Por eso, el momento en que su director Gabriel Osorio levantó la estatuilla para dedicársela a su abuelo Leopoldo, ex secretario personal del Presidente Salvador Allende y torturado durante dos años antes de ser obligado a abandonar el país; quedará en la retina de los chilenos como el año en que ganamos el primer Oscar, el año del oso. Un animal que no está en el Horóscopo Chino pero que vino a recordarnos, con la ayuda de la Academia, que como país aún tenemos mucho que honrar y sanar en nuestra historia reciente. Durante los siete años que invirtieron en el corto, los creadores también se preocuparon de fomentar la unidad de la industria local. Socios fundadores de la Asociación Gremial de Animación de Chile (Animachi), están convencidos de que aquí se pueden hacer proyectos de calidad que compitan de igual a igual con los grandes estudios. Para el productor ejecutivo Patricio Escalante, la clave está en aprovechar la vitrina que tienen hoy a nivel mundial. “Hicimos muchos contactos y ahora volvimos a trabajar. Tenemos la idea de un largometraje, pero antes estamos tratando de dimensionar todo lo que nos ha pasado”, adelanta.

Considerado como un género menor por algunos, el mundo de los cortos está lleno de joyas por descubrir. En el último Festival Latinoamericano de Cine de Caldera, algunos asistentes, como el actor Luis Alarcón, volvieron a sentir lo mismo que la primera vez que vieron Historia de un Oso en el Festival de Lebu. Esa mezcla de sorpresa y fascinación llegó de la mano de El hombre eléctrico de Alvaro Muñoz. Una verdadera postal poética en el desierto más árido del mundo en apenas diez minutos.