Cultura, Espectáculos y TV

El planeta Chile

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Por: Marcelo Contreras

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El Consejo Nacional de Televisión y el Colegio de Periodistas hablan de analizar la cobertura del terremoto. Hay quejas de sensacionalismo, de reporteros poniéndole de su cosecha. Incluso desde el frente radial se ha acusado a los canales derechamente de incitar al caos (por ahí lo aseveró Sergio Campos de Cooperativa). Quizá no da para tanto, pero que cundiera el pánico entre la prensa en Concepción, creyendo que llegaría un tsunami, grafica histeria y poco rigor. Otro detalle: mientras los especialistas en salud mental aconsejan retomar la vida de la manera más normal posible, para superar los efectos post traumáticos de la catástrofe, los noticiarios se hacen los sordos. No hay más mundo que Chile, ni más tema que el terremoto. Y si el resto de la programación intenta cierta normalidad (hace varios días que matinales y programas juveniles apuestan por dar vuelta la página), a la hora de los informativos la tragedia se sigue estrujando como bolsita de té. Es como si cada periodista compitiera por la historia más triste, la escena más desoladora y, ojalá, encontrar un nuevo chico tierno-pillo como El Zafrada. Un horror.

Entre los signos de vida programática tras el drama, una guerra que parecía lista para el museo —la de las teleseries de las 20 horas—, revivió. Martín Rivas, Manuel Rodríguez y Feroz —tres producciones donde no hay galán sin vistosas patillas—, dan un respiro a esta agenda trágica y monotemática. Los historiadores y profesores de castellano se tirarán los pelos con las adaptaciones. El legendario personaje de Alberto Blest-Gana (un convincente Diego Muñoz) tiene más entusiasmo y labia que dirigente estudiantil llamando a paro, mientras el famoso guerrillero (Ricardo Fernández, siempre a medio convencer) se disfraza hasta para ir al baño. A la cola en el rating, el culebrón del 13 resulta empaquetado y lento, con la sola excepción de la sicóloga hot y entradora interpretada por Blanca Lewin.

Entre réplicas y apagones, la TV refleja que aún estamos groguis como país, igual que un boxeador recién tumbado que intenta pararse cuando el árbitro le grita en la cara la cuenta de protección. Cunde una extraña sensación de tiempo suspendido y permanentes tensiones. La programación local aún se mueve buscando equilibrios en una tierra que corcovea y no termina de acomodarse.

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