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¡Impostores!

Les Ballets Trokadero de Monte Carlo en Chile

Por: Mariola Montosa

Visten tutús, sin ser bailarinas. Parecen mujeres, pero son hombres. Parodian la danza y son eximios intérpretes. Con 36 años de exitosa carrera desde que fueron fotografiados por Vogue, el ballet Trokadero llega al Teatro Nescafé de las Artes.

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Suena la música de Tchaikovsky. Las bailarinas salen a escena. Se elevan sobre las puntas de sus pies, usan tutús, pero hay algo extraño. Son corpulentas, usan zapatillas talla 47 y ‘algunas’ tienen el torso ‘peludo’. Una sorprendida señora del público comenta: “Parece una chica de lo guapa que es… bueno, de lo guapo que es…”. Es la esencia del impresionante Les Ballets Trokadero de Monte Carlo: hombres interpretando roles femeninos con tal perfección que engañan. El día del estreno de su show en Bilbao, España, el teatro Arriaga está a rebosar. Gente de todas las edades, paisanos y extranjeros, ríen cuando un grupo de musculosos pero perfectos cisnes aparece y uno de ellos cae con la torpeza de un patito feo. La carcajada en la platea es general.

Pero no se confunda. No es un show de Drag queens ni una burla a la danza clásica. Es ballet de verdad con bailarines que fueron primeras figuras. Sin duda, un espectáculo único. A los largo de sus 36 años de trayectoria, la compañía ha recibido multitud de premios, se presenta siempre a tablero vuelto y tiene la agenda copada hasta mediados de 2012. Llega a Santiago, por segunda vez, luego de una extensa gira por España, Budapest y Japón. Actuará 
en el Teatro Nescafé de las Artes, que cumple un año de impecable funcionamiento, el 2, 3 y 4 de septiembre. En esta ocasión mostrarán ChopEniana (Las Sílfides), Patterns in space, La Vivandiere y Raymonda’s Wedding.

Detrás de las cortinas se trabaja con seriedad. Reina un silecio sorprendente… los protagonistas se pintan los labios.

danza200“¿Te importa que me afeite mientras hablamos?”, pregunta el bailarín Fernando Medina en su camerino, una hora antes de que empiece el espectáculo. “Como comprenderás es fundamental ir afeitado”, agrega. En pocos momentos interpretará a la princesa Odette (de El lago de los cisnes) y no quedaría bien representarla con una barba de dos días. Sin embargo, la ilusión funciona del cuello hacia arriba, pues mantiene los brazos sin depilar y las piernas, evidentemente, son masculinas. “No queremos engañar al público haciéndole creer que somos mujeres, pero sí que vea que los hombres son capaces de personificar a cisnes, princesas, hadas y otros papeles femeninos”, explica Tory Dobrin, director artístico de la compañía.

El grupo se formó en 1974 en Nueva York para imitar las obras y coreografías del ballet clásico. La idea era reírse del dramatismo de El lago de los cisnes y poner en evidencia el divismo de las primas ballerinas. Es decir, comedia en estado puro, pero con una sorprendente destreza técnica. El nombre de la compañía lo adoptaron de un club en Nueva York y le añadieron Monte Carlo como parodia, ya que era una época en la que el ballet ruso dictaba las normas de la danza y los bailarines norteamericanos cambiaban sus identidades para hacer carrera. Aunque partieron con poco éxito en el Off-Off-Broadway (actuaban cuando los principales espectáculos y los que seguían habían terminado), tuvieron suerte cuando Richard Avedon los fotografió para la revista Vogue Estados Unidos. Desde entonces, han recibido excelentes críticas y se han presentado en las capitales más importantes del mundo. Trokadero es una máquina que no para nunca.

En el camarín, Fernando sigue su transformación. Es capaz de convertirse en ‘cisne’ en media hora y es cuidadoso con todos los detalles. De origen español, es uno de los más veteranos de la compañía y con más oficio. Recuerda con humor lo mal que lo pasó en su debut. “Las pestañas postizas pesaban mucho y me hacían sombra… no podía ver bien. Además, el corsé del bailarín a quien tenía que sustituir me apretaba un montón”, cuenta sonriendo.

El elemento más difícil de dominar son las zapatillas de punta. El colombiano Giovanni Ravelo, quien fue parte de la Compañía Nacional de su país, estuvo a punto de no presentarse a la audición, cuando se enteró que tenía que usar puntas: “Le dije a un amigo: Es una locura, ¿cómo se te ocurre?”, recuerda. Pero lo probó y le gustó. “A las pocas semanas ya estaba arriba de mis dedos, sangrando mucho eso sí”, cuenta. Están de acuerdo en que este aprendizaje ayuda a fortalecer los tobillos y a mantener el equilibrio. Incluso, Rafaele Morra, uno de los 14 intérpretes del grupo, dice que “si volviera al baile clásico podría ayudar más a mi compañera porque ahora entiendo su técnica”.

El futuro de Trokadero pasa por mantener la esencia. Para los danzarines su paso por este ballet les abre las puertas a la interpretación, camino que pueden seguir cuando cuelguen las zapatillas de raso. Por mientras, viven el momento. Tras el estreno, buscan un restorán donde haya lugar para todos y la comida sea muy abundante. “Ellos, a diferencia de las bailarinas, no sólo se alimentan de lechuga”, comenta riendo Iliana López, una de las profesoras de baile.

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