‘Esto es puro juego’.
Juan Carlos Zagal y el regreso de Teatrocinema
Después del éxito de Sin sangre, la compañía regresa con El hombre que daba de beber a las mariposas, un sorprendente viaje experimental donde el uso de la tecnología se intensifica. Pero las exigencias creativas y financieras son tan duras que la continuación de la trilogía está en duda.

Como suele pasar ya hace años, apenas se apagan las luces de la sala los espectadores saben que Teatrocinema se encargará de transportarlos por un inesperado y rupturista periplo dramatúrgico.
Así lo hicieron con Sin sangre y así lo están haciendo ahora con El hombre que daba de beber a las mariposas, la nueva y exitosa obra que está en cartelera, con butacas llenas, en Matucana 100.
Días antes del estreno en nuestro país, el actor y director Juan Carlos Zagal habló con CARAS, mientras esperaba la conexión que lo traería a Chile. Venía regresando de Italia después de haber presentado, con éxito arrollador, el montaje en el teatro San Ferdinando de Nápoles.
Pensada como una trilogía, la primera entrega, Sin sangre, exploró el lado más oscuro del ser humano (dolor, violencia y venganza), mientras esta nueva puesta en escena indaga en mundos más cercanos a la compasión, el amor y el humor.
Si antes sorprendieron con el inicio de un estilo basado en la dramaturgia y el cine, ahora ese camino se profundiza más con el uso masivo de composiciones digitales, filmaciones y animaciones 2D y 3D. Todo, en una poesía de imagen que algunos ya plantean como el lenguaje que comandará el teatro del nuevo milenio.
“En varios momentos el espectador no logrará discernir qué es virtual y qué no”, adelanta Zagal.
El desafío no es menor. No sólo en cuanto a las exigencias y costos que implica esta apuesta sofisticada en lo tecnológico, sino en el peligro de que esas herramientas del mundo virtual terminen por devorar la dramaturgia. Pero Teatrocinema ha sido capaz de que estos recursos estén precisamente al servicio de los actores. Ellos son los que los usan, no al revés.
Escrita por Juan Carlos Zagal, Laura Pizarro y Dauno Tótoro, El hombre que daba de beber a las mariposas —segunda coproducción que realiza la compañía con la Fundación Teatro a Mil y que estará hasta el 22 de agosto— permite un viaje tiempo-espacio instantáneo, un salto de una mente a otra que sorprende y maravilla.
La obra se desarrolló en veinte meses. “Partimos con la escritura del guión, la preproducción y planificación. Luego el storyboard y los ensayos con los nuevos actores. Después vino toda la etapa de filmación, postproducción de las imágenes y la animación de los mundos 3D. En total unas 50 personas han estado en las distintas etapas del proyecto. Ha sido difícil en lo económico, pero muy gratificante en lo creativo”.
—¿Qué presupuesto maneja una obra así?
—Dar cifras exactas es complicado. Lo que sí puedo decir es que todos recibimos un salario digno y profesional. A eso se suma la inversión en equipos y el alquiler de distintos espacios. No sé los montos precisos, pero debe ser muy parecido a lo que cuesta hacer una película hoy en Chile. La gran diferencia es que en el cine está la postproducción y la edición, acá nosotros lo hacemos todos los días en vivo.
—¿Resulta rentable un montaje con ese nivel de inversión?
—No hemos pensado en eso. Así somos de irresponsables. No tenemos más expectativas que seguir viviendo dignamente de lo que hacemos y que la compañía, con las 15 personas estables que la componen, se mantenga en el tiempo.
—Lo que está claro es que esta obra es tecnológicamente más compleja que Sin sangre…
—Mucho más. Usar 3D y más de 300 videos mezclados en las pantallas con sonido 5.1 hace la obra más vertiginosa y compleja. Es una evolución en el lenguaje que hemos planteado hasta ahora. De hecho, nos obliga a reflexionar sobre qué es lo que queremos hacer más adelante.
—¿Y cuál es la respuesta?
—Que no podemos seguir tensionándonos y presionándonos tanto. No hay dinero que alcance, tampoco tiempo ni lugares disponibles. Estamos muy en contra. Somos como esos corredores africanos que ganan las maratones, pero que nunca se habían puesto zapatillas. Como hacemos un trabajo experimental, necesitamos un laboratorio. Y no lo tenemos. El problema es que generamos más ideas de las que podemos realizar. Esta obra es más evolucionada, pero quizá tampoco refleja lo que realmente soñamos. No hay que bajar el nivel de creatividad, sin embargo, también debemos ser realistas.
“REALIZAR UN VIAJE AL INTERIOR DE LA MENTE O DE LOS SUEÑOS ES DIFÍCIL DE LOGRAR. La tecnología facilita el recorrido de los espectadores en tiempo y espacio. Es la forma para contar nuestra fantasía”, agrega.
—¿No sería posible hacerlo sólo con dramaturgia?
—Es que no me interesa la palabra sola. Lo más importante son los ojos: una especie de réplica de una galaxia. Una puerta, un umbral… Nuestro teatro es un ojo que se abre y mira. Queremos estimular de distintas maneras a esa persona que está expectante en medio de una sala oscura. Claro, un riesgo es que la tecnología termine por comerse a los actores, pero acá no sucede porque está al servicio del texto.
—Debe ser difícil escoger los mejores efectos para la narración…
—Por eso nos demoramos tanto. Usamos mucho el sistema de prueba y error. Repetición, repetición, repetición… Así vamos encontrando el camino. Además, llevamos años en esto. La experiencia con La Troppa nos sirvió mucho, ya que siempre trabajamos sobre la base del juego. Esa es la clave: esto es puro juego. Lo que pasa es que algunos de los juguetes que utilizamos ahora son más complejos.
—Sin sangre estaba marcada por el dolor, la venganza y la violencia. ¿Qué elementos atraviesan este segundo montaje?
—Las ganas de vivir, de superar el dolor… Son historias de amor que se mezclan. Hay tristes, divertidas, inquietantes. Y todo transcurre mientras se filma una película. Es como un sueño intenso.
—¿Por qué hablan del concepto con-fusión?
—Son las ganas de fundir y confundir. Es el deseo de que a uno le muestren un truco y creer en él. Ahora, esta obra comparada con Sin sangre, es una montaña rusa, muy vertiginosa… Hay momentos memorables donde hasta nosotros aplaudimos.
—¿Hacia dónde nos llevarán en la última parte de esta trilogía?
—Es que no sé si habrá una tercera.
—¿Por qué?
—Nada es seguro. Hay que evaluarlo y ser responsable. Ya no queremos ser orfebres, sino joyeros finos. ¿Pero cómo hacer para financiar y tener el tiempo que se requiere para elaborar esa joya? Es un desafío enorme, que queremos hacer, pero al parecer es algo que sólo nos interesa a nosotros y al público que le gusta el teatro. Lo demás es todo ficción. Antes de pensar en una tercera parte, queremos que los chilenos vean esta obra y sepan que estamos activos y en el camino.
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