Es probable que en esta Navidad cuando algunos de los niños del colegio para sordos de Valparaíso miren el cielo, en vez de recordar esas historias de Santa Claus y los renos, les venga a la mente la imagen de Dominique Proust, el francés que hablaba en señas y que un día les contó sobre los secretos de la astronomía. Es probable que, sumidos en la contemplación de ese cielo, recuerden lo que él les dijo, cosas tan impresionantes como que solo conocemos un cuatro por ciento del universo, que el resto no es otra cosa que materia y energía oscura.

Proust, astrónomo del Centro Nacional de Investigación Científica de Francia y del Observatorio Astronómico de Meudon-París, ha hecho fama por acercar la astronomía a personas que no han podido acceder a ella. Cofundador del programa “Astronomía para todos”, ha iniciado en el misterio del cielo y los astros a discapacitados, privados de libertad y enfermos en todo el mundo.

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Hace poco vino a Chile —invitado por el Departamento de Física y Astronomía de la Universidad de Valparaíso— y dictó una charla en el Colegio de Sordos del puerto. ¿Por qué ahí? Porque Proust maneja a la perfección el lenguaje de señas, en virtud de que su padre y su abuelo tuvieron esa condición. De hecho, en esa discapacidad también se explica la otra pasión de Proust: la música.

“Una de las razones por las que hago música y en particular toco el órgano tiene que ver con esta predisposición genética de mi familia a perder la audición. El sonido del órgano es uno de los más potentes, lo que me permitiría seguir haciendo música en caso de que la sordera comience a declarárseme. Además, tocar un instrumento posibilita que ejercite el oído, casi a la manera de un músculo, para retardar lo más posible la probable pérdida de la audición”, dice, sentado a una de las mesas del café Brighton, a casi dos horas de dar un concierto en la capilla de la iglesia anglicana Saint Paul, en Valparaíso.

—Es una combinación aparentemente extraña la de astrónomo y músico, ¿no lo cree?
—En absoluto, hay muchos astrónomos que han tenido esa doble militancia. Quizás uno de los más significativos haya sido William Herschel. El se dedicó a investigar el Big Bang y descubrió Urano a partir de una correlación que existe entre la distancia que media entre las notas musicales y los planetas que orbitan el sistema solar. Fue uno de los científicos que acercó la ciencia a la música. De hecho, más de una vez se juntó un fin de semana con Joseph Haydn para tocar, hablar de música y hacer observaciones por el telescopio.

Herschel ha sido un faro dentro de la carrera de músico del propio Proust, quien, por azar, descubrió una pieza para órgano del autor alemán —compositor de 80 sinfonías y 30 conciertos, entre otras creaciones—. Aquello fue el inicio de un trabajo de transcripción de muchas de las piezas que hicieron célebre a Herschel y que han decantado la pasión de Proust por la música, luego de haber estudiado con los más famosos organistas de París: Pierre Moureau, de la catedral de Notredame, y Daniel Roth, de la iglesia de Saint Sulpice.
Sin embargo, eso no ha mermado su carrera como astrónomo. Un astrónomo muy particular, que lejos de estar encerrado en un observatorio, ha salido al mundo a regalarle el cielo a la gente.

—¿Qué tan importante es para usted la divulgación científica?
—Es fundamental. ¿De qué sirve estar haciendo observaciones encerrado entre cuatro paredes si ese conocimiento no llega a la gente? Te parecerá exagerado, pero hoy el 50 por ciento de los franceses no sabe que la Tierra es esférica y gira alrededor del Sol. Para mí es súper importante que las nuevas generaciones sepan qué es lo que está pasando. Me interesa como científico, como padre y como abuelo.

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—Y en esa vena usted se ha ocupado mucho de los niños con alguna discapacidad, ¿por qué?
—Como conozco el lenguaje de señas, he tenido la posibilidad de hacer muchas charlas a niños sordos. Y en ocasiones tú te encuentras con que hay determinadas palabras que no existen en ese lenguaje. ¿Cómo se dice quásar o el nombre de alguna nueva estrella? Entonces, debes inventarlo. Me importa que la astronomía llegue a los niños sordos o a los que sufren cualquier otra discapacidad, porque no es justo que ellos no puedan acceder a ciertas parcelas del conocimiento. Incluso, hemos desarrollado instrumentos para permitir que niños y adultos que están impedidos de moverse puedan hacer observaciones del espacio. Personas que están encerradas o postradas han podido ver el universo con ese instrumental que es portátil. Hay uno en particular que se ajusta ocularmente a la persona y lo hacemos girar alrededor suyo.

—¿Su padre es sordomudo de nacimiento?
—No, se trata de un problema genético. El, al igual que mi abuelo, fue perdiendo la audición a lo largo de su vida. El caso de mi padre se precipitó porque para la guerra estuvo detenido en una prisión por cinco años. El ruido de las bombas aceleró su proceso. Nosotros nos comunicábamos a partir del lenguaje gestual y con una pizarra, porque en ese tiempo el lenguaje de señas estaba prohibido, ya que la Iglesia consideraba que era un lenguaje diabólico. Recién en los ’80, aunque parezca increíble, se permitió usarlo sin problemas.

—¿Usted cree que hay vida inteligente fuera de nuestro planeta?
—Es evidente. Los astrónomos están convencidos de eso. Más allá de la creencia se ha descubierto que en otros lugares del universo existen los ladrillos básicos de la vida. Hay planetas fuera del sistema solar donde hay agua en forma líquida, lo que es fundamental para la vida.

—¿Descubrir que existe vida inteligente sería su máximo anhelo como científico?
—Mi campo de experiencia es la estructura del universo, por lo tanto, más allá de saber si hay vida inteligente me gustaría entender de qué está hecho. En especial, poder saber qué es la materia oscura. Lo que nosotros podemos ver de él es sólo un 4 por ciento. El comportamiento de las galaxias está determinado por esa materia que no podemos detectar y que ocuparía cerca del 25 por ciento del total del universo. El porcentaje restante nadie sabe lo que es. Desentrañar su naturaleza sería para mí mi máxima aspiración como científico.

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—Hay un poema de Lupercio Leonardo de Argensola, quien también fuera científico, que decía: “Porque ese cielo azul que todos vemos, no es ni cielo ni es azul, lástima grande que no sea verdad tanta belleza”. ¿Usted le da un sentido especial a esos versos, pensando que mucho de lo que vemos no es más que un reflejo de algo que ya no existe?
—Mi segunda hija es arqueóloga. Y ella está abocada, en función de lo que encuentra bajo tierra, a reconstruir nuestro pasado como seres humanos. En astronomía, prácticamente hacemos lo mismo. De alguna manera, la información que tenemos no está permitiendo saber quiénes somos y, tal vez, hacia dónde vamos. La idea de que algunas imágenes que vemos ya no existen, es de un interés marginal respecto de lo que estamos obteniendo para dilucidar nuestra identidad, para reconstruir nuestro pasado.