‘Mis proyectos no son compatibles con un hombre mayor’
Juanita Ringeling
Fotos Cristián Soto Escala. Producción Manena Pomeroy. Maquillaje y pelo Vero Mónaco
Jugada y luchadora es la nueva Lolita chilena, que da que hablar en Los 40 por su relación con un hombre de cincuentitantos… La actriz tiene, también, algo de Scarlett O’Hara: no pelea por Tara, pero sí por Cachagua, la tierra en que creció y en la que sueña criar a sus hijos.

Juanita Ringeling Vicuña es una joven delgada y casi frágil que llega con aire despistado a la entrevista. Mira con cierta desconfianza, como si le incomodara ser una figura televisiva. Su historia partió distinta: se crió en su natal Cachagua, rodeada de naturaleza, a metros del mar, con una infancia idílica junto a su padre —el ex alcalde Federico Ringeling—, su mamá y cuatro hermanos. “Somos muy achoclonados, nos gusta la sobremesa larga donde se conversan todos los temas, de discusiones intelectuales y políticas, un clan con mucha opinión”.
A los veintitantos (se niega terminantemente a dar su edad) está convertida en una de las figuras más prometedoras de la TV. Ha hecho tres teleseries (Hijos del Monte, Los Angeles de Estela y Los 40, más la miniserie Cumpleaños, aún sin fecha de estreno y La Tirana). Y eso que, como confiesa, no terminó la carrera de actuación, “por lo mismo me he tenido que sacar la mugre para demostrar que me la puedo, que tengo talento”.
Hoy, corre de un lado a otro para las grabaciones de Los 40, la teleserie nocturna de TVN. Allí es la Lolita chilena, interpretando a Fernanda Elizalde, una universitaria enamorada de su profesor 30 años mayor (Bastián Bodenhöfer). Y aunque su personaje responde a la fantasía de la niñita con el hombre maduro, fuera del libreto ella se desmarca del estereotipo: “Nunca me metería con alguien tan grande. Nada en contra —aclara—, pero cómo vas a estar con una persona con la que te encuentras en etapas tan distintas. Insisto: no soy la nueva Lolita. Mis proyectos no son compatibles con un hombre mayor. Quiero viajar, conocer, me encantan los desafíos, y cuando estás con un tipo mayor no le puedes pedir eso”.
Se fue de la escuela de teatro soñando con estudiar cine, “una idea muy romántica de mi parte”, asume. Por eso, la televisión nunca le interesó. “Menos las teleseries; sentía —y aún me pasa— que su línea editorial no coincidía conmigo. Los personajes son algo básicos. Sin ánimo de criticar a los guionistas, falta profundizar”.
OPINA FUERTE SOBRE SU NATAL CACHAGUA. La defiende del impacto inmobiliario y de las oleadas de
turistas en verano. Heredó el gen luchador de su padre, Federico Ringeling, ex alcalde de Zapallar que el 2002 se convirtió en uno de los principales detractores al proyecto inmobiliario de Sebastián Piñera que pretendía levantar diez edificios y un total de 170 departamentos en el cerro El boldo, frente a la bahía. Hoy Federico Ringeling se ha dedicado a la conservación de la zona, a través de una ONG norteamericana y de la Corporación Bosques de Zapallar. No se ha contruido ninguno de los proyectos.
AUNQUE SE LE VE SEGUIDO CON EL ACTOR MATÍAS OVIEDO —CON QUIEN FILMÓ LA MINISERIE LA TIRANA—, JUANITA DICE QUE SÓLO SON AMIGOS.
“Vengo de una familia antigua pero, al mismo tiempo, poco convencional. No es que vayamos a veranear a Cachagua a una casa gigante: vivimos allá hace 25 años; mis papás armaron ahí su proyecto cuando esas tierras no valían nada… Para mí Cachagua es como Tara para Scarlet O’Hara. Cuando leí el libro entendí esa sensación, el cariño enorme por ese lugar. Mi percepción de país está aquí, me llama a luchar y aspirar a que se preserve. La tierra se mete en la sangre y ésta se transmite de generación en generación. Ahora hay demasiados intereses económicos y se ha llenado de gente que no tiene ningún respeto. Lo defiendo porque ahí nací y me gustaría criar a mis hijos”.
Cada fin de semana Juanita viaja desde Santiago para estar con su familia. Junto a vecinos y amigos es parte de la Brigada Cachagua, que realiza actividades de limpieza y conservación. “Vamos al cerro, a la playa a recoger la basura. Es indignante todo lo que dejan, no respetan nada. Se supone que ahí veranea la elite, los que han pasado por los mejores colegios, pero se comen un dulce y botan el papel al suelo”.
Razones tiene para estar molesta. Aún recuerda cuando salía a trotar con su padre por Cachagua y la playa estaba llena de machas… “pero de eso ya nadie se acuerda”.
—¿Y qué opina del perfil que fue adquiriendo este balneario, hoy centro político de la derecha, la izquierda y también para los empresarios?
—Cachagua ha sufrido un crecimiento explosivo. Eso me duele porque se va a perder un lugar que ha sido el trabajo de muchos. Todo por snobismo y porque, claro, como además se trata de un espacio precioso… Pero hay personas que se han hecho casas inmensas que apenas usan y que calefaccionan todo el año. Por eso después hay que levantar más termoeléctricas, porque es tanta la inconciencia… No estoy en contra de que construyan residencias inmensas, pero si quieren mantener la piscina temperada, por favor usen paneles solares… Falta cultura. Tampoco quiero decir que todos sean malos: los vecinos tradicionales de Cachagua son el descueve, pero los que vienen por el fin de semana largo o el verano, también deben hacerse cargo.
—¿Cómo se adapta a Santiago?
—He ido encontrando mi lugar. Mis hermanas viven acá y tengo varias amigas. Me he ido adaptando. Ando en Metro, voy al barrio de los anticuarios. Eso es lo rico. Pero me subo al auto y me pongo histérica.
—¿Y en lo personal , tiene pareja? Se le ha visto mucho con el actor Matías Oviedo…
—Somos amigos, nada más. Terminé una relación después de cuatro años. Ahora estoy iniciando una vida nueva, pero sin ansiedad: todo llega cuando tiene que ser, el amor no se busca.
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