Días de Furia
Francisco Melo en La casa de los espíritus
Fotos Diego Bernales
Está a tablero vuelto con una exigente interpretación de Esteban Trueba que lo deja sin aliento. Además de la conducción del programa histórico Algo habrán hecho, el actor vuelve como protagonista de la nueva teleserie nocturna de TVN. Habla de su viaje rumbo a los 50, la Concertación convertida en “sopita sin enjundia”, el nuevo gobierno y sus esperanzas en MEO.

Hace frío en el subterráneo de TVN. Justo a un lado de los grandes estudios de la estación, Francisco Melo posa —una y otra vez— para el kit de prensa con las fotografías oficiales de 40 y tantos, la próxima teleserie nocturna del canal. Pone cara de tipo rudo, algo distante y levemente autoritario. Todo, comandado por esa figura enjuta que se eleva un metro noventa, con cara filosa, pelo largo y mirada penetrante.
Una estufa en un costado intenta entibiar en algo una sesión que exige varios cambios de vestuario. Cuando termina, el actor parte rápido a una esquina donde llena un vaso con café hirviente. Enciende varios cigarrillos y abotona bien arriba un abrigo con tal de no entumirse más.
Viene de la comentada Alguien te mira, pasó con arrolladora sintonía por Dónde está Elisa? y por eso las expectativas son grandes para la nueva producción. Ahora Melo encarnará a Diego Elizalde, un infiel ejecutivo de una empresa de comunicaciones corporativas dedicado a ‘blanquear’ la imagen de compañías y políticos. Esta vez, eso sí, contrariamente a Dónde está Elisa?, el drama irá de la mano con la comedia.
Melo graba la teleserie mientras espera la salida al aire de un programa con el que se encantó: Algo habrán hecho, un paseo por personajes y acontecimientos trascendentes de la historia de Chile.
Y su agenda no para: por estos días también interpreta un exigente rol en la versión teatral de La casa de los espíritus, un montaje de largas dos horas y media y que lo tiene personificando al déspota Esteban Trueba.
—No parece una obra fácil…
—Para nada: hay que enfrentarse a una novela de Isabel Allende, a un montaje realizado primero en Nueva York, a un director que viene de afuera y un elenco que cruza generaciones y estilos. Hay también un tema potente con este relato que tiene que ver con la historia de Chile y que nos ha hecho sombra por tanto tiempo. Por supuesto personificar a Esteban Trueba es complejo, ya que él atraviesa la trama completa. Se trata de un viaje físico y emocional. De hecho, cada vez que termina una función tengo la sensación de haber corrido una pequeña maratón. Parto de 30 años y termino de 80. Y siempre desde el resentimiento, la rabia y la necesidad de poder. Eso es profundamente desgastador de interpretar. Nunca había tenido tantos cambios de vestuario con tantas carreras apuradas en bambalinas. De hecho, antes de empezar exhalo y digo vamos…
—Hay una serie de elementos novedosos en esta obra, como la extensión, el uso de tecnología visual, el apoyo de la empresa privada…
—Pero diría que lo más diferenciador son las dos horas y media de duración. Eso es lo más sorprendente para el público. Bueno, y para uno también.
—Trueba es un tipo oscuro, un oligarca que busca poder, dinero y posición…
—Y que además va envejeciendo en el escenario. Es un hombre que vive desde la rabia, que es el rasgo que más lo acompaña. Es curioso, pero mientras actúo me pregunto qué estarán pensando los espectadores. Puede que algunos estén de acuerdo con él, mientras otros lo deben encontrar detestable, tanto moral como políticamente. La gracia es que parte como un insoportable, pero este viejo de mierda termina generando cierta empatía. Debe ser porque muy al final de su vida logra darse cuenta de que la recagó y que su existencia no ha sido más que una serie de malditas equivocaciones.
—Es curioso, porque del inocentón y tímido Diógenes en la teleserie Sucupira usted parece haber recalado en personajes duros y de carácter…
—Es cierto. Y es algo que también se ha dado en el teatro. Quizá tenga que ver con mi altura (un metro 90) o mi tipo de cara. Pero a mí me gusta transitar por los dos lados de la actuación. La comedia es una cuestión que me llena de alegría. Además, por necesidad personal, y como forma de escape, me preocupo mucho de reírme de mí mismo. Si no fuera así, no me la banco. En Dónde está Elisa? pasaba llorando, pero se apagaba la cámara y echaba la talla con Rudolphy. La verdad es que me gustaría volver a hacer un personaje naif como fue Diógenes.
—Protagonizó Los 30 y ahora estará en 40 y tantos. ¿Se imagina en Los 50?
—(Se ríe con ganas). Es curioso: cuando estaba en Los 30 veía muy distante el tema de los 40. Eso mismo me pasa ahora: veo lejano los 50. Pero miro hacia atrás y me doy cuenta de que los 30 fueron apenas ayer en la tarde y es muy probable que los 50 serán mañana temprano. Lo que pasa es que uno quiere alejar al máximo esos hitos, pero al final no hay caso y llegan en tiempos espantosamente cortos. Es muy brutal eso.
—¿Y cómo los ha vivido usted?
—En los 40 tuve una crisis muy potente. Es una edad media en que miras para adelante y para atrás, pero sin mucha claridad. Uno zapatea, pero ya duelen las rodillas. A las dos de la mañana el único objetivo es la cama y el control remoto. El cuerpo ya no acompaña tanto, pero tampoco eres tan patético. En los 50 uno ya se sienta, se echa para atrás en el sillón y dice: huevón, ¿qué me queda?
—Las nocturnas de TVN exhiben historias ABC1 que poco tienen que ver con la mayoría del país…
—No lo veo como algo negativo, sino como un análisis. No es responsabilidad de las áreas dramáticas hacer una radiografía de la sociedad chilena, sino crear una historia que entretenga, que genere discusión y que, si puede, eduque. Todo aclarando que los actores tenemos cero injerencia en lo que se cuenta. Eso viene de muy arriba.
—Es curioso que aparezcan pocos personajes vinculados a estratos medios o populares…
—Pero me acuerdo de El circo de las Montini, Puertas adentro o Pampa ilusión, donde había una presencia de clases muy fuerte, y resultaron ser producciones que no funcionaron mucho. Ahora, quizá fue culpa de la historia o porque a la gente le interesa ver que los ricos también lloran, ver que también lo pasan mal y sufren.
—¿Le interesaría volver al horario vespertino o no se mueve más de las producciones nocturnas?
—Para nada, no tengo problema. Claro, las nocturnas tienen un espacio para abordar o profundizar temáticas que en la tarde no se puede. Eso para un actor es atractivo. Creo que las teleseries de la tarde viven una pequeña crisis y se están reacomodando.
Concertacionista, en las elecciones estuvo cerca de Marco Enríquez-Ominami. Severo, tiene claro lo que fue la última etapa de la Concertación: “Estábamos con una sopita que uno se la tomaba nomás, pero a la que le faltaba enjundia”.
—Algunos de la Concertación se han sorprendido para bien con Piñera. ¿Qué le ha pasado a usted?
—Se está moviendo la olla política y eso me gusta. Estábamos demasiado acomodados. Ahora, no sé si estoy sorprendido, pero sí atento. Piñera se ha mandado condoros, con promesas extrañamente cumplidas: que sí, pero que no… Al menos es interesante ver que el mariscal está bullendo.
—¿Qué le sucede cuando ve una foto del actual gabinete?
—Mucha cara nueva, mucha gente joven. Parece afiche de teleserie nocturna… (ríe). Pero está bien, ¿por qué no? Hay que darles más tiempo para ver por dónde se van a mover.
—¿Tiene alguna opinión de cómo lo ha hecho hasta ahora Luciano Cruz-Coke?
—Honestamente no tengo muy claro lo que está haciendo. Pero no por culpa de él, sino mía. Siento que se ha mantenido una línea, hay cierta continuidad. Cuando cumpla un año habrá más posibilidades de evaluar. Eso sí, no me gustó y fue mala señal que en el discurso del 21 de mayo el tema cultural pasara como una cuestión anexa. Eso me pareció pobre.
—Manifestó su apoyo a MEO y después quisieron presentarlo a usted casi como rostro de la campaña. Parece que eso lo incomodó…
—Sí, pero me hago responsable. Soy un huevón ya grande y debería haber sabido que si uno pone un pie en la campaña van a hacer uso. Pequé de cierta inocencia y por eso di un poco un paso atrás. Pero mi relación y mails con Marco Enríquez-Ominami han sido muy honestos y eso se lo agradezco.
—¿Cree que MEO es una opción con futuro político o fue más una expresión de descontento que ya pasó?
—Es una opción porque él tiene fuerza, interés y pasión. Por eso hay que estar atento en cuatro años más ante lo que puede ser una real y seria carta presidencial.
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