nuestra política, de nuestro presente y también de nuestra historia.

Él, junto a otros autores —todos amigos— como Jaime Baradit, Alvaro Bisama, Sergio Amira y Mike Wilson, forma parte del denominado Freak Power que rompe con los esquemas clásicos de la literatura y llena las letras chilenas de guiños del culto nerd que Ortega ha expresado a través de sus infinitas menciones de Star Wars, Star Trek, DC cómics, Marvel e incluso Mampato a lo largo de sus obras. 

“Creo que esta es una edad súper rara”, reconoce mientras observa el extenso arsenal nerd que lo rodea. “Es nuestro triunfo: hay tipos de 45 años jugando Pokémon Go y nadie les dice nada… En una fiesta y te pones a hablar de Game of Thrones o de Tony Stark nadie te mira raro o pregunta quién es”.

Luego agrega: “Claro que los nerds con poder se han vuelto peligrosos… Soy de una generación que sabía de cómics, literatura, tecnologías, ciencia, dinosaurios. Nos pasábamos años buscando aquella figurita especial o esperando ver una película que aquí ni siquiera llegó. En cambio los de ahora lo tienen todo fácil, no son cultos, ni mateos y se quejan de que no les gustó la última versión de Suicide Squad porque Harley Queen no tenía poto. Entonces, hay que ir un poco más allá. Estamos en la edad de oro del nerdismo”,  y en plena “conquista del mundo”, pertenecer a este grupo se ha convertido en el “new sexy”. Palabra de nerd.