Cultura, Espectáculos y TV

No se salvan la Presidenta, los ex mandatarios ni los candidatos.

La arremetida de Armando Uribe

Por: Rodrigo Barría

Fotos Diego Bernales

Mordaz, irónico y cáustico. De su afilada lengua, no escapa nadie. No vota desde los ’70, pero su mirada política es de temer. Durísimo con Frei, demoledor con Piñera, califica la carrera presidencial como “sumamente aburrida y tonta”.

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Armando Uribe Arce tiene un estupendo departamento de dos pisos con magnífica vista al Parque Forestal. El hombre de cuerpo delgado y altura estimable está en una pequeña sala, sentado en un sillón claro. Lleva pantalón, chaqueta y corbata color negro. Unos grandotes anteojos de sol le dan cierto aire juvenil. Detrás, una ventana deja entrar algo de la brisa que corre por los jardines.

El jurista-diplomático-poeta y Premio Nacional de Literatura 2004 está rodeado por miles de libros, documentos desparramados, varias fotografías en blanco y negro de Cecilia Echeverría —su mujer, ya muerta—, unos cuadros-collage diseñados por ella, un negro equipo que lanza música clásica y una taza chica de café cargado.

Lo de las fotos sin marco de su amor frente a él tienen una explicación de cuento. Se enamoró a los 14, al verla en una foto en la revista Zig-Zag. La buscó por siete años hasta que al fin se toparon. Fue en la inauguración de una exposición fotográfica. Entonces, se le declaró con versos de El Quijote. Estuvieron 44 años casados y ella sólo le dijo una vez que lo quería. No hizo falta más.

Uribe cultivó siempre espíritu algo senil, el que manifestó desde los 12 años, cuando adquirió la costumbre de usar abrigo entre marzo y octubre. De alguna manera, el hombre se preparó desde pequeño para ser viejo.

Bueno, ya lo es. Enclaustrado en su departamento, acompañado de 12 mil libros repartidos por distintos rincones, este ex embajador de Chile en China, ex profesor en La Sorbone y ex desterrado en dictadura —‘‘estaba en la embajada y no me dejaron volver’’— pasa sus días rodeado de lectura, silencio y música.

—Apenas sale de su departamento…
—Lo que pasa es que tengo más edad que los años que he vivido. Deben ser unos diez más de los 76 que cumplí.

—¿Por qué tiene más edad que años?
—Eso puede ocurrir dependiendo de la vida que uno ha llevado. En mi caso fue muy duro mantener a ocho personas trabajando yo solo.

—¿Y qué hay de los achaques…?
—Tengo los del caso: un problema a la columna y un enfisema generalizado. También, un mal a las piernas con nombre curioso: claudicación intermitente.

—Por lo menos suena bonito…
—Sí. Alguien por ahí dijo que lo había inventado yo. Pero no, ya existía.

—¿Y lleva once años encerrado?
—Las personas de edad avanzada, si pueden, deben quedarse en su casa y prepararse para bien morir. Yo sostengo que me preparo para bien o mal morir, pero me preparo. Además, me he dedicado a escribir y publicar más en estos once años que en los 50 anteriores. Mire, el filósofo francés Pascal decía que la mayor parte de los problemas de los seres humanos son por no quedarse tranquilos en sus casas. Tiene toda la razón: se pierde mucho tiempo en la vida cotidiana.

—¿No extraña caminar por Santiago?
—Nada. Es que esta ciudad está de una fealdad que hace insoportable transitar por ella. He vivido en muchas partes y creo que es la urbe más fea que conozco. Tiene esa reputación.

—¿Ni siquiera quiere ver mujeres bonitas?
—No… Además, también disminuyeron las señoritas bonitas. Es que la fealdad depende mucho de la vida que se hace. Y en este país, desde la dictadura, el aspecto, la cara y los gestos se han afeado. Los rostros no dependen de la geometría, sino que de la existencia que se lleva.

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