‘Profeta en mi tierra… eso sería emocionante’
Isabel Allende
Fotos Claudio Doenitz
Opinan y comentan que su último y mediático paso por Santiago fue un verdadero autogol. Ahora sería casi un milagro, lo que días antes se daba por hecho: que el tan esquivo galardón este año tendría nombre de mujer. La escritora ni se entera. En esta contienda lo que menos le importa a Allende es Isabel.

Finalmente se concretó la cita. Isabel Allende se juntaría en privacidad absoluta con el elenco que lleva a las tablas La casa de los espíritus en el Teatro Mori de Parque Arauco, una hora antes de la función. Había mucho que celebrar. Desde el 3 de junio, día del estreno, la obra ha estado a tablero vuelto. Y parece que esa será la constante hasta el 29 de agosto, cuando termina la temporada.
“Volvemos en enero”, anunció una de las mandamases. “Y hay otras novedades”, empieza a decir la actriz y productora general Ana María Palma —Clara Trueba en el escenario—, pero se arrepiente y hasta allí llega. Esteban Trueba (Francisco Melo), que en este encuentro hacía de mesero, conjuró con su encanto a cuanto espíritu pasaba por ahí para transformar en docenas lo que sólo eran dos botellas de champaña, de modo que nadie se perdiera el brindis.
Al fondo Isabel, la autora. Sin nunca buscar el centro, desde una esquina le dice al grupo: “Lo que ustedes han hecho no tiene nada que ver con el libro. Es mucho mejor”. Loreto Valenzuela (Tránsito en la obra), le comenta: “Con este éxito hasta puede que se venda el libro”. La escritora les regala una confesión: “La cueva que tuve fue que La casa de los espíritus no se publicó originalmente en Chile sino en Barcelona. Si no, estaría en una bodega”.
El tiempo corre. Los actores tienen que ir a caracterizarse. Pero antes de desaparecer tras bambalinas, todos se reparten rodeando a Isabel. Ella sonríe, feliz. Mientras, nos preguntamos: ¿por qué vino a Santiago, como ella dice, a meterse “en las patas de los caballos”? Bien podría estar ahora abanicándose en el borde de la piscina de su casa californiana, jugando con sus seis nietos o recostada sobre su Willie. Pero no. Envuelta en los típicos chales, aquí estuvo aguantando frío. Aclaró, sí, que su pasada era para ver a sus padres, celebrar su cumpleaños con ellos —cumplió 68 el dos de agosto— y seguir viaje a la Feria del Libro de Paraty.
—Si el jurado la llamara y le dijera: Isabel Allende, su calidad literaria será juzgada por tres de sus obras. ¿Cuáles llevaría?
—¡Uyyy! La casa de los espíritus porque fue la primera, la que más resonancia ha tenido y es la que más se estudia. Paula, posiblemente, porque creo que de todos mis libros es el más crudo, el que está escrito sin adornos de ninguna especie. Y después no sabría si Hija de la fortuna o el último, La isla bajo el mar. Alguna novela histórica.
—¿No tendrá efecto boomerang venir personalmente a dar la pelea por el premio?
—No vine a eso. Repito: vine a ver a mi mamá y al tío Ramón (Huidobro, su padrastro). El jurado no se ha reunido y no decidirá hasta fin de mes.
—También ha provocado debate el que sea una candidatura impulsada por mujeres. Estiman que no se debe convertir en un problema de género.
—Es muy justo que ellas lo reclamen, porque de los 49 premios, solamente tres se han otorgado a mujeres (Gabriela Mistral, Marta Brunet y Marcela Paz). Yo no me habría presentado, y cuando Delia Vergara (su ex jefa en la revista Paula y brillante periodista) me dijo te voy a nominar, le respondí por favor no. Antes pasé por esto y no quiero volver a estar en esa moledora de carne. Su respuesta fue: Esto ya te sobrepasó. No se trata de ti. Se trata de que las mujeres estamos reclamando algo. Un espacio. Una voz.
—El crítico Matías Rivas escribió que “nunca se había visto antes una campaña desplegada con tanta intensidad, (…) con el abierto soporte de un conglomerado político, la Concertación”. Hasta la Cámara de Diputados aprobó un proyecto pidiéndole a Lavín que le entreguen el galardón.
—Nada de eso lo promoví yo. Y podría ser que operara en mi contra con el jurado. Se fue formando como una avalancha. Las cosas se dan, a veces pasan.
—¿Qué pensó cuando leyó que Antonio Skármeta entraba, en la recta final, a la carrera?
—Me parece muy bien. Es un gran escritor y tiene mucho reconocimiento afuera. Es estupendo.
—Algunos consideran que él será el escollo más difícil que usted tendrá que vencer. Sus primeros libros fueron bien recibidos por los críticos chilenos. ¿Cuáles de las obras suyas, Isabel, han sido bien comentadas por la crítica local?
—Aquí han tenido buena, mediana y mala. Siempre la crítica es ambivalente. Nadie se casa completamente con un libro de un chileno en Chile. Nadie es profeta en su tierra.
—Ahora cuenta con el apoyo de los cuatro ex presidentes de la Concertación. Durante sus gobiernos, ¿recibió algún reconocimiento de ellos?
—Solamente el Gabriela Mistral, de Patricio Aylwin. Un lindo premio.
—Curioso hecho…
—Los premios literarios no los dan los presidentes, ni los gobiernos, generalmente. El Nacional de Literatura es una excepción.
—Pablo Dittborn, director de Random House Mondadori aquí, dijo que lo que usted ha logrado que se sepa de Chile afuera “es infinitamente mayor a lo realizado por ProChile o Imagen País”. En ese caso, ¿no tendrían que entregarle la Gran Cruz Bernardo O’Higgins de la Cancillería en lugar del Nacional de Literatura?
—¿Pero cómo lo he logrado? Con los libros. No con mi persona. Si ellos no existieran o no tuvieran alguna calidad literaria, no habría podido realizar esa labor. O sea, aquí no tiene nada que ver la Gran Cruz Bernardo O’Higgins…
—Pero he visto a“su persona” arrasar en el extranjero; a la gente agolpándose en sus conferencias, ovaciones al final de ellas y ni hablar de las colas para obtener su firma.
—Me has visto arrasar entre un público que ha leído los libros. Pero no es que me quieran a mí como persona, quieren lo que está reflejado en esos textos. Hubo algo ahí, entre líneas, que los tocó y se identificaron con eso. Yo no soy la Sofía Loren.
—Cuando el estrés es muy fuerte, ¿qué parte de su cuerpo acusa primero el golpe?
—Lo más notorio fue cuando hice la investigación de La isla bajo el mar. Normalmente es una sensación medio vaga que uno no sabe bien dónde está. Pero esa vez me comenzaron unos dolores de estómago tan fuertes que me hicieron una serie de exámenes para ver si tenía cáncer. Mi gringo (Willie), que me conoce muy bien, me dijo: Se te va a pasar cuando termines el libro. Y así fue.
—¿Nunca le había ocurrido antes?
—Tan claro, no. Y fue por el tema de la esclavitud, lo que es capaz de hacerle un ser humano a otro si tiene poder absoluto e impunidad. Por eso me provocan horror quienes están en esa posición.
“Mi mamá es muy susceptible y se siente herida si dicen algo malo de mí. Cualquier declaración la toma como personal. A su vez, cuando opino sobre algo, encuentra que lo hice de manera ordinaria o que no lo debiera haber dicho. Mi padrastro también está dispuesto a salir a la calle a pelear con los periodistas. Yo les digo: calma, estas cosas son así. Si uno se pone entre las patas de los caballos, te van a patear. Además, junto con las cosas malas, también se dicen otras buenas. Hay que ser más humilde en esto”, contesta cuando le preguntamos la opinión de la familia en la polémica del premio.
—¿Willie?
—Siempre está al lado mío y comenta mucho sobre el chaqueteo. No lo entiende. Lo asusta. El nació en un país enorme, EE.UU., donde hay espacio para todo el mundo y a cualquiera que triunfe lo inflan. Intento explicarle que no es algo contra mí, sino que se trata de una característica nacional. Y se debe a que somos un país chico. Lo mismo pasa en Irlanda, donde la gente siente que no hay espacio para tantos. Aquí hasta a un cura que hace algo bueno lo crucifican…
—A estas alturas, búsquese otro ejemplo…
—No, mira, el padre Berríos es un ejemplo y hay gente que lo pela.
—¿Pelan? Eso es un eufemismo: se lo han comido vivo. A propósito, ¿será que en esta batalla se le salió a usted lo que tiene de Inés Suárez, con quien tanto se identifica?
—(Largándose a reír) Esto para mí no es una batalla.
—Pero cómo, ¿no dijo que venía a pelear a codazo limpio?
—No, lo que dije es que una vez que me presento, lo hago a fondo.
—Bajo el ángulo con que se lo planteó su amiga Delia Vergara, esto ya dejó de ser algo personal para convertirse en una causa mayor.
—Por eso estoy dando esta entrevista y haciendo lo que estoy haciendo, pero yo nunca me he postulado a un premio. Cuando me preguntan, ¿y qué va a pasar si no te lo llevas? Nada pues, si no lo tengo.
—¿Y no le da su poco de rabia?
—La verdad, no. ¿Me gustaría? Claro, igual como me encantaría tener las piernas largas. Mira, yo no ando detrás del oro ni de la fuente de la juventud. Para mí lo más importante sigue siendo mi familia. Tengo, exactamente, las mismas amistades desde hace cuarenta años. Sigo viviendo de la misma manera y continúo batallando por las mismas causas. No he cambiado nada.
—Mentessana, columnista de El Mercurio, manifestó en un artículo que “la proporción de hombres que escriben bien supera ampliamente, en nuestro país al menos, a las escritoras. La lista que Isabel Allende puede citar de mujeres que no han obtenido la recompensa literaria es minúscula comparada con la de los literatos que no lo consiguieron”. ¿Qué hacemos con Mentessana?
—La gente tiene toda clase de opiniones. Si más mujeres no han sido publicadas o no han tenido bombo, no es porque no hayan escrito, sino porque hay un medio que durante mucho tiempo las mantuvo calladas y en su casa.
—¿Está de acuerdo con él en que se debería reconsiderar la estructura del jurado?
—No sé con qué criterio se formó el premio. Lo normal es que lo otorguen expertos en cada área. Lo que pasa es que cuando lo integran personas que son escritores, se lo dan a los amigos.
—El 2011 será su año sabático. Pero el 2010 aún no acaba y tiene un libro casi terminado. ¿Cuándo se publica?
—El 2011 o 12. Está casi listo, pero no lo quiero lanzar ahora porque se monta sobre el que acaba de salir, que fue un poco lo que pasó con Inés Suárez. Me reprochan que escribo demasiado. Y la verdad es que lo hago ocho horas al día, por lo menos. Pero ese es mi oficio, tal como hay otra gente que hace ladrillos ocho horas al día. Yo no espero la inspiración. Me siento a escribir.
—Digamos que se ganó el premio. ¿Cómo lo va a celebrar?
—Supongo que vendré acá. Y lo voy a celebrar, pero dentro de mi corazón, porque es un premio que da Chile. Sería un reconocimiento en mi propio país. Profeta en mi tiera… Eso sería emocionante.
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