En el aire, dos cosas: el olor de la marihuana y la canción de Scott Mackenzie que, en sus primeros versos, decía if you’re going to San Francisco, be sure to wear flowers in your hair. Pero si querías ir en esos días del verano de 1967 al principal puerto de la costa oeste norteamericana debías, además de llevar flores en el pelo, leer a los Beatniks y a Thimoty Leary —el gran defensor del LSD—, levantar pancartas contra la guerra de Vietnam y el capitalismo, creer en el sexo libre y amar a Janis Joplin por encima de todas las cosas.

De la noche a la mañana, el barrio de Haight-Ashbury, en San Francisco, Estados Unidos, se convirtió en el ombligo del planeta. El mismo barrio que hoy es parada obligada de los turistas que se deleitan con las antiguas casas victorianas vivió una invasión de jóvenes norteamericanos —cerca de 75 mil— que querían cambiar el mundo. Caminaban descalzos por las calles de la ciudad, pintaban las paredes y el suelo con flores, y predicaban a favor de la contracultura como el ideario de un nuevo planeta.

El término contracultura sería acuñado un año más tarde por Theodore Roszak, en su libro El nacimiento de una contracultura. Pero ya entonces encarnaba una serie de valores e ideas que se contraponían al establishment norteamericano. Esas ideas eran las mismas que habían llevado a los hippies de Nueva York a invadir el edificio de la Bolsa para convertir los billetes de dólar en papel picado que tiraban al aire, o las que empujaron a los hippies de San Francisco a correr desnudos por el Golden Gate Park.

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Los hippies, que fueron el ícono de ese verano en San Francisco, encarnaban el corazón del movimiento que apostaba por las drogas, la poesía y el teatro como una nueva forma de aproximarse a la realidad. El mismo Roszak los retrataría en su libro en función de lo que le tocó ver en Hight-Ashbury: “Estos jóvenes tribalizados se reúnen vistiendo sus alegres prendas en lo alto de una colina en un parque público para saludar el sol de la canícula de verano en sus salidas y puestas. Entonces bailan, cantan y hacen el amor tal como le sale a cada uno, sin orden ni concierto”.

Las críticas a la tecnocracia, al cientificismo, a los esquemas de relación familiar y sexual tradicionales, fueron adoptados por las capas más jóvenes de la clase media norteamericana. La guerra fue uno de los grandes catalizadores de ese inconformismo, que ya venía incubándose a partir de la represión a las protestas que reclamaban la igualdad de derechos de la población negra. Que los jóvenes estadounidenses se desplazaran cientos y cientos de kilómetros para entrar en un conflicto que les era ajeno era lo suficientemente dramático. Que miles de ellos comenzaran a morir como moscas después del desembarco de los primeros batallones en Vietnam, en agosto de 1965, superaba los límites de lo soportable.

Muhammad Alí, el mejor boxeador de todos los tiempos, ya le había dicho no a la guerra. Martin Luther King, en el texto Porque me opongo a la guerra de Vietnam, difundido en abril de 1967, hacía un llamado a terminar con ella: “Veo esta guerra como una guerra injusta, malvada e inútil (…). He elegido predicar sobre ella porque estoy de acuerdo con Dante, que los lugares más calientes del infierno están reservados para aquellos que en un periodo de crisis moral mantienen su neutralidad. Llega un momento en que el silencio se convierte en traición”.

Pero esa insatisfacción ya había comenzado un poco antes, en los ’50, a través de los iluminados artistas de la generación Beat: novelistas como Jack Kerouac (En el camino) o William Burroughs (El almuerzo desnudo); una larga lista de poetas que encabezaba Allen Ginsberg, Lawrence Ferlinghetti (un ícono de San Francisco, al igual que su librería City Lights) y Gregory Corso y otros que coqueteaban con ellos como el propio Charles Bukowski o el mismo Bob Dylan. A los Beats los unía la experimentación con drogas, la libertad sexual, una cercanía a la filosofía venida de Oriente y el rechazo al puritanismo y los valores clásicos norteamericanos.

El inicio del poema Howl (Alarido), de Ginsberg, es una muestra del estado de ánimo de los Beat, que luego se transmitió al movimiento hippie y a la contracultura: He visto las mejores mentes de mi generación destruidas por la locura, histéricos famélicos muertos de hambre arrastrándose por las calles, negros al amanecer buscando una dosis furiosa, cabezas de ángel abrasadas por la antigua conexión celestial al dínamo estrellado de la maquinaria de la noche, quienes pobres y andrajosos y con ojos cavernosos y altos se levantaron fumando en la oscuridad sobrenatural de los departamentos con agua fría flotando a través de las alturas de las ciudades contemplando el jazz…

Inspirada en los Beats, la música también jugó un rol clave en El verano del amor, no sólo por lo que significó el Festival de Monterrey que en junio de 1967 y bajo el lema de Música, flores y amor reunió a 200 mil personas, sino también porque en esos años la música tuvo un giro hacia la sicodelia, al punto que nuevas bandas como Jefferson Airplane, Country Joe and The Fish y Quicksilver Messenger Service instauraron un género inédito: el Acid rock, cuyo nombre estaba ligado al consumo de LSD (Dietilamida de Acido Lisérgico).

Varios de esos grupos eran originarios de San Francisco y, además de vivir en comunidad, en alguna de las viejas casonas de Haight-Ashbury, su relación con las sustancias alucinógenas, y en especial con el LSD, era casi cotidiana, el consumo de LSD recién se penalizó en 1966. Mientras los Grateful Dead subían drogados al escenario y sus recitales podían extenderse por seis o siete horas, la banda de Jim Morrison alucinaba con el libro de Aldous Huxley, Las puertas de la percepción, donde él describía sus experiencias con mezcalina, y rebautizaban su agrupación como The Doors.

Ese libro de Huxley fue objeto de culto no sólo para la banda de Jim Morrison. Todos quienes buscaban nuevas formas de relacionarse con la experiencia cotidiana lo abrazaron. En uno de sus párrafos puede leerse: “Ser arrancados de raíz de la percepción ordinaria y ver durante unas horas sin tiempo el mundo exterior e interior, no como aparece a ojos de un animal obsesionado por la supervivencia o a ojos de un ser humano obsesionado por palabras y nociones, sino como es percibido, directa e incondicionalmente por la inteligencia libre es una experiencia de inestimable valor para cualquiera y especialmente para el intelectual”.

Por una vía paralela corrían las investigaciones de Timothy Leary el ‘profeta del LSD’ y uno de los defensores de su uso como una forma de explorar nuevos estados de conciencia, a las que se sumó, en San Francisco, el trabajo de campo de Ken Kesey. Kesey había sido voluntario en la experimentación de drogas sicotrópicas y sus experiencias con el LSD le cambiaron la vida. De ahí que en los ’60 formara el grupo The Merry Prankers que experimentaban con LSD. En un bus pintado con la estética que luego heredarían los hippies recorrían Estados Unidos.

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A ese mundo llegó en la primera mitad de los años sesenta, una chica de clase media que había dejado la Universidad de Texas para convertirse en cantante. Cantaba folk y no parecía tener encanto alguno. En la universidad se había ganado el título de ‘el hombre más feo del campus’, bajo el argumento de que el de ‘la mujer más fea del campus’ no le hacía justicia. Se hizo adicta a las anfetaminas y debió volver a Texas para rehabilitarse. Cuando regresó, ya era otra. La mezcla perfecta de Bessie Smith y Memphis Minnie. Durante El verano del amor, Janis Joplin se convirtió en la reina del Rhythm and Blues. Cuando ella cantaba eso de come on and cry, cry baby, cry baby, cry baby… Oh honey, welcome back home!, sus  ’súbditos’ deliraban.

Pasaría un tiempo antes de que los seguidores del Pop Flower dejaran Haight-Ashbury para irse a zonas rurales. Es más, los valores del movimiento habían contagiado a la clase media: hedonismo, pacifismo y solidaridad. E incluso su estética, que incluía el cabello largo, la ropa colorida, la sicodelia, las barbas, los motivos florales, ya eran una moda mundial.

Todo había comenzado el 14 de enero de 1967 en el Golden Gate Park, donde se realizó un encuentro conocido como el Human Be-In. Hasta ahí llegaron los poetas Allen Ginsberg, Lawrence Ferlinghetti y Gary Snyder, bandas como Greatful Dead y Jefferson Airplane, y el profeta del LSD, Timothy Leary, en su primera visita a San Francisco. La gente bailó en el Golden Gate a torso descubierto, fumaron marihuana, realizaron ollas comunes en los prados y hasta hicieron el amor. Aquello fue la proclama del paraíso hippie, el mismo que, llegado el estío del hemisferio norte, convocó a más de 200 mil jóvenes de otros estados y países, y obligó al ejército norteamericano a custodiar las calles ante las protestas contra la Guerra de Vietnam.

El festival de Monterrey —celebrado en junio de 1967— fue el clímax del Summer of Love. No sólo porque fue el primer concierto masivo de la historia de la música. También porque marcó la consagración de dos íconos: Jimmy Hendrix y la gloriosa Janis Joplin. Los dos volverían a triunfar dos años más tarde en Woodstock. Los dos, también morirían en 1970, con tan solo 27 años.

Si bien el verano del amor acabó con la llegada del otoño de 1967, parece evidente que duró mucho más. Como dijo al diario El País el tecladista de The Doors, Ray Manzarek, a cuatro décadas de aquel estío: “Creíamos que íbamos a cambiar el mundo. Por supuesto que no sucedió, pero 40 años después aquí estamos dando guerra”.

Una guerra que sigue vive en las canciones que inmortalizaron las bandas que adscribieron a su ‘ideología’, en los retratos que hicieron de aquellos días Ruth-Marion Baruch y Robert Altman, en los manifiestos y poemas que se leyeron, en las comunas que aún sobreviven en diferentes lugares del planeta, en esa nueva forma de asumir la existencia humana que a veces nos parece tan rara y otras tan cuerda.