Televisión
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Mujeres de lujo.
Lunes a jueves 22:00 horas en Chilevisión.
El retrato del chileno practicando el sexo en telefilmes y teleseries es para deprimirse y tirar la toalla. Siempre quedamos mal-mal. Torpes, faltos de gracia y forma, y rindiendo menos que De Gavardo en el Dakar Argentina-Chile… Pero esta teleserie cambió ese switch; ese es su gran —y único— triunfo. Las escenas eróticas son como de película hot del cable (los expertos lo saben: sábado a la medianoche por Cinemax), pero mal hechas.
El cóctel de Mujeres de lujo, pensado en exclusiva para viudos de verano y noches de calor, combina amor tarifado ABC1, narcotráfico, poder, acción policial y romance. Todo facturado con la impronta de una cinta softcore —la antesala del porno—, donde el empeño se instala en la escena y el resto se monta a la rápida. En el resultado reina la caricatura antes que la verosimilitud.
Hay detalles absurdos: las chicas andan maquilladas todo, todo el día, y con facha tipo bailarina del Moulin-Rouge (por si no entendemos que son pros-ti-tu-tas), lejos de la sofisticación y el garbo de un burdel para tipos con plata, mientras el villano Ronny Palma (a cargo de Héctor Noguera), es de cartón piedra y tan cliché como la decisión de vestir a las mujeres de corsé y encaje. En la otra esquina, el rol de Catalina Guerra, sólida como una prostituta lesbiana en los descuentos de su oficio, resentida y ansiosa de poder.
Como primer intento de teleserie nocturna, CHV demuestra una vez más su consecuencia para entender y entretener al público. Es como si pensaran que si en la tarde se mueven hormonas adolescentes con Yingo —otro espectáculo con marcada estética softcore—, en la noche hay que hacer lo mismo, pero con los padres. Nadie puede negar su efectividad. Tampoco su ramplonería.
Luis Jara
Lunes a viernes medianoche en Mega.
Una encuesta reciente sobre rostros televisivos hecha por la Universidad Central, golpeó a Luis Jara: es el animador que provoca más rechazo entre los hombres… Claro que el estudio también arrojó que, en general, goza de gran aceptación. Una mezcla de amor-odio gatillado por este hijo legítimo de la TV chilena, encarnación viviente de sus grandezas y estereotipos.
En los últimos 30 años lo hemos visto crecer en pantalla, de niño en el Clan Infantil de Sábados gigantes, luego de adolescente cantante y actor, hasta su reconversión en animador a mediados de los ’90. Un recorrido sinuoso, a ratos accidentado, pero básicamente triunfal. Muy pocos se pasan tres décadas en televisión.
Luis es de la vieja escuela. Su estilo viene de antes del asalto de la farándula y la telerrealidad, cuando los famosos visitaban los estudios y sólo recibían besos, abrazos y la mejor de las ondas, fingiendo amistades y cercanías. El, como en esa etapa, se ahorra problemas con sus pares, pero no conquista nuevos públicos… En su tibieza están los rastros de una generación de animadores formados, entre otras cosas, para morir con las botas puestas: se hundió con el matinal del 13 sin chistar (algo que rara vez sucede en el medio), y tampoco lo hizo en el incidente con Robbie Williams donde fue la cara de una falla de producción.
Ese sentido estoico, profesional ciento por ciento, lo mantiene en la posición de un clásico. La televisión es su casa-estudio, y él un personaje no protagónico, pero entrañable.

