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Cultura, Espectáculos y TV

Emilio Sutherland en su propia trampa

Por: CARAS

Por Rodrigo Barría Fotos Camilo Melús

Tímido, malo para contar chistes y amante de Sherlock Holmes. Insólito, el hombre que desenmascara delincuentes en las pantallas de la TV tiene antepasado corsario y alguna vez fue perseguido por Carabineros. Convertido en ‘rostro’ gracias al éxito rotundo que obtuvo el primer ciclo de En su propia trampa —con nueva temporada casi asegurada—, el periodista habla de su creciente esfuerzo por pasar inadvertido y de la angustia por las amenazas que recibió su familia.

Emilio Sutherland Soto se pasea por los patios de Canal 13 con una estela de ‘estrellato no buscado’. Animadores, actores y funcionarios de la estación lo saludan medio embobados. La razón es simple: el programa En su propia trampa rompió el rating y se convirtió en uno de los fenómenos televisivos del año, con más de 27 puntos promedio durante la temporada de emisión.

Diana Bolocco, por ejemplo, está sentada repasando unos escritos cuando, al ver al periodista (con agotadora militancia en el departamento de prensa, Contacto y En su propia trampa), le entrega con efusividad sus parabienes.

TENDRÁ APELLIDO DE ACTOR DE HOLLYWOOD Y CON PASADO EMPINGOROTADO (Sutherland figura en el Gabinete Heráldico con escudo y títulos nobiliarios incluidos), pero no hace mucho se enteró que sus orígenes están en William Sutherland McLean, un pirata escocés que se salvó de un naufragio frente a las costas de Pichilemu y que, tiempo después, se dedicó a dejar amplia descendencia en la zona de Santa Cruz.

Así llegamos a los Sutherland Soto, una familia de cuatro hermanos de Quinta Normal donde Emilio era el mayor de la prole. El padre, también llamado Emilio (un tipo que hasta hoy dedica un par de horas diarias a jugar ping-pong), era un comerciante que tuvo una fuente de soda y luego un almacén de barrio. La madre, María Angélica, enfermera de profesión, murió el 2005, justo antes de que su hijo obtuviera el premio de periodismo Carmen Puelma. Fue un dolor profundo para él, quien se quebró en pleno discurso al ver partir a una mujer que resultó ser casi más amiga que madre.

“Eramos de clase media, tirada para abajo. Pero nunca nos faltó nada y tuve una infancia feliz”, recuerda. De todas maneras, en el barrio los Sutherland Soto, por ser dueños de la fuente de soda, eran considerados algo así como los cuicos del sector. El se ríe de estas anécdotas. En el patio del local había un televisor y ahí los fines de semana los niños llegaban a ver la serie Batman. Por supuesto, advierte, se cobraba entrada para acceder a ese improvisado “cine de barrio”.

Emilio era un niño introvertido, que se refugiaba en los libros, especialmente en textos de espionaje y detectives. Su héroe era Sherlock Holmes, el afamado personaje creado por Arthur Conan Doyle. Alguna vez lo echaron de la sala de clases por leer a escondidas al investigador en vez de prestar atención y, probablemente, este gusto fue el que lo encaminó por la ruta del periodismo policial.

QUITADO DE BULLA Y ALGO NERD, estudió en el Liceo de Aplicación. Siempre tuvo nota sobre seis. Deportista, se dedicó al fútbol como delantero y al ping-pong. No tenía apodos —salvo Milo, pero sólo limitado a parientes cercanos— y pasó buena parte de su época escolar deletreando o aclarando cómo se pronunciaba correctamente su apellido a los profesores.

Cuando egresó del colegio partió en una moto que le habían regalado sus padres rumbo al litoral central. Ahí, con su cámara de fotos instantáneas, comenzó a inmortalizar turistas a modo de incipiente negocio con tal de solventar sus vacaciones. Era la época en que el hoy denunciante reportero era perseguido por carabineros y funcionarios municipales por su ingeniosa actividad de comercio ilegal.

En la entonces PAA logró 754 puntos y entró a periodismo en la U. de Chile. Fue el más alto puntaje del país que ingresó a la carrera y hasta apareció en la prensa entre los top de la prueba. “Pero en realidad yo quería ser escritor. Tenía cuadernos con poemas y otras cosas”, recuerda.

Ya en segundo año de universidad trabajaba en espectáculos de La Tercera. Cubría programas como Vamos a ver, Sabor latino… Cansado y somnoliento, la corpulencia de su compañero Aldo Schiappacasse se encargaba de cubrir el dormiteo de Sutherland en clases… “Fueron años complicados, pero la verdad es que no tenía tiempo, nunca me involucré (en política). Después sí que las vi negras cuando cubrí por el diario la Vicaría de la Solidaridad. Recuerdo que, por ejemplo, en Lo Hermida los milicos disparaban a dos metros sobre nuestras cabezas mientras peleaban con pobladores. Vi algún muerto en enfrentamientos. Eran tiempos complejos…”. Luego estuvo un par de años en Mega y más tarde pasó a Canal 13; desde el 2004 pertenece al equipo de Contacto. Ahí debutó con las acusaciones por abuso de menores en contra del entonces senador Jorge Lavandero. “Era un intocable. El reportaje no me costó hacerlo, pero sí fue complicado convencer a la fiscalía regional para que tomara cartas en el asunto. Les temblaban las manos cuando les relataba los hechos”. Varios años después de la denuncia, el periodista aún creía que lo seguían o investigaban: “Tuve delirio de persecución porque en muchas ocasiones sentía que me estaban poniendo trampas”.

DESDE HACÍA AÑOS QUE tenía en mente hacer un programa en donde se expusiera a los delincuentes en plena acción. Pensó hasta el nombre: In fraganti. Lo conversó con los ejecutivos de la estación, pero el proyecto no se concretó.

Hasta que el 2010 Rodrigo Leiva (jefe del área de docu-reality) y Diego López (mago y director) le propusieron En su propia trampa. La propuesta alucinó a Sutherland.

“Debo ser súper claro: yo llegué a ‘servirme el plato’. El trabajo de investigación ya estaba hecho. Fueron Leiva y López los que presentaron la idea a las autoridades del canal. Era un proyecto original, pero también agresivo y arriesgado”, dice el reportero.

Una vez aprobado, los ejecutivos de la estación se sinceraban con Sutherland respecto de las expectativas de rating: “Emilio, con 15 puntos estamos sobrados de cariño…”.

—¿Tiene claro cuál fue la clave del éxito del espacio y los costos que podría tener ese tono burlesco hacia el delincuente?
—Es un proyecto original y resulta muy didáctico. Es muy importante la cuota de humor que tiene. No es dramático ni angustiante. Justamente lo que hicimos fue no exacerbar el miedo de la gente. A las personas les agradó esa sensación de revancha y desquite hacia el que nos hace daño. Hay una especie de justicia mediática involucrada, lo que tampoco me parece bueno, ya que revela que algo está fallando en los organismos policiales y en los Tribunales de Justicia.

—¿Y ha caído usted en alguna de las trampas que ha expuesto el programa?
—No, nunca. Debe ser porque ya he desarrollado cierto olfato y soy más precavido. Trabajando en esto, la verdad es que me pasaría de huevón…

Se incomoda porque dice que en esta actividad lo ideal es pasar inadvertido. “Pero ahora me están reconociendo hasta la voz”, cuenta con preocupación. Sin Facebook ni Twitter, trata de mantener en reserva su mundo privado, básicamente conformado por su matrimonio, sus cuatro hijos, su casa en La Florida —donde vive hace más de dos décadas— y sus queridas pichangas futboleras. Sin embargo, si hoy se sube al Metro, los pasajeros empiezan a inquietarse y a buscar supuestas cámaras ocultas.

Sutherland también enfrenta la angustia de las repercusiones que la actividad televisiva puede tener en su clan. El periodista se maneja con extrema cautela en este punto y prefiere no entrar en detalles. Un ejemplo claro lo tuvo hace un tiempo, cuando después de atender una llamada con una amenaza de muerte, un hijo le envió un duro mensaje de texto: Papá, un día de éstos, por culpa tuya, van a matar a alguien de la familia. “Fue muy doloroso”, confiesa el reportero. Otro episodio complicado lo vivió cuando los cuatro perros que tenía fueron envenenados. Finalmente, uno murió.

Con nueva temporada prácticamente asegurada, deberá seguir enfrentando no sólo la astucia de los delincuentes, sino, como él mismo dice, su propia timidez y hasta fomedad. “Entiendo que es mi cuarto de hora. Quiero vivirlo a concho, pero con pies bien de plomo sobre la tierra”, remata mientras se interna en las entrañas del departamento de prensa.

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