Tiene permiso para todo. Malucha Pinto no carga culpas, hace lo que quiere y  dice lo que piensa. Así se siente a sus 61 años, libre y joven nuevamente. Dice que recorre plena su camino, el que tras 15 años la lleva de vuelta a los pasillos de Canal 13 para ser una de las protagonistas de Preciosas.

Pero su trayectoria se remonta mucho más atrás. Lleva sobre 30 años actuando en teleseries y no es sólo un referente en este ambiente, sino que también en el teatro, el que define como su fuerte. “Estudié esa carrera para cambiar el mundo”, dice. Con esta convicción se ha comprometido con las causas sociales de un país que ella misma afirma pasa por una situación compleja. “Desde el mundo nos ven como un lugar profundamente injusto e individualista, y no es por ser de izquierda o derecha, simplemente lo somos”. 

—¿Cómo ha sido el acercamiento con lo que viven las mujeres presas al grabar esta nueva teleserie? 

—El universo de las mujeres encerradas golpea. Hemos hecho un par de visitas a reclusas y gendarmes y su realidad es de fuertes historias familiares, de separación con sus hijos, de abandono y de mucho anhelo e ilusiones respecto a qué va a pasar cuando salgan. También hay hacinamiento, viven unas arriba de las otras. Y si bien estamos grabando en el recinto carcelario de Buin, que hoy en día no tiene presos, el lugar conserva la energía fuerte y el clima emocional de un espacio de harto dolor. 

—¿Y qué es lo que más la impactó? 

—Que la gente que cae detenida pero tiene recursos finalmente zafa. Eso es doblemente doloroso. El tema del delito es un espacio muy delicado en nuestro país, es un tremendo tema que tiene que ver con la profunda inequidad en la que vivimos. 

—¿Dónde más ve que existe esta inequidad?

—En el Sename, por ejemplo, y en los colegios también, donde la educación es pésima. Nuevamente, las excepciones se dan gracias a la plata. Y esto se refleja en una ciudadanía que no ha sido educada, y necesitamos eso para que la ciudadanía participe, ese tipo de democracia es la que debemos aplicar. La gente lentamente se ha empezado a organizar, a mover, a indignar, pero el egoísmo se ha asentado tan fuerte que las organizaciones sociales igual operan así: mi causa, no nuestra. Hay que mirar al otro, porque este es un país que tiene que volver a pensarse, independiente del gobierno que esté o que venga… en estos momentos estamos como el forro.

—Suena muy decepcionada… 

—Sí, estoy mal. A veces me desespero, pero igual veo señales. Creo que estamos viviendo la caída del imperio, que es fuerte porque sale todo a la luz. Es algo muy ingrato, pero también está asomando otro mundo y pasan cosas bonitas. La inclusión, por ejemplo, o la aceptación de los matrimonios homosexuales. Esas cosas hablan de un mundo amoroso y empático.

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Estas palabras de esperanza son dichas por Malucha con un tono muy dulce y tranquilo que delata lo que es ella: una mujer maternal. Admite que sus compañeras también la ven así, como una protectora. Ella, a su vez, siente por su nuevo equipo algo especial. “Somos muy unidos y colaboradores, eso me ha reconciliado con la televisión”. 

—¿Por qué habla de reconciliación? ¿Qué cosa no le gusta de la televisión? 

—Que muchas veces es un ambiente más duro, competitivo y frío.

—¿Y hay estereotipos en ella? 

—Los medios de comunicación son bien retrógrados. El cambio, el nuevo empoderamiento de la mujer, se ve poco en la televisión. Si bien creo que hay mujeres inteligentes y opinantes que están tomando espacios de poder, sigue estando el estereotipo de la mina regia estupenda y muy en el fondo disponible a la mirada del otro, de ese otro masculino… y de un tipo de masculino también.

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En su casa su papel no cambia. Es abuela de cuatro nietos por los que tiene “el amor más incondicional y evolucionado”, pero su rol de mamá es eterno. Su segundo hijo, Tomás, es casi más famoso que ella y sus compañeros de Canal 13 paran cuando la ven para mandarle saludos al Tomi, que acaba de cumplir 28 años.

El sabe que todo el mundo lo conoce, tiene consciencia de eso y le encanta. Se viste regio, se mira al espejo, y ni le vayan a cortar el pelo mal, le carga”. Gozan de su vida juntos y se entienden con la mirada, los silencios y el tacto. Los años los fortalecieron pero el camino que recorrieron junto a su ex esposo, el cineasta Joaquín Eyzaguirre y su hijo Cristóbal (43) fue de todo menos fácil. Tener un hijo con parálisis cerebral significó para Malucha un temor constante hacia la muerte. “Que estuviera en riesgo los primeros años fue horroroso. Era una tortura, porque en un principio temía que se fuera y luego pasé a tener terror de que se quedara solo. Llegué a pensar: por favor que se muera antes que yo”.

—¿Cómo cambió su vida Tomás? 

—Mi vida es mucho mejor hoy, sin lugar a dudas. Descubrí el mundo de la piel, de los silencios, de la mirada, de la comunicación no verbal, del roce y del éxtasis. El me trajo todo eso que yo desconocía por completo.

—¿Y qué fue lo más difícil de criarlo? 

—El tema de la muerte y todo el enfrentamiento con el mundo de la medicina. Me sentía perdida y sola, pero el miedo se fue transformando. Tuve que encontrarme con la Malucha a la que se le caía la cabeza, con mi propia Tomasita que soy, mi propia niña discapacitada, para dejar de tenerle miedo a ser vulnerable.

—¿Tomás es feliz? 

—Sí, y no puedes no darte cuenta porque se ríe, grita y se mueve. Le encanta la música, desde Silvio Rodríguez, Mercedes Sosa y Víctor Jara hasta el reggaetón, que a mí me carga. Le gusta ver películas y que le hagan cariño. En definitiva, es un gozo.  

—¿Y usted? 

—¡Muy! Es que los 60 son alucinantes. Uno vuelve a ser joven justamente porque ya hiciste muchas tareas. Has dicho lo que has tenido que decir. Y te sientes con permiso para todo. Te has reconciliado con tus padres y con tu infancia. Has perdonado y te has perdonado de muchas cosas. Estoy viviendo un momento de mucha libertad y sin culpas. Mi sensación es que hoy estoy haciendo lo que vine a hacer a este mundo.