Todo se lo debe a su doble vida, a ello tiene que agradecerle el escritor Cristián Warnken. Y es que en las tardes deja escondido su nombre y se convierte en “El Capitán”. Los azares del destino quisieron que este fuese el factor determinante que estrechara sus lazos con la familia Parra, y de forma más categórica a Violeta.

Apurado y con mochila en mano llega Warnken a la reunión en la plaza Aníbal Pinto, en el puerto. Siempre informal, los primeros botones de su camisa rara vez están abotonados y las zapatillas son sus inseparables aliadas. Desde hace cinco años que trabaja en Valparaíso, pero su “familia nómade”, como él la llama, ya se quedó en Santiago, mientras él sigue corriendo de una ciudad a otra.

Con una caminata calmada se acerca a un café y deja sobre la mesa el libro Poesía de Violeta Parra de la U. de Valparaíso, lanzado en mayo y que incluye epílogos de Pablo de Rokha, José María Arguedas, Gonzalo Rojas, Pablo Neruda y Nicanor Parra. Desde sus hojas se dejan ver páginas marcadas que contienen las cartas que la cantautora le escribió a su hermano Nicanor y otras con sus famosos versos como Gracias a la vida, poema que Cristián comienza a recitar unas líneas a todo pulmón. “La poesía te da energía, revitaliza”, explica.

Para entender la historia de este libro hay que retroceder en el tiempo. Aparte de su ya extinto espacio televisivo La belleza de pensar, Warnken es conocido debido a su faceta de educador. Hace 16 años decidió formar el taller literario Viaje a la palabra. “Yo los llamo así, justamente para separarlos de una clase formal porque tiene algo de clase, de rito y de encuentro. Mi idea es sacar a la literatura del secuestro que la tiene a veces la academia. Espero que el alumno se encuentre con las grandes fuentes, que se maraville, no que tengan susto de leer La Divina Comedia. El eje es la poesía porque es mi pasión, y tengo la convicción de que la poesía es el gran patrimonio del país, es el alma y corazón de la nación”.

6D4A6365

En estas clases, donde se vive y respira poesía, ocurre una suerte de rito de iniciación inusual, tanto a estudiantes como al mismo profesor. “Hacemos algo muy entretenido, pero que a la vez tiene un sentido. Realizamos un funeral de nuestras antiguas identidades y adoptamos unas nuevas para el resto del semestre. Yo paso a ser El Capitán”.

Es así como la identidad de sus alumnos pasa al anonimato, por lo que nunca sospechó de una estudiante que se le acercó al finalizar su taller. Se presentó: Soy Isabel, hija de Violeta Parra. “Ahora ella es una amiga, una amiga del alma”.

A tal punto llegó esa amistad que decidieron unir esfuerzos y crear un libro con toda la obra de Violeta. Todos sus versos, composiciones y las décimas autobiográficas fueron las que reunieron con la ayuda de la académica Paula Miranda. “A Violeta vale la pena verla por su valor poético, no solo como canciones que sí tienen valor, pero que a veces se toman con cierta liviandad”.

—Sobre el centenario de Violeta Parra, ¿está satisfecho con lo que se ha realizado?

—Más que homenajes y conciertos, que por supuesto hay que hacer (que ojalá no deriven en “eventos”, porque todo en Chile termina siendo un “evento”), Chile está en deuda con la ética de Violeta Parra. Nada más lejano de su espíritu, de su visión del arte y el ser humano que nuestro Chile consumido por el consumismo, la falta de sencillez, la desmesura. Todo en Violeta tiene raíces en la sabiduría popular de la que nos hemos alejado demasiado. Ella es para mí la expresión máxima de la autenticidad y uno de los males más graves de Chile es su inautenticidad, el querer ser lo que no somos, el desviarnos de nuestro centro, de nuestro ser más profundo. Si escucháramos sus canciones-poemas de verdad, y no como música de fondo o de relleno, este sería un país mejor. Cada uno de sus poemas-canciones son manifiestos, son un pensar que dice más que mil libros de filosofía, son una fuente pura, un manantial donde ojalá vayan a beber todos los que tienen sed de verdad, justicia, belleza.

Se levanta de la silla y recorremos las calles de su Valparaíso, hasta Cumming con Almirante Montt. Se detiene y mira en lo alto al signo patrio flamear. “Es hermosa esta bandera”, dice. Un momento clave en la amistad entre Isabel Parra y Warnken fue hace diez años, luego de la partida de su hijo Clemente, quien murió tras caer a una piscina a los 2 años y nueve meses. “Cuando mi hijo falleció, e íbamos en dirección al cementerio después de la misa, nos detuvimos en la puerta de nuestra casa y ella cantó El rin del Angelito de Violeta Parra. Fue un momento tremendo que nunca voy a olvidar”.

VIOLETA

Momento que se repitió hace poco en el lanzamiento del libro Un hombre extraviado, de editorial Pfeiffer, donde Warnken intentó expresar su duelo junto a las ilustraciones de su esposa Danitza Pavlovic. En sus páginas se pueden leer versos sueltos desgarradores como un simple “¿Estás ahí?” o “Si estás jugando a las escondidas, entonces, no hagas trampas”.

—¿Es uno de sus trabajos más ambiciosos?

—Este libro es sólo una parte de un viaje a través de la “zona muda” del dolor, como la nombra Enrique Lihn. Es un intento de iluminar una oscuridad, un hoyo negro de la materia oscura de la muerte que amenaza con tragarse todo, incluida la esperanza, la fe, la alegría. Al intentar escribir versos en la página en blanco del duelo, hay de alguna manera, creo, una lucha instintiva de poner sentido allí donde el sentido ha quedado devastado. Mucha gente que lo ha leído, y no ha vivido un duelo como éste, me ha dicho que el libro es muy fuerte, que no ha podido leerlo entero… Eso me llama la atención, porque para los que hemos cruzado este desierto de la pérdida de un hijo, ya el puro hecho de respirar, y qué decir de hablar, es un triunfo, hay una voz que lleva palabras allí donde las palabras no llegan, donde la pena y el miedo son como un gran muro donde rebotan todos los falsos consuelos.