Cultura, Espectáculos y TV

Memorias en blanco y negro

Marta Blanco

Por: CARAS

Por Pablo Mackenna. Fotos Pin Campaña

blanco

Durante un par de horas, no hubo barreras. Marta Blanco abrió el libro que aún no ha escrito, pero que alimenta su fértil cerebro. Y a sus 70 años, saltaron las historias y buena parte de los recuerdos que le dan vida y que ella inmortaliza en su última novela.

Voy a ser sincero. Antes de entrevistarla no manejaba mayores antecedentes suyos. Hurgueteé el hiperespacio, pregunté. Que estuvo casada con Enrique Lafourcade, que trabajó en el canal de la Universidad de Chile, que fue agregada cultural en París en tiempos de la dictadura, que no comulgaba con los militares…

Para muchos, Marta Blanco es soberbia, confrontacional y de una erudición rayana en el exhibicionismo intelectual. Dicen que le tocó duro en la vida, mucho. Leí su nueva novela Memoria de ballenas y constaté su sensibilidad única.

—¿Qué te parece que te encuentren desde un plomo hasta encantadora?

—Son epítetos normales en un país donde la mujer está muy constreñida para expresarse cuando no pertenece a un dogma exclusivo, sino a la curiosidad, al arbitrio de la inteligencia, y saca sus conclusiones, no es dogmáticamente religiosa ni política. Entonces, unos te definen como un ser perverso; otros, como encantadora. En algún momento eso fue importante para mí.

—Por haber participado en el régimen militar te pueden encasillar como momia, facha.
—Nunca me han preguntado cómo participé.

—¿Y cómo fue?
—Me llamaron para hacerme cargo del canal. Le di muchas vueltas, pero acepté por una razón: hasta ese momento sólo militares habían sido directores de televisión de la UCH y consideré que, al menos, era un servicio social porque yo no era facha, no lo he sido nunca.

—¿Te garantizaban respetar tus posiciones?
—No, me pedían que asumiera o no asumiera. Pero los militares no son buenos para dirigir la opinión pública y los canales estaban bastante complicados. Don Eleodoro salía de la pauta, era un gran director. El canal de la Chile estaba casi en quiebra y había interesados en hacerlo pasar a manos privadas. Lo único que hice fue comprometerme conmigo misma: me entrego al canal, pensé, y lo mantengo en manos de la U. Te parecerá una siutiquería… pensé que don Andrés Bello no se merecía esto.

—Pero te terminan pidiendo la renuncia por diferencias ideológicas y, sin embargo, aceptas ir de agregada cultural a París. ¿No fue contradictorio?
—Mira, quedé cesante, estaba muy complicada económicamente. Eso se llama sacar por arriba. Es probable que me haya producido muchas cosas pero, también, cuando uno abre su refrigerador y ve sólo una lechuga y cada vez que se mete la mano al bolsillo no encuentra nada, toma una decisión humana. No me iba de mi país porque hubo un feroz golpe militar. Esa no es mi historia. No tenía mucha información, realmente la tuve en París.

blanco—¿Y qué hiciste?
—Hubo un límite: fue saber lo de Carmen Gloria Quintana. Renuncié. Estaba bastante desesperanzada. Se había muerto mi hijo, vivía en París y Francia nos odiaba. El cargo no era interesante. Además, disponíamos de muy poco dinero para hacer cosas. Me carga la palabra, pero estaba desamparada, no podía volver, no tenía trabajo ni perspectivas. Quizá lo único que pude hacer fue ayudar a los exiliados más modestos, a los obreros que llegaban a pedir papeles —para que sus hijos entraran a la universidad, se pudieran graduar o tomar un curso extra—, los trataban muy mal. La gran revolución de los chilenos en el exilio fue eso: entraron a la universidad. Notable. Volvieron profesionales.

—Decías que exposiciones, museos y el arte más académico, en general, constituyen el último paso de la cultura. Que primero hay que sacar a los jóvenes de la droga y darles contenido, que se malgastan los recursos en parafernalia…
—Tienen que darles la capacidad para ser inteligentes. Todo ser humano lo es, pero si le niegas el lenguaje, los modos, el conocimiento, resulta muy difícil que un niño ocupe todo su potencial. Hay un aporte bueno cuando son más pequeños, pero entran a primero básico y les enseñan tonteras. Muchos cantitos a lavarse los dientes, los convierten en unos ases de la higiene bucal.

—Bachelet apostó a los niños con programas que van a redituar en muchos años más.

—Maravilloso. Creo que lo hizo porque es mujer y médico. Además, agregó al cargo una sencillez necesaria, seguíamos sentados en el curul del siglo XIX… ¡hasta Lagos llegó un poco a eso de estar un poco más arriba del Olimpo!

—¿La mujer está encontrando su lugar?

—Todavía me topo con amigos que llevan casados muchos años y que cuando su mujer dice algo, contestan cállese mijita. Pero, en general, creo que eso terminó. Es bueno que jóvenes como Karen Doggenweiler y Cecilia Morel decidan opinar. Tengo sí un conflicto con el término primera dama. Recuerdo a Jacqueline Kennedy cuando asumió: No me digan más primera dama que ése es nombre de caballo de carrera. Díganme señora presidenta.

—¿Cómo se comparten y respetan los espacios cuando tienes afanes literarios y tu marido también? Lo digo por Lafourcade.
—No produje mucho mientras estuve con él.

—¿Renunciaste a un espacio?

—De alguna manera uno no lo hace, pero tampoco lo encuentra en ese momento.

—¿Te arrepientes?
—No, porque no tenía la madurez, determinación ni capacidad, probablemente. Compartíamos los espacios, pero parece que lo hacíamos mal, porque un día simplemente se fue…

—¿Así como quien va a comprar cigarros?

—Más o menos. Me seduce más la inteligencia que la apostura y Enrique tenÍa mucho talento, lo que no supe fue que era un tiro. Con él tuve una vida encantadoramente loca y pensé que moriríamos juntos. Pero un día abrió la puerta y no volvió más, luego de siete años juntos… si hasta sus hijos se quedaron conmigo. A la semana apareció casándose con otra. Quedé absolutamente destrozada. Me demoré una década en entender y desenamorarme. El abandono es muy humillante. Además, volvía a mi casa para que lo recibiera de vuelta. ¡Y lo hice un par de veces! Estaba muy confundida.

—FREI, MEO, PIÑERA, ¿ALGUNO TE CALIENTA INTELECTUALMENTE?
—Creo que el discurso de Marco tiene una ventaja tremenda: descansa sobre la educación francesa, que es racional. Eso le da esa organización que no parece acomodarse a sus 36 años. Chile se ha infantilizado mucho… El análisis es menos producto de una reflexión que de una emoción. Y aún el país está muy asustado de que vuelva el golpe militar, de que vuelva la izquierda… Hay miedo.

blanco2—Te ha rondado la muerte, el desamor.
—Por supuesto, pero se supera. De niña me enfermé, iba a morir. A los 8 años uno sabe que se está muriendo. Cuando me tomó de grande fue distinto.

—¿Enfrentarla tempranamente te prepara?
—Sí, porque da una segunda oportunidad. Pero también porque el dolor no es andar en Fantasilandia. Entonces un niño solo en un hospital en Estados Unidos un mes… mi abuelo me dijo le voy a hacer un regalo: me hizo leer.

—Dices que los temas te buscan. ¿Cómo fue lo de Zapallar en tu última novela? Hay una especie de realismo mágico, sin el artificio marqueciano, con personajes del pueblo que viven inmersos en una tradición oral más propia de un chilote que de una caleta ABC1.
—Tengo 70 años. Antes uno vivía en un mundo mucho más de empleados, oía historias de niñeras, cocineras… Decidí escribir de lo que conocía y conversaba con los pescadores. Si uno está en la cocina a leña, revolviendo porotos, descubres un lenguaje especial, un coa que viene de la miseria urbana. Sin embargo, hay una pobreza digna, elegante.

—¿Para la buena vejez pondrías tu foto en la parte de atrás de una micro?

—Esa pregunta es inválida… Lo que me gustaría es que me leyeran los chilenos. Así mi vida no sería tan estéril desde el punto de vista literario. Me encanta tener espacios de opinión… Escribo en El Periodista porque me dejan decir lo que se me frunce.

—¿Tienes buenos amigos de la vida?
—No muchos, pero buenos. Me dio miedo de repente con la gente. Pero mi vida me gusta, me contenta… ahora tengo tres perros. La literatura no es una fuente de ingresos, no tengo muchas pegas que me busquen, entonces estoy cagada nomás, ésa es la verdad de la milanesa. No sé por qué, pero tengo alegría de vida, me gusta la cocina, la lectura… No es fácil vivir sola.

Aquí puedes descargar el primer capítulo de su novela Memoria de Ballenas.

Comparte esta noticia