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Cultura, Espectáculos y TV

‘Piñera es un humorista frustrado’

Rafael Gumucio

Por: Rodrigo Barría

Fotos Diego Bernales

Tras el polémico paso del humor en el Festival de Viña, el escritor lanza su propia y corrosiva rutina: que la risa es para ofender a las minorías, que a la gente no le gusta Coco Legrand y que cualquier chileno es más divertido que los humoristas que salen en TV.

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Fue hace años. Rafael Gumucio escribía el guión de la teleserie Sucupira de TVN, esa donde Francisco Melo era Diógenes Tobar, un larguirucho nerd apasionado por atrapar mariposas. En el relato, de pronto emergió un personaje inusual: un burro. Y Luis Miguel, como lo bautizó, cobró cada vez mayor relevancia humorística para el escritor. Comentaba con su equipo posibles diálogos y acciones del asno a través de la producción. “Por supuesto, la mayoría no se podían poner en pantalla”, recuerda Gumucio mientras empina una botella plástica de Coca-Cola y da un sorbo largo.

En una de esas bromas con acciones imaginarias del burro, lo agarró tal nivel de ataque de risa que terminó hospitalizado. Un músculo del vientre se había desgarrado por tanto jolgorio. Se necesitaron varias inyecciones para recomponerlo.

El profesor de castellano, magíster en literatura, columnista y escritor —Memorias prematuras, Comedia nupcial, Monstruos cardinales, Los platos rotos, La deuda—, está en su oficina de la Universidad Diego Portales, donde dirige el Instituto de Estudios Humorísticos. Se trata de una instancia en donde estudiantes de literatura, publicidad y periodismo exploran las opciones que entrega el humor en sus respectivos campos.

—¿Se toman en serio el curso?
—Trato. La idea no es que vayan a hacer chistes, sino que exploren un lado del cerebro que usualmente no se ejercita.

—¿Y los rajas?
—Sí, si son flojos rematados… A los que no tienen talento, los compensa su trabajo y esfuerzo. Pero a quienes lo tienen, les exijo demostrarlo.

Su refugio universitario está plagado de libros y CD. La mayoría de los textos se mantiene ordenado en una estantería, pero buena parte de los discos —desde pop a música clásica— se desparrama sobre su amplio escritorio. Una blackberry reposa cerca del computador.

Gumucio anda con un terno azul, zapatos café desgastados, algo deformes, y una camisa que, como excepción de elegancia, en su bolsillo tiene bordadas las letras RG.gumucio-texto

Cada vez más parecido a un Marx moreno con su barba crecida y pelo indómito— ha estado siempre cerca del humor más oscuro, sarcástico y absurdo. Por algo sus pasos en Plan Z y Gato por liebre. También en The Clinic.

—¿Está claro lo que es humor?
—Existen definiciones de distinto tipo; claridad absoluta no hay. Es un término resbaloso y complejo. Diría que es la ciencia de las excepciones a la regla. Como cuando el maestro chasquilla le pega al televisor y lo arregla. Eso que lo hace funcionar es humor.

—¿Se puede diferenciar con nitidez el buen humor del malo?
—Es cuestión de gustos. Como en el arte, no hay bueno o malo. Eso sí, unos están mejor hechos y son más interesantes.

—¿Como quién en Chile?
—Por ejemplo, lo que hacía Andrés Rillón en TV.

Gumucio también suele reír con Woody Allen.

—Le gusta el “humor inteligente”…
—Es una tontería hablar de “inteligente”. Lo de Rillón no es más que lo de Dino Gordillo. La diferencia tiene que ver con el riesgo y la aventura. La cabeza de Andrés llega a lugares a los cuales la de Dino no podría llegar nunca.

—Pero Gordillo triunfa en Viña y Rillón probablemente no duraría dos minutos…
—Es que hacer humor en ese escenario, con ese público, resulta imposible. Esa multitud y el tipo parado ahí arriba… Sólo se sigue haciendo porque era una especie de festival de colegio o kermesse que creció y los que suben al escenario son verdaderamente kamikazes.

Tras las discutidas presentaciones humorísticas en el Festival de Viña 2011 —y la queja furibunda de agrupaciones como el Movimiento de Integración y Liberación Homosexual (Movilh)—, Gumucio define fronteras entre el buen y el mal gusto: “Para mí no hay límites. Pensar en el buen gusto es la mejor manera de no hacer humor”.

—¿Vio a los que fueron este año a Viña?
—No en directo, pero los he analizado con mis alumnos. Gordillo corresponde un poco a esta idea chilena de sacar al guatón de las tallas en los asados y subirlo a un escenario. Lo hace bien.

—A Mauricio Flores le criticaron un supuesto abuso con chistes de homosexuales.
—Ahí hay un tema interesante que tiene que ver con el choque de dos culturas. En el mundo de la pobreza, la homosexualidad se castiga a través del chiste y la burla. En sectores más acomodados, a los gay los integran, no los agreden, porque son un factor de mercado, de consumo… A Flores, en todo caso, no lo han juzgado por homofóbico, sino por rasca. El personaje de Tony Esbelt me parece muy poco sutil, aunque reivindico absolutamente su derecho a ofender a los homo. El humor es para ofender a las minorías. Y uno esperaría también humor de las minorías para ofender a las mayorías.

—¿Que los gay se rían de los hetero?
—Claro, que contesten, que exista un choque. Mira lo que pasa en Francia o Estados Unidos, donde las minorías que son objeto de burlas, luego usan el humor para reírse de sí mismos y después de los que se han burlado de ellos. ¿Te acuerdas lo que sucedió hace un tiempo con la parodia a Jesucristo en El club de la comedia?

—Se armó una polémica y el Consejo Nacional de Televisión formuló cargos contra CHV…
—Claro. Lo que a mí me habría gustado es que los católicos, que tienen canales y radios, hicieran chistes de ateos o respondieran de la misma manera. Pero no pueden, ya que no están seguros de lo que creen y prefieren destruir cualquier asomo de duda.

—Hablabas de Viña. ¿Has analizado la actuación de Meruane?
—Una verdadera delicia y, al mismo tiempo, algo terrible. Lo hizo todo mal. También hubo culpa de los animadores, que lo presentaron como un humor pensante, político y crítico. Al final contó chistes de colegio. Y de básica más encima. Fue un ejemplo de como hacerlo todo mal.

Gumucio se explaya: “El problema es que en Chile cualquiera es más divertido que los humoristas que salen en televisión o aparecen en el Festival. Es muy raro, pero la gente acá llama humor a lo que no es”.

—¿Cómo?
—En países donde la gente no tiene mucho sentido del humor se reúne en lugares específicos a ver números que, por lo demás, son muy buenos. En Chile, al revés: todos tienen humor, pero se juntan a escuchar a los tipos más fomes que cuentan unos chistes muy aburridos.

PESE A PERSONAJES COMO MANOLO GONZÁLEZ, Bigote Arrocet o Jorge Romero Firulete, el académico insiste en su juicio tajante respecto del estereotipo de cómicos nacionales: “Acá son todos gordos, redondos y con los ojos saltones. Hay intentos diferentes, como Coco Legrand, pero no es divertido para las personas”.

—¿Cómo? ¿A la gente no le gusta Coco Legrand?
—Dicen que sí, pero no. De otra forma, habría varios más parecidos. Creo que está jubilado hace años…

—Acaba de lanzar un nuevo espectáculo.
—Pero lo de él es un humor de clase media cultivada, no de multitud. Acá manda el estilo Circo de Timoteo.

—¿Y Kramer?
—El sí tiene algo muy chileno: la imitación. Siempre hemos tenido gente buena en eso y talentosos para hacer ruidos. Es un arte. Kramer responde también a otra generación, más leída y viajada.

—En este cuadro, ¿qué espacio ocupa el humor político?
—Hubo una cierta tradición que se perdió totalmente, así como también perdimos completamente el nivel de la política. Ante un Presidente que se equivoca en la fecha en que se independizó el país y unos parlamentarios obsesionados por el costo de un sillón, todo humor se convierte en redundancia.

—¿Ves a algún político con potencial?
—Hinzpeter es muy cómico, pero no creo que lo sepa. Vidal también.

—¿Y el Presidente?
—Piñera es un humorista frustrado.

—¿Con qué tipo de rutina lo ves?
—Está para stand comedy. Imagina todo lo que podría decir frente a un micrófono.

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