Cultura, Espectáculos y TV

‘Esta es mi novela más sexual’

Pablo Simonetti

Por: Lenka Carvallo

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El escritor acaba de lanzar su último libro, La barrera del pudor. Para construir la historia de una mujer separada tuvo que derribar las propias vergüenzas y escarbar en sus temores y frustraciones sexuales. Además, escogió para CARAS cuatro escenas que ilustran momentos claves de la trama.

Pablo Simonetti aparece como un gran anfitrión en su departamento de El Golf. Intenta disimular los nervios, pero es su primera entrevista desde que publicó La barrera del pudor, su último libro. Anda con una camisa oscura, jeans y zapatos negros de diseño. Mucho mejor de lo que se ve en fotos.
Es uno de los escritores chilenos más exitosos, el segundo más popular después de Isabel Allende. Madre que estás en los cielos y La razón de los amantes, sus dos novelas previas, han vendido 50 y 40 mil ejemplares cada una y ambas han sido traducidas a cuatro idiomas. Su tercer libro promete ser otro golpe. El lanzamiento fue en 14 países simultáneos y Pablo prepara el desembarco en España para febrero.

Esta vez, el tema central es la insatisfacción sexual. “Cómo actúan los personajes en la cama, tanto en sus relaciones matrimoniales, con sus amantes y con terceros. Todo es muy explícito. Esta es lejos mi novela más sexual”, declara Simonetti.
El relato va en la voz de Amelia, una paisajista recién separada que desde su casa en las cercanías de Maitencillo comienza a escarbar en su historia, su vacío emocional y, sobre todo, en sus secretos íntimos… En eso también influye, a modo de pretexto, una seguidilla de visitas: Josefina, su hermana; Ezequiel, su ex; Bernardo, un antiguo amante; y Roque, su pareja actual. A medida que transcurre la trama, se revela que la protagonista rompe con su pareja porque él es impotente…”.

Simonetti reconoce que tuvo que buscar entre sus propios temores y frustraciones para representar a Amelia. “Un lugar mío que ni siquiera yo había recorrido, que no tenía resuelto… Hay ciertas cosas en el inconsciente que a veces permanecen ocultas. La identidad sexual se conforma de eso, de los conflictos no resueltos, de los miedos, y de factores genéticos y ambientales que se deciden en las primeras etapas de la existencia y se terminan de fraguar en la adultez. Pero lo ignoramos. También postergamos el cuerpo… Hasta que empieza a pasar la cuenta…”.

PARA ESTE LIBRO DEBIÓ SUPERAR muchos PUDORES. Los viejos, los nuevos, los que no se olvidan. Mirando atrás, recuerda que el más difícil fue asumir su homosexualidad. “Fue un trabajo largo, de mucha ansiedad, angustia, culpas”. Más valentía requirió su ‘salida del clóset’. “Muy traumática pero, al mismo tiempo, necesaria, sana; cuando estás satisfecho contigo, con tu cuerpo y tu sexualidad, vives de forma menos paranoica, le pides menos a la vida, le temes menos y, en consecuencia, la muerte ya no asusta”.

“Cuando escribo me olvido del mundo; se esfuman los problemas, los asuntos domésticos. Tampoco veo a nadie, no salgo y no tomo vacaciones, ni una gota de sol… Y hacer un trámite es como si me mataran. Si me llega una carta del SII paso pálido un día entero. Me preocupa y agobia. Pienso que caeré en este drama kafkiano de oficinas y requerimientos”.
Por las noches se dedica a leer. Dos muros completos cargados de libros dan cuenta de su vicio: Bolaño, McEwan, Donoso, Cervantes… entre un centenar de volúmenes perfectamente cuidados.

simonetti-300Los fines de semana ve a su pareja, un destacado guionista y dramaturgo, con quien mantiene una relación estable y puertas afuera. Dice que en este campo es autocrítico, que en sus relaciones personales no baja la vara. “Soy muy exigente con los demás, muy demandante. Pido como un niño al que no le dan la mamadera, como un Narciso que no encuentra su laguna. Tengo que tomar conciencia de eso, para no avasallar a los que están cerca”.

Al escucharlo, cuesta creer que en alguna época fue un ingeniero exitoso, un yuppie con un futuro brillante. “¡Qué espantoso!…”, repite él como si habláramos de una vida pasada, ajena. Se atrevió a los 26 años, cuando su padre ya había muerto. Nunca llegó a enterarse de su homosexualidad, ni de sus libros. Murió dejándole una herencia que, paradójicamente, fue su salvación: podía vivir cinco años sin trabajar ni pasar penurias. “Eso me dio el piso para renunciar a mi pega y entrar a un taller de escritura”.
El día que publicó Vidas Vulnerables, su primer libro (de cuentos), su mamá le regaló el viejo álbum de niño. “Ahí venían muchos cuentos que yo había escrito entre los 8 y los 10 años. Estaban llenos de repeticiones y faltas de ortografía, pero en ellos hay algo del Pablo Simonetti de hoy. La llama estaba.

Por todas sus batallas, es que Pablo es un férreo defensor de las minorías sexuales. Y se muestra desilusionado de Michelle Bachelet. “Soledad Alvear y sus huestes transaron con apoyar la píldora del día después a cambio de que la presidenta no cumpliera ninguna de las promesas sobre las uniones homosexuales que estaban en su programa. El gobierno de Bachelet, con todo el reconocimiento que le tengo y los logros que ha conseguido, no ha hecho nada en este plano. La presidenta posee un alma gay, no tiene ningún prejuicio; conmigo ha sido generosa, cariñosa, me ha convidado a muchas cosas. El problema es la DC. Ya llegará el día en que el integrismo católico que aún controla el espectro político tenga que responder frente a sus electores.

—Hoy todos los candidatos, de alguna manera, enarbolan la bandera progresista. ¿A quién le cree?
—Sólo a MEO; no tiene compromisos ni debe hacerle una venia al cardenal cuando pasa.

—¿Votará por él?
—En primera vuelta sí. En segunda, sólo te puedo decir que soy socio de un grupo de Facebook que se llama: yo ni cagando voto por Piñera…

—Entre los escritores usted es visto como un advenedizo. Le fue bien muy pronto. ¿Hoy sigue siendo resistido por ellos?
—Sí, venía de un mundo nada que ver… A mí también me habría dado rabia. Pero cuando se den cuenta de que uno está luchando y aprendiendo, jugándosela, arriesgándose, sufriendo las mismas patadas, quizá me perdonarán entre comillas. Algunos considerarán que mi trabajo es pésimo, a otros le gustará. Pero finalmente nos une el amor por la literatura. Con todas las peleas y envidias que siempre han existido, ya no sé si me quieren, pero me respetan. Es como las vueltas de la vida. Como esos enemigos a muerte, que de viejos terminan encorvados y olvidados por el mundo, abrazados, sentados en el banco de una plaza hablando de sus cosas, tirándoles migas a las palomas.

El autor escogió para CARAS cuatro escenas claves de su último libro. Dos actrices y tres actores interpretan a los personajes para dar vida a este íntimo relato.

Fotos: Diego Bernales. Asistente Camilo Melús. Producción: Kika Neumann. Maquillaje y pelo Bernardita Cerveró.

josefinaLa Barrera del Pudor
1ª Visita: Josefina
En Amolanas, una playa solitaria del norte adonde fuimos a acampar cuando salimos de vacaciones, el vigor sexual de Ezequiel regresó. Persistieron los problemas de eyaculación precoz y la fugaz erección, pero desapareció la incertidumbre que había brotado entre nosotros. Regresamos a Santiago el 2 de marzo. El accidente de mis padres ocurrió seis días más tarde…

—Cuando murieron los papás ya teníamos problemas —le digo a mi hermana.

—Mmm… —parece meditar Josefina, mientras colma una tostada con huevos revueltos—. No es tan grave, llevaban seis años casados, a la mayoría de las parejas les pasa.

—Tuvimos problemas desde el principio —el argumento de “la mayoría” nunca ha tenido valor para mí—. Pero, bueno, cambiemos de tema, no quiero que hablemos más de esto.
—Como su majestad ordene.

2visitaLa barrera del pudor
2ª visita: Bernardo
Encendió un cigarrillo. Verlo fumar en la cama, un acto prohibido para Ezequiel, que fumaba en cualquier cuarto menos en el dormitorio, me hizo imaginar mi cama matrimonial y desasosegarme. Las sábanas del motel, mustias de tanto uso, me dieron asco. Lo que un minuto antes era el escenario apropiado para nuestro encuentro pasó a ser una colección de piezas de utilería, sin nada que les diera sentido.

Hice el ademán de levantarme, pero él me tomó del brazo que tenía a su alcance. “Esto es parte del placer”, dijo. Le pedí un cigarrillo para mí. Si por primera vez era infiel, por qué no también fumar.

simonettiLa barrera del pudor
3ª visita Ezequiel
Durante la primera hora de su visita hacemos lo que se supone debemos hacer, recorrer el jardín y hablar de plantas. No hay instante en que no sienta el olor que emana de su cuerpo. Llevamos los sombreros para protegernos del sol: yo una pamela, él uno típico de huaso, de copa y ala rígidas. En algunos de sus comentarios percibo un punto de exageración, en discordia con su talante circunspecto. Se lleva una mano a la nuca cuando llegamos a la explanada junto a la piscina. Dice no creer que la pendiente que baja desde ahí se haya poblado tan rápido. No parece recordar que fue testigo de cómo los raphiolepis, las verónicas y los mirtos cubrieron por completo esa zona durante la primavera.

Busca darme en el gusto y se lo agradezco. Pone su afán en detectar las labores que hemos realizado con César. Cuando los dos hombres se encuentran se dan un abrazo, algo poco usual en ambos, de costumbre reacios al contacto físico.

4visitaLa barrera del pudor
4ª visita: Roque
Hemos llegado a las rocas y trepo con soltura de una en otra, mientras la lentitud de Roque acusa su escaso equilibrio.

—¡Espérame! —grita.

Ya he alcanzado la más alta. Desde ahí se baja a lo largo de una amplia plataforma gris. Lo espero abrazada a mis rodillas, con la mente en blanco, sentada en la punta de una roca que se adentra en el mar como un enorme dedo encallecido. Escucho los pasos inseguros y el acezar de Roque. Se sienta a mi lado. Mira el horizonte durante un rato. Suspira. De sus ojos nacen pequeñas arrugas. Hasta este preciso momento no me había detenido a pensar en las arrugas de Ezequiel. Por supuesto que las tiene, pero lo veo y lo recuerdo siempre joven, con la frescura de los tiempos en que nos enamoramos.

—No me soportas –dice Roque.
—No es que no te soporte. Solo es… no sé por qué estamos juntos.

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