Nunca separó la política de sus pinturas, lo social del arte. Y es que su vida estuvo marcada por dos exilios, primero a los 12 años cuando junto a su familia —gestionado por el entonces diplomático y posterior Premio Nobel Pablo Neruda—  fue uno de los dos mil refugiados que llegaron a Chile, escapando de la Guerra Civil Española a bordo del Winnipeg; luego en 1973 fue expulsado del país por su militancia comunista y el abierto apoyo al gobierno de Allende. Desde entonces los trazos, manchas y la inclusión de textos impresos, piedras, papeles y cuerdas que caracterizaban sus obras, daban cuenta de los momentos que le tocó vivir, pero no de manera explícita. Según los grandes críticos, su intención era dar cuenta de un estado de conciencia sobre el mundo que denunciaba, reorientando la reflexión del espectador y poniendo en tela de juicio la situación mental de la indiferencia colectiva.

Si bien a José Balmes lo sindican como uno de los padres del arte contemporáneo por ser uno de los primeros en difundir en Chile las vanguardias europeas, sin duda que su primer y gran legado fue su sensibilidad y compromiso social, su conexión con la realidad, dándole gran importancia al hombre y a su condición, que luego traspasaba a la tela, las cuales —como bien describió el académico Rodrigo Zúñiga—  “son enérgicas y apasionadas, como si una llaga viva las violentara por dentro”.

Por fortuna —a diferencia de otros artistas—, su trabajo, talento y entrega se le reconoció en vida con el Premio Nacional de Artes Plásticas (1999), aunque sin duda que el reconocimiento más preciado será la trascendencia de su obra. Ese Balmes eterno, pieza fundamental en la historia del arte en nuestro país.