Al salir de Niza el termómetro llega a los veintiocho grados. Quedan treinta kilómetros por delante. Está por comenzar el verano en la Costa Azul francesa y es el momento ideal para adentrarse en la bella y frondosa región de la Provenza, donde se han guardado por siglos los aromas más exquisitos del mundo. Minutos antes de llegar a destino, el auto se impregna de fragancias florales. El aire aquí es diferente, algo lógico si se tiene en cuenta que gracias al microclima de esta zona son más de dos mil las especies vegetales que florecen cada día. 

Las callejuelas medievales de Grasse están atestadas de buses turísticos. Visitantes alemanes, suecos e ingleses son mayoría, y muchos de ellos han llegado atraídos por la historia que Patrick Suskind logró convertir en best-seller: El Perfume: historia de un asesino. En ella, se relata el complejo camino que debió seguir el joven Jean-Baptiste Grenouille para desarrollar su talento olfativo, y cómo a lo largo de los años se convirtió en uno de los mayores creadores de fragancias de los que se tenga antecedente. Al igual que este personaje, la misión aquí es dejarse sorprender por los olores de la ciudad e ir en busca de los aromas más inesperados.

Wp-450-Grasse

En la villa de poco más de cincuenta mil habitantes, un gran edificio anaranjado y desgastado por los crudos inviernos llama la atención. Se trata del Museo Internacional del Perfume, que en palabras de los propios franceses “es el más grande testimonio de la historia en el uso de los aromas”. Este es un lugar único donde la evolución de las fragancias mantiene a todos sus visitantes dulcemente atraídos en cada vitrina. Pequeñas vasijas, bocetos que ilustran las ideas más descabelladas para conseguir aceites esenciales de animales y flores, incluso instrumentos de peluquería, forman parte de una muestra que cautiva a cualquiera.

El edificio tiene tres pisos y el subterráneo pasa inadvertido para la mayoría de los viajeros. Pero es allí donde por años han permanecido los utensilios que los egipcios utilizaban para producir grasas perfumadas a frutas, leches de limpieza y jabones de madera quemada, incienso, algunos incluso tienen como base la mirra. Lo primero que sorprende es la inexistencia del alcohol, y tiempo después sería el vino el gran aliado en la perfección de estos procesos.

Wp-450-Grasse4

Una de las grandes sorpresas que albergan estas salas tiene que ver con una botella con la que uno quisiera fotografiarse para dejar legado. Se trata, ni más ni menos, que del último frasco de Chanel Nº 5 que usó Marilyn Monroe antes de morir. Pero ¿por qué está aquí?, cuenta la leyenda que en 1920 Gabrielle Chanel conoció al reputado perfumista Ernest Beaux en Grasse. Días más tarde sería la propia Cocó quien le pediría crear un perfume “con aroma a mujer”. Después de pasar meses en su despacho Beaux llegó a elaborar el gran Chanel Nº 5 con el que catapultó su nombre a lo más alto de la industria.

Con menos gloria, pero no menos encanto, la frívola María Antonieta muestra también lo suyo. Exposiciones permanentes exhiben parte de sus objetos personales, como pequeños y femeninos perfumeros y un lujoso maletín que seguro por aquellas épocas le sirvió de cosmetiquero. La reina de gustos caros y estela de primavera, era adicta a mantener su cuerpo impregnado de aceites florales, incluso sus finos guantes blancos olían a diferentes fragancias cada día y al que no le parecía… todos saben qué le ocurría.

Es fácil cerrar los ojos y transportarse a los jardines de Versalles. Aquí nace una necesidad increíble de apreciar rosas, jazmines, vainilla y otras inusuales especies, razón por la cual cada visitante tiene la opción de subir a un invernadero atestado de botones, pétalos y colores ¡una real maravilla! Y todo puede viajar envasado a casa gracias a la tienda del museo, donde abundan los souvenirs perfumados con los que uno siempre queda bien: jabones de todos los tamaños y olores imaginables, llaveros con flores y pequeños perfumeros, ideales para decorar baños y tocadores al más puro estilo de Pinterest.

Wp-450-Grasse3

Luego de tanto ensueño y fantasía, la histórica fábrica Fragonard hace que los ojos de los viajeros que deambulan con mapa en mano brillen y de detengan. Esta casa perfumera fundada en honor al reconocido pintor Jean- Honoré Fragonard, quien también fuera el hijo más ilustre de Grasse, se alzó como parada obligada de todo aquel que quisiera oler bien. Aquí todo se vende a precio de fábrica, nadie se resiste, en los mesones las jóvenes empleadas enfundadas en coloridas blusas floreadas, atienden a hombres y mujeres que pagan por cinco o diez botellas de perfume. Cada día llegan cerca de seiscientos clientes en busca de un aroma único, la mayoría decide optar por tours gratuitos con traductor. Nadie habla español (tampoco los traductores), pero finalmente lo importante es hacerse entender para comprar botellones de agua de rosas, nardo o fragancias de flor de azahar. Hay estanterías repletas hasta el techo con perfumes para todos los gustos, y uno de los más buscados es el que está elaborado sobre la base de violetas.

Wp-450-Grasse5

El día avanza y es necesario alejarse unas cuantas calles para dar con el último destino de la jornada. En una colina se asoma la gran casa Molinard. De todo lo visto, es la construcción más elegante e imponente: sus grandes lámparas y vitrinas figuran como testigos de una historia que comenzó cuando un joven químico de apellido Molinard decidió entrar de lleno al mundo de los aromas, abriendo su propio laboratorio y tienda. Quienes pasaban la temporada estival en Niza o sus alrededores comenzaron a demandar fragancias exclusivas, razón por la cual este visionario tomó la opción de producir perfumes en serie. Luego de la primera Guerra Mundial sus hábiles hijos verían la oportunidad de industrializar el negocio. A la fecha, esta perfumería suma más de sesenta aromas propios, sin contar las aguas de rosas, estas últimas son adquisición obligada, aunque sea a crédito.