“La imagen está terminada cuando logro creer en ella”, recita un conjunto de letras de color grafito talladas sobre una pared blanca. Alrededor aparecen bosques pintados sobre propaganda mural, pequeños rostros moldeados con papel de diario y campos coloreados sobre arpillera que crean una conexión constante entre el rescate de materiales olvidados y la pintura que los transforma en abrumadoras obras de arte.

Es el estudio de Felipe Cusicanqui (39), asentado en las profundidades de la comuna de Pirque, un pequeño préstamo de la actual arrendataria de la que fue su casa antes de emigrar a Alemania junto a Joanna, su mujer, y sus tres hijos. “Me fui cansando del bastidor, con la retórica añeja del símbolo burgués de la pintura, así que empecé a trabajar con otros soportes que no fueran bellos y los pudiera transformar en algo…”, dice.

Y es así como situaciones cotidianas, paisajes, naturaleza y, sobre todo, momentos, comienzan a transformarse en fuentes de inspiración para el artista chileno reconocido también en Suecia, Estados Unidos, Brasil, España, Francia, Inglaterra y Suiza. La conmovedora imagen de un bote sobre la laguna del Tiergarten —el Central Park de Berlín— , viene a ser la prueba más fehaciente: “Ahí está mi señora con mi hijo”, explica, “y me encanta esa actitud narrativa que tiene la obra, porque ellos están en comunicación, no están hablando, pero algo pasa”.

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Esta y otras obras forman la exposición Tengo más almas que una, soy más yos que yo mismo en la galería Patricia Ready, una colección de cincuenta trabajos del artista elaborados entre Alemania, su hogar desde el 2015, Chile, su país natal, y Bolivia, patria de su abuelo, Manuel Hernán Cusicanqui, y su conexión con el linaje inca.

“Testigos dan cuenta de que los Cusicanqui son los caciques y principales del pueblo de Calacoto”, reza el teaser de El príncipe inca sobre el barrio del Macro Distrito Sur de la ciudad de La Paz, un documental dirigido por Ana María Hurtado y que, precisamente, sumergió a Felipe en un viaje tras la huella de aquella antigua leyenda familiar que posicionaba a su familia como parte de la realeza.

“La película originalmente se llamaba La encomienda del abuelo, y esa era la idea: ir a ver dónde había vivido él, qué relación tenía con todo lo que hablaba de su apellido, que éramos príncipes… y descubrir la verdad”, explica el artista sobre el filme que fue estrenado en septiembre en todo el país.

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“Realmente fue una road movie… pero estábamos convencidos de que iba a pasar algo”, explica sobre la travesía que duró un mes y tuvo como eje central un mito que acabó chocando con la realidad. “Me conecté mucho con la historia de mi abuelo”, dice, “que era un don nadie en Chile, porque se vino acá a los 14 años después de haber sido de la elite de Bolivia, y cómo lo deben haber discriminado por ser boliviano y moreno…”.

Fue a partir de esta conexión que su rol como artista cobró más sentido: vasijas y platos rotos; pedazos de metal, ramas secas, barro y madera, un sinfín de materiales recogidos en medio de recorridos por Santa Cruz y su paso por la fiesta de los Cusicanqui en Calacoto. “La película es muy manual, muestra mi proceso al hacer una obra… Voy creando y recolectando en el camino, y termina cuando traigo todo esto al taller y comienzo a trabajar”.

Fruto de este proceso nacieron varias obras que serán parte de la exposición que se extenderá hasta el 22 de enero: Abuela y el niño, una imagen grabada sobre pedazos de madera, entre colores rojos, verdes, amarillos y azules, forma parte de sus infinitas interpretaciones y experiencias de un rodaje que duró cuatro años.

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“Siempre he estado conectado con la cultura indígena desde mi óptica, pero no me siento parte de ese pueblo. Me siento más parte de este romanticismo que me dio mi abuelo y el que la cultura crea a través de este ser que está conectado con la naturaleza”, subraya. “Creo que es parte de mi identidad, pero es algo natural, no es a propósito. No uso el slogan ‘liberemos al pueblo mapuche’, ni ‘la raza es lo importante’ y mi punto de vista político no es el indigenismo. Sí hago obras que tienen que ver con la artesanía, la precariedad y con una fuerza indígena, pero finalmente nunca viví en un palacio inca, por lo tanto toda esta sensación identitaria que tengo es fantasía”.

Cusicanqui ya regresó a Alemania, “su patria adoptiva”, donde tiene diversos proyectos a presentarse en 2017, dos de ellos en galerías de Bonn y Berlín, todas siguiendo el modus operandi de no quedarse estancado en ningún material, paisaje o incluso en un solo “yo”. “No soy el príncipe inca”, dice, “soy un artista que trabaja”, mucho más allá de la simple paradoja de un hombre blanco que busca su identidad indígena.