En una entrevista realizada al francés Michel Houellebecq, se le pregunta cuál cree que será el efecto que provoque su nueva novela, Soumission , la que se desarrolla en una Francia donde los musulmanes han tomado el control político de la nación. La respuesta de un escritor famoso por controversial, es tan desencantada como sus personajes: “Ninguna. No tiene efecto alguno”. La entrevista apareció el 2 de enero en The Paris Review. Una semana después ocurriría el atentado a la revista satírica Charlie Hebdo, que más tarde se adjudicaría Al Qaeda. La triste coincidencia dejaría al escritor con resguardo policial. Al mismo tiempo, su libro se convirtió en un best seller automático: en cinco días vendió 120 mil copias, de acuerdo al sitio especializado Livres Hebdo. 

Puede que el mundo distópico de Houellebecq no llegue a ocurrir, sin embargo, hay algo más que coincidencias o casualidades en su caso. Ya otras novelas distópicas como 1984 de George Orwell o Un mundo feliz de Aldous Huxley proyectaron los miedos presentes en las sociedades donde esos libros fueron publicados. El escritor, el artista si se quiere, puede entonces adoptar la caricatura de mago, pero Houellebecq antes de demostrar poderes adivinatorios da cuenta del lugar que el arte ocupa en las sociedades: como canalizador de aspiraciones, de temores, de ideales.  

En un país como Francia, donde la bandera del laicismo predomina, Soumission, a partir de la exageración, presenta el miedo a que los ideales humanistas de la Ilustración sean sometidos por pactos políticos momentáneos. Houellebecq ha defendido su novela negando que sea islamófoba, y puede que sea cierto, porque la crítica del escritor es al hombre moderno, resultado de la república y la sociedad ilustrada, que se entrega al nuevo régimen como quien se vende al mejor postor. El desasosiego viene entonces no del sometimiento a un nuevo dios, sino de despedirse de una civilización “que ya es antigua”, como dijo el escritor. Así las cosas, es difícil plantear que la novela no tenga ningún efecto. Pero Houellebecq toma resguardos: para él son los ensayos los que transforman el mundo, no la literatura. “Es simple, si quieres cambiar el mundo, tienes que decirlo, así es el mundo y así es como debería ser. No te puedes perder en consideraciones novelísticas, eso es ineficaz”. Dicho esto, la frase final de la novela vale tanto para el escritor como para el personaje desencantado que termina entregándose al nuevo régimen del Islam: “no tengo nada de que arrepentirme”.