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La bestia en calma

Jaime Collyer

Por: Lenka Carvallo

jaimeFotos Ernesto Merino Aguirre

Lejos de su fama de neurótico insoportable, de hombre terrible, el escritor —que lanzó su sexta novela— se siente en paz. Los años, algunos dolores, una fallida partida a Madrid y una nueva casa, lograron lo que parecía un milagro.

Jaime Collyer figura en el patio tendiendo ropa. La cocina se ve reluciente, ni una taza sucia; un par de termos descansan impecables boca abajo… Todo brilla.

En el jardín, su mayor orgullo: un prometedor huerto con lechugas y tomates. En un estrecho cuarto exterior, su refugio: un reducido espacio donde se encierra a escribir 500 palabras diarias, lejos de todos, sin responder el teléfono. Un estado que sólo rompe en su rol de profesor de la Escuela de Literatura Creativa de la Universidad Diego Portales. No tiene Facebook, menos Twitter. “¿Para qué? ¿Por qué este afán de estar en redes, en apariencia conectados cuando en realidad no se están relacionando con nada? La vida se ha vuelto una especie de simulacro, una reproducción virtual tecnotrónica de las grandes cosas que nos apasionaban”.

Enseguida pregunta: “¿Estoy gordo?”. A él, que por años ha cultivado el perfil del escritor ‘interesante’, le cuesta asumir el paso del tiempo y una figura cada vez más cercana a la de un intelectual en la frontera de los 60. Soltero convencido (se casó sólo una vez), padre de un hijo adolescente, ha ido dejando un reguero de ‘ex’ parejas… Es un lobo solitario con fama de neurótico, que no necesita vivir acompañado, “porque un hombre que lava y cuelga su ropa, que cocina y hace las camas, en realidad no necesita a nadie”.
Sin embargo, Collyer ha perdido el halo amenazador y se ve por fin en calma. “Comprar esta casa me hizo bien —dice sobre su luminoso hogar de Nuñoa, el barrio de su niñez—. Tengo mi refugio silencioso, al margen del mundo, no le debo explicaciones a nadie. Esa mínima estabilidad es grata. Y, bueno, los años no pasan en vano…”.

Con su última entrega, La fidelidad presunta de las partes (Random House Mondadori), un relato que va del amor a las conspiraciones, demuestra por qué es considerado un narrador nato. Este autor de seis novelas y varios compendios de cuentos, se aferra cada vez más a su obsesión por contar historias. La de ahora es con Diego Lombardi, un escritor chileno, y su par africano, Matt Kizerbo, quien a su paso por Santiago lo involucra en la creación de su libro. La obra se convierte en un éxito, hasta que una funcionaria de la embajada norteamericana la asocia a una conspiración del integrismo islámico. Fascinante.

jaime-200CAMBIOS Y DOLORES MARCARON un período tumultuoso. Tras la publicación de La voz del amo (2005), Collyer se fue a Madrid pensando iniciar otra vida. Había estado allí treinta años antes, recién casado y con su hijo de meses. Tal como entonces, se instaló en un pequeño pero muy bien ubicado departamento cerca de la Plaza de Toros, donde se dedicó a escribir y a hacer traducciones para Seix Barral, pues habla perfecto inglés. “Tenía una fantasía muy poderosa. España era mi Shangri-La, ese lugar imaginario del Tíbet donde el tiempo no transcurre, la gente no envejece, las aguas no se contaminan y ni siquiera la muerte existe… Partí con la idea de que me iba a renovar, era la quimera de la inmortalidad, no asumir los cambios que la vida te va imponiendo, los biológicos. Un intento utópico de detener el reloj. Pero me encontré con que no estaban ni las redes, ni los amigos, nada. No había Shangri-La porque no existe. Y es doloroso descubrirlo cuando estás en la mitad de tus 50… Los espacios estaban contaminados de mi pasado, de algo que ya no me pertenecía; vivía en el barrio donde nos instalamos hace tanto con mi ex y echaba de menos todo. Madrid se había convertido en un lugar lleno de espectros. ¡Es difícil vivir con los fantasmas!”.

—Fuerte contraste, en relación con su experiencia de hace treinta años, cuando se decía que, además de éxito, tenía a todas las mujeres a sus pies…
—En eso hay algo de mito. Más bien ocurrió al volver a Chile (se ríe), porque en España fui un hombre casado y contento con mi escenario conyugal. Había sólo una mujer y me llenaba plenamente el gusto. Mientras muchos de mis amigos estaban todos de marcha, en plena movida madrileña, yo era de los pocos casados; tenía que quedarme cambiando pañales y, cuando no, me dedicaba a escribir El infiltrado. Una vida hogareña, apacible, un perfecto burgués. Probablemente eso añoré en mi último viaje. Aunque tampoco me fue tan mal: arrendé un departamento muy cómodo, encontré pega de traductor, tenía novia… Pero ya no estaban mis camaradas y vino una sensación de soledad muy grande. España ya no era aquel escenario afable de los ’80, me sentí infinitamente solo.

Además, enfrentó a la distancia la muerte de su padre. “Viví todo lo que según los sicólogos son las principales causas de estrés y que pueden conducirte a una depresión feroz: cambio de trabajo, de casa, muerte de un ser querido… Esa sumatoria me llevó a sentir que estaba partiendo de nuevo a los cincuenta y tantos…; y resulta muy difícil empezar a esa edad, no tienes ni la energía ni la convicción”.

—Y decidió regresar…
—Existía, además, una cuestión práctica: un contrato con la Universidad Diego Portales, tenía que seguir con las clases. Al volver me di cuenta de que era imposible el proyecto; la idea de vivir escindido y entre dos ciudades, sin que ninguna fuera mi foco, se me volvió insostenible.

—Cuesta creer que mientras estaba deprimido y solo en Madrid terminara su último libro.
—Sí. La escritura es siempre una tabla de salvación. Hacía mis traducciones y avanzaba, aunque a salto de mata porque seguían ocurriendo estas cosas extrañas en mi vida y para escribir requieres de una cierta estabilidad emocional… Cuando irrumpe un dato cruel, como que murió tu padre a la distancia y no tienes modo de llegar a su funeral, eso te saca invariablemente, y me quedé parado un par de meses.

—Un bajón fuerte.
—Para los hombres es algo que te remece; el padre es una especie de totem que te enseña un montón de cosas valiosas, te endurece, te imprime el valor del trabajo, de las convicciones, se preocupa de formatearte en las claves de la masculinidad… El mío era un calvinista, valoraba el trabajo por sobre todo y me lo inculcó muy claramente, así como esa idea de que los hombres no lloran. Y asimilé bien la lección. Pero los padres también tienen un lado humano y muchas veces lo vi debilitado, congestionado por su propia historia vital. Por suerte me había reconciliado con él y me despedí antes de partir. Fue un momento curioso, se produjo un silencio, tuvimos los dos una intuición un poco cruel de que quizá ya no nos volveríamos a ver… Murió de un paro cardiorrespiratorio, de la noche a la mañana, en el sueño.

—¿Y qué pasa con el amor, dejó de creer o lo sigue buscando?
—Bueno, de momento digamos que estoy en inventario: no se atiende público. Y no tengo apuro en abrir. Estoy refaccionando el negocio.

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