Cultura, Espectáculos y TV

Para ver y ser visto

Festival Coachella en California

Por: Pablo Mackenna

Ciento cincuenta bandas tocando sin parar durante tres días. Música para todos los gustos en el lugar más ordenado que uno pudiera imaginar. Paris Hilton tratando de colarse en una fila y Danny de Vito tirado en el pasto conversando con el propio Pablo Mackenna. Eso y más puede ser Coachella…

concierto
Para los que no somos melómanos profesionales, o sea, aquellos que apenas sabemos que melómano no significa mentiroso sino apasionado por la música, la palabra ‘festival’ nos remite quizás a esas experiencias universales, puntos de inflexión social y cultural como fue Woodstock el año 1969.

Pero festivales hay muchos. Rock in Rio, con todo el color que Brasil le da a cualquier evento. Glastonbury, a las afueras de Londres, donde bajo una lluvia torrencial y toneladas de barro se juntan cada año cientos de miles de impertérritos ingleses. O el Festival de la Isla de York, donde décadas atrás Bob Dylan dio uno de los más perturbadores recitales de la historia.

Hace once años que en la mitad del desierto de California, en la ciudad de Indio (a unas horas de Los Angeles) se da cita uno de los encuentros musicales más particulares del orbe. Cada abril, durante tres días, con montañas de picos nevados que contrastan con el desierto y miles de palmeras como telón de fondo, se realiza lo que podría definirse como “el mejor festival del mundo para ver gente y ser visto”. Porque si hay algo particularmente enigmático en Coachella es la belleza y el espíritu de los cientos de miles de jóvenes (y otros no tanto, como yo) que se reúnen a compartir este espectáculo de factura excepcional. Aquí no hay barro, ni curaditos tirados en el suelo, ni gente desnudándose en trance. Lo que sí hay es el particular olor de la hierba californiana, muy buena música, una gran vitrina para nuevas bandas, la ocasión para ver a consagrados jugando en shows alternativos, un espacio físico de primerísima calidad y una organización digna de un matrimonio de estrellas de Hollywood.

concierto200Todo está emplazado en un inmenso club de polo con canchas de un corte y un verde perfectamente lustroso. Hasta puedes caminar a pie pelado, porque reglas como no introducir botellas de vidrio se cumplen. La temperatura es casi perfecta, los baños y servicios ya se los quisiera uno en su casa, la amplificación roza la perfección y el público parece sacado de un casting de serie de TV.

Hay que entender que si el estado de California fuera un país independiente, sería una de las cinco mayores potencias mundiales. Cuestión que incluso en la mitad del desierto se nota. A unos pocos kilómetros del parque Joshua Tree, aquel del emblemático árbol solitario del álbum de U2, el hombre conquista el viento con miles de tótemes eólicos rodeados de carreteras, centros comerciales y uniformes barrios con jardines que parecen cortados por las tijeras del mismísimo Johnny Deep.

Llegar no es fácil. hablamos de volar a l.a. y manejar a las rocky mountains en dirección a Palm Springs, hasta el poblado de Indio. La entrada por los tres días cuesta 270 dólares que suben a 600 si quieres tener acceso a los vips. Y esto sólo por mirar famosillos, porque el consumo se paga aparte. Y si se trata de alojar, en Indio hay hoteles desde los 500 dólares hasta uno de esos clásicos moteles carreteros estadounidenses por cien. También existe la posibilidad de acampar dentro de los terrenos del festival. Un lugar al que perfectamente se podría ir con toda la familia, sin temor a perderlos ni a exponerlos.

Más de un centenar de bandas consagradas y emergentes —acompañados de arte, instalaciones y performances— se presentan en cinco escenarios, desde las once de la mañana a la medianoche, durante los tres días que dura el festival.

Tengo que reconocer que en los recitales me canso, me aburro fácil, me da frío, se me acalambran los pies. De ahí que la perspectiva de ver tanta banda y relacionarme de manera fraternal con miles de desconocidos, más que placer me producía una angustia galopante. La invitación de cerveza Heineken, sponsor principal de éste y muchos encuentros musicales alrededor del mundo, la acepté bajo la premisa de que en la vida hay experiencias que no se pueden dejar pasar. Y aunque la mayoría de las veces en que he seguido dicha lógica, la vida me ha demostrado que lo sensato era saltárselo, esta vez no me equivoqué.

Asistí religiosamente a unas cuarenta presentaciones (son tantos los escenarios y bandas, que hay que saber elegir) y tuve la suerte de ser muy bien asistido por un grupo de chilenos invitados como yo, melómanos y obsesivos, como Mauricio Jürgensen, Julián García Reyes y la Fernandita Arrau. Cada agrupación era con ellos mucho más que una banda, era un reef al que ponerle atención, un guitarrista que hace quince años pertenecía a otro grupo o vaya uno a saber qué otro dato freak.

concierto300Mucha más información de la que puedo recordar, pero una gran lección para mi oído amateur. Bandas prometedoras como MGMT, Phoenix, Grizzly Bear, the XX o la energética gordita de Gossip; íconos del indie como Pavement o Public Image Ltd; chicos y chicas guapos, multifacéticos y talentosos como Julian Casablancas, Charlotte Gainsburg o la actriz de 500 días con ella y cantante de She and him, Zooey Deschanel. Nombres históricos como Devo, Yo la tengo, Gorillaz, LCD soundsistem, Spoon, Jay Z (acompañado sorpresivamente por su mujer Beyonce), clásicos como Muse, De la Soul, el polifuncional Thom Yorke o los latinos de Calle 13.

A todos estos artistas y muchos otros no sólo los ves sobre el escenario en Coachella, sino que además puedes conversarles o tomarte algo con ellos como si nada. Porque si hay algo que distingue a este festival es la naturalidad y el relajo con que los famosos se pasean por el recinto. Estar tirado en el pasto con Danny DeVito preguntándote: ¿Hay algo mejor Pablo, que una buena cerveza y una banda en vivo? Mischa Burton apoyándose en ti para no caerse, o Paris Hilton pidiéndote que le ayudes a saltarse la cola del bar… todo puede pasar.

Son las diez de la noche y se viene el cierre del último día con Gorillaz en el escenario principal. El mismo donde el día anterior pude ver a Mike Patton, vocalista de Faith no More, abrir cantando Reunited, tema del año 1979 de Peaches & Herb. Como que me lo hubiese dedicado… para llorar.

Me encuentro a cierta distancia del escenario en uno de los vips desde donde puedo ver perfectamente el show sin meterme en el tumulto. ¿Vienes?, me pregunta uno de esos nuevos mejores amigos que conociste hace cinco minutos, mientras un grupo que incluye Kristen Stewart, la actriz de Crepúsculo, espera que me decida. Paso, le digo, a estos monos animados de Gorillaz los veo desde acá. Soy chileno, no tengo veinte años y ya he visto suficiente.

Voy a buscar mi mochila que dejé en la sala de prensa. Una carpa abierta que bien podría haber sido una ONG de surfistas: hippie, chic y ondera. Mi mochila espera en el mismo lugar donde la dejé tirada hace tres días. A ninguna de las 150 mil personas que pasearon su lasciva humanidad por el recinto se le ocurrió “confundirse” y llevársela. Una prueba más de que hay cosas que sólo suceden en Coachella. Como otras, que allí se quedan.

Video de Gorilaz en Coachella 2010

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