El país del sol
CARAS en el backstage de Quidam
Cirque du Soleil vuelve a Chile con un espectáculo tan impecable como conmovedor. Aunque el público sólo ve el escenario, tras él se esconde una enorme ciudad que se mueve en 60 camiones y demora ocho días en ser levantada. ¿Cómo es ese desconocido mundo que hasta tiene escuela propia?

En el país más futbolizado del planeta, el Mundial no es un asunto importante al interior de la ciudadela que cobija al Cirque du Soleil en Buenos Aires. Las vuvuzelas, banderas, camisetas e hinchas agolpados para ver los partidos que exhiben las pantallas en las vitrinas porteñas pertenecen a un mundo que no llega a conmover a los habitantes de una comunidad circense donde lo que domina es el entrenamiento, la disciplina y la rigurosidad.
Todo queda claro en el comedor. Allí los artistas prefieren dedicarse a vaciar sus contundentes platos y conversar antes que seguir las instancias del pleito Portugal-Costa de Marfil que se transmite en un gran LCD puesto en un rincón. Los dos computadores con internet ubicados al otro lado del salón tienen más demanda, casi tanta como los refrigeradores desde donde el elenco saca bebebidas, postres y yogures.
Faltan tres horas para la función y la actividad comienza a ser cada vez más intensa en ese territorio de dos mil metros cuadrados comandados por una enorme carpa principal de 50 metros de diámetro y 24 de alto. En ella, cada jornada, 2.500 personas se maravillan con Quidam, pero durante el resto del día ese corazón que late cada noche no es más que un enorme músculo de lona silencioso y vacío.
Es extraño pensar que en 1984 apenas una veintena de artistas callejeros de Québec —liderados por Guy Laliberté— convirtieran al Cirque du Soleil en una enorme multinacional de la entretención. Hoy tiene cinco mil empleados, 19 espectáculos presentados de manera simultánea en diferentes partes del planeta y cien millones de personas lo han visto.
QUIDAM (TRANSEÚNTE ANÓNIMO EN FRANCÉS) está en cartelera desde 1996. Pese a los años que lleva en escena, el show muestra cómo la compañía es una máquina bien aceitada que se mueve con agilidad por el mundo y mantiene —no importan los años transcurridos— un nivel de excelencia que parece no declinar jamás.
El tema logístico es una cuestión tan monumental como compleja. Por ejemplo, para echar a andar el número que estará en Chile (desde el 13 de julio) se necesitan 60 camiones y 144 personas de 22 países distintos. Sólo levantar la carpa principal requiere de unas doce horas y más de 70 personas.
Pero Quidam es más que la carpa que resguarda el escenario central. De hecho, alrededor de ella existe un mundo muy parecido a un pequeño país que se encarga de funcionar de manera autónoma. Lo que nunca ve el público son los espacios de ensayos, la cocina con su gran comedor, las decenas de containers con oficinas administrativas, la lavandería, los fisioterapeutas o la escuela.
El estado-Quidam sólo está listo después de ocho días de trabajo. La ‘construyen’ 40 técnicos de la compañía más cien operarios que se contratan especialmente en cada lugar. Por suerte, desarmarla es menos laborioso: ‘apenas’ tres días. En realidad, la nación circense tiene de todo, hasta electricidad propia. Sólo el agua no es de ellos.
Pero recorrer el lugar resulta algo incómodo para el forastero. Todo debe ser debidamente autorizado, está lleno de restricciones para no entrar a ciertas áreas, no se deben tocar los equipos y hay que evitar incomodar a los artistas.
Los técnicos tienen facha de ex integrantes de grupos de rock y amantes de las motocicletas. Los acróbatas, en cambio, se identifican de inmediato: casi todos son flacos, fibrosos, sin peinados ni barbas extrañas y, en el caso de las gimnastas, tienen caras y cuerpos más de niñas que de veinteañeras.
Los artistas han sido acróbatas, bailarines, reconocidos gimnastas (en total son 51, provenientes de 14 países y con un promedio de edad de 28 años). Ninguno duerme en la ciudadela, sino que en los mejores hoteles de los países donde llegan. Se les paga en dólares canadienses, cada dos semanas según la cantidad de números que hayan realizado. Hay beneficios en salud, seguros y bonos, pero son herméticos cuando se trata de hablar del sueldo promedio. No hay sindicato y sólo tienen libre un día a la semana, el lunes.
Muchos cumplen doble función por si uno de ellos se enferma o lesiona, pero hay números tan especializados que si el titular no puede actuar, esa parte del espectáculo se cancela.
Un par de horas antes de la presentación la ‘carpa de los artistas’ (en la parte trasera del escenario) entra en frenesí. Se maquillan, ensayan, elongan y uno más allá dedica largos minutos a arreglar un mechón de pelo que debe estar levantado. Eric Heppell es uno de los entrenadores a cargo e intenta explicar la razón del éxito de los shows de Cirque du Soleil: “Creamos algo que cada espectador asume de manera distinta. Por ejemplo, mi madre que es de Siberia vino a ver Quidam y lloró porque tuvo una conexión política de lo que mostramos con su vida personal en Rusia. Cada reacción es diferente”.
Mark Ward (pianista, bailarín y acróbata) hace de maestro de ceremonias. Doce años lleva en Quidam. El morocho de cuerpo delgadísimo es el que dedica media hora a un pequeño mechón levantado. “Prefiero no pensar qué pasaría si me enfermo. Acabo de completar seis mil shows sin faltar”, dice mientras toca madera.
A cargo de todo está Robert Mackenzie, director general de Quidam. Con su pinta de integrante de Pink Floyd, este inglés con casi dos décadas en Cirque du Soleil resume el espíritu de los que son parte de la compañía: “Estoy acostumbrado a viajar, vivir en hoteles y hacer amistades en diferentes países. Es mi estilo de vida y no lo cambiaría por nada”.
Los minutos pasan y la actividad se incrementa. Justine Willis, jefa de vestuario, se esmera con su equipo en ordenar las 250 tenidas y cerca de 300 pares de zapatos que tienen a su cargo. “Los trajes son diseñados a la medida y cada artista ocupa entre dos y siete diferentes por vez. Todo se hace en Canadá y demora unas tres semanas en estar listo”, explica mientras algunas ayudantes peinan con dedicación un par de pelucas.
Unos se arreglan, mientras otros terminan de consumir calorías. Thierry Guittet-Remaud, un tipo grandote, es el jefe de cocina. Prepara unas 300 raciones diarias. “El menú se adapta con los productos que encontramos en cada país. Lo que más gusta acá son las cosas fritas, como el pollo. Tenemos bebidas, pero se evitan. ¿Alcohol? Depende de la normativa de cada lugar. A veces podemos disponer de un poco en nuestro comedor”.
Unos containers más allá, David Godbout, profesor de la escuela, aprovecha de dar las últimas lecciones del día. El maestro lleva 13 años haciendo clases a los jóvenes y niños que participan en el Cirque. Ahora en Quidam, tiene cuatro alumnas, pero algunas veces el curso ha llegado a sumar 19 estudiantes.
Ella Bangs, canadiense de 13 años es una de las escolares. Bangs personifica a Zoé, que en el show canta como los dioses. Hablar con ella, sin embargo, es una prueba de que, pese a presentarse en la más prestigiosa compañía circense del planeta, sigue siendo una niña tímida de voz dulzona.
—¿Qué te gustaría hacer después de estar en Cirque du Soleil?
—Mmmm… no sé.
Acá un video del espectáculo
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