La nueva aventura de Wood
Estrena película y parte a NY
La primera cinta de ficción sobre la cantautora, se llama ‘Violeta se fue a los cielos’ y se estrena en agosto. “Una versión libre de la vida de esta mujer que era una genio”, dice el cineasta, que de paso habla de cine, política, Iglesia y de su nueva aventura: se radicará con mujer e hijos en Nueva York.

Siete años se demoró en decidir llevar al cine la vida de Violeta Parra. Fue Angel (Parra), el hijo mayor de la autora de ‘Gracias a la vida’, quien terminó por convencerlo. “Tenía ganas, pero necesitaba la energía. Son proyectos de por lo menos tres años entre escribir, producir, filmar…”, cuenta Andrés Wood (45, casado con la diseñadora Paz Puga, tres hijos), quien en los ’90 guardó el título de ingeniero comercial UC para estudiar cine. Además, se trataba de un cambio profundo. Por primera vez el productor de la exitosa serie Los 80 se centraba en la vida de un personaje a diferencia de sus filmes anteriores (Historias de fútbol, El desquite, Machuca, La fiebre del loco y La buena vida), donde lo marginal y las tradiciones han sido protagonistas. “¡Y no se trata de cualquiera! Sino de Violeta, una tremenda mujer con todas sus contradicciones y gran personalidad, que no fue valorada al nivel de lo genial que era. Lo primero fue buscar a la intérprete. Diez meses antes de grabar apareció la actriz Francisca Gavilán y nos convenció por su parecido y energía… Se preparó, estudió y metió profundamente en el personaje”.
Han sido casi tres años de trabajo intenso, escribir el guión a ocho manos (junto a Eliseo Altunaga, Rodrigo Bazáes y Guillermo Calderón), entrevistar a familiares y amigos, leer cartas y documentos para relatar los momentos más emblemáticos de la cantautora… Con grabaciones en Santiago, Talca, el Museo del Louvre de París donde la artista expuso sus arpilleras —y que en la cinta se complementa con imágenes reales de aquella época— para rematar en Argentina, que la acogió en el ’62.
TLa película costó varios millones de dólares (es presentada por Minera Escondida), “aunque prefiero no hablar de platas”, advierte.
Tras el estreno en agosto, Wood comenzará otra aventura personal: se radicará con su familia en Nueva York por casi dos años, donde su mujer realizará un master en educación. Un buen motivo para bajar las revoluciones. “Ese es mi problema: soy bueno para correr, un poco neurótico… Estoy con mis hijos menos de lo que debiera”.
—Bien jugado usted, no cualquiera deja todo y parte a otro país para ir con su señora.
—Es la energía de ella, que inventa estas cosas y las saca adelante. Paz es la especial y yo la acompaño, es lo mínimo… No me pongas por favor como modelo, ¡me matan en la casa! (ríe avergonzado).
Además, no dejaré de trabajar. Tengo la productora, soy dueño de mi tiempo: escribiré allá y vendré a filmar cuando deba. Al final mi gran capital soy yo.
—¿La Violeta con la que se encontró fue muy distinta a la imagen que tenía de ella?
—No había prejuicios, la admiración era superior… La mayoría la conocemos por sus canciones emblemáticas, pero escarbando un poco se abren mil puertas y matices que dan para millones de películas. Por eso aclaro que ésta no es una oda ni un documental sobre ella; es imposible abarcarla entera, ¡Violeta es inagotable! Entregamos una visión muy libre de su vida e intentamos meternos en su mundo interior, lo que despierta curiosidad por seguir conociéndola.
—¿Cómo recopiló la información?
—Hay muy poco material audiovisual, fotos y filmaciones. Los militares quemaron muchas cosas del canal nacional sin saber de qué se trataba, de torpeza… Ella, además, se movía en lugares marginales, y murió joven: a los 49. No es raro estar con un genio y no darse cuenta hasta después… Había que ser muy sensible para entenderla: tenía mucha personalidad, muy volátil, ligera de cascos y de carácter, con energía, fuerza y un mandato de dar a conocer las raíces de su pueblo.
—Fue precursora en varios ámbitos…
—Sus canciones son de estos tiempos: ‘Arauco tiene una pena’ (de mapuches) o ‘Arriba quemando el sol’ (sobre mineros)… Angel, su hijo, cuenta que ella se las envío a Salvador Allende para su campaña en el ’64, y él no las usó por ‘puntudas’. Era visionaria y muy libre, por eso estaba por encima de la cosa partidista. Emprendedora, feminista, política, escritora, la única que ha expuesto en el Louvre y que de regreso en Chile armó una de las primeras carpas artísticas. Es de las tipas más originales, con un don… Viene de una familia especial, que se empobreció con la muerte del padre, un profesor que le entregó cierta cultura aunque ella no terminó el colegio. Tuvo gran influencia de su hermano Nicanor.
—Y como madre, ¿quedó en deuda?
—Era una mamá sui generis, a sus hijos los hacía parte de su pasión; pudo tener sus costos o tal vez los engrandecía. Angel habla con admiración de ella, entendiendo que tenía defectos como todas.
—Fue enamoradiza…
—No se cuidaba mucho… Era apasionada, adelantada en todo sentido y valiente. Una de las cosas que la movía era el amor por los hombres. El más grande que tuvo fue Gilbert Favre…
—¿Logró ganar plata?
—No le importaba. Lo que recibía lo invertía en lanas, telas… Quería hacer una universidad del folclor, enseñar, que cantaran allí los que no tenían voz… Pero se terminó suicidando en su carpa…
—¿Llegó a entender por qué se quitó la vida?
—Esto no es un thriller ni intentamos saber ‘quién mató a…’. Mostramos los elementos, cada cual sacará sus conclusiones. Para mí fue una mezcla de penas de amor, incomprensión de ciertos sectores como la burguesía, de envejecer y sentirse incapaz de traspasar lo que veía a una canción o cuadro. Eso la bajoneaba.
—¿El cine chileno se limita a contar historias?
—Lo veo rico en muchos sentidos, pero hay una desconexión con la audiencia que no lo está valorando. Películas muy buenas como ‘Post Mortem’ (de Pablo Larraín), incluso ‘La Nana’ o ‘Isla Dawson’, no tienen el reconocimiento que se merecen ni las ha visto tanta gente como debiera.
—¿Qué soluciones propone?
—Hay que crear sistemas paralelos de distribución, con centros culturales en todo Chile, ir a colegios, hacer alianzas, ¡ponerle energía! La TV debe formar parte de los proyectos y jugársela en la promoción. También crear sistemas de financiamiento donde el privado se meta más fácil, con películas más taquillas y populares para que lleguen a los espectadores. El Fondart no premia aquellas que no tengan valor cultural.
Cuenta que en un momento pensó que era esencial vivir del cine. Hoy cree que no depender de él le da libertad. “Me gano la vida haciendo publicidad o TV. Esto es un hobbie, pero importante para desarrollar otras facetas. Hay creadores muy buenos. Es un mérito y privilegio estar ahí dando vueltas”.
—¿Por qué ‘Los 80′ se impuso en sintonía, cuando hoy otros temas mandan en la TV?
—Hay un grado de magia, un contacto que se produce con el público que necesitaba eso en ese minuto y lo recibió bien. Es muy difícil dar con la receta, ¡ni los gringos le achuntan! Lo interesante es que en Chile se puede hablar de su gente, de la familia, de cosas que nos representan.
—¿Cuánto ha cambiado el país desde los ’80?
—Hay muchas cosas enraizadas muy difíciles de sacar como el clasismo, el racismo, la falta de tolerancia. El poder que se ejerció en esos años atraviesa todo, y el daño aún nos pesa… Y el tratar de cambiar las cosas ‘en la medida de lo posible’, también. Por algo son estas pequeñas revoluciones. Los estudiantes, los ecologistas, quieren definiciones. Estamos en un período más apasionante.
—¿Cómo ve a la clase política?
—Hay que cuidarla porque, aunque no es la mejor y comete errores, denostarla hace que la gente buena no esté en ella. Tengo la sensación de que a muchos políticos les cuesta mirar a largo plazo, están siempre pensando en la próxima elección, viviendo en función del rating. Eso hace muy difícil gobernar y ser oposición.
—¿Ve nuevos líderes?
—No sé si nuevos, pero sí gente moviéndose. Me gusta una Carolina Tohá, un Claudio Orrego…
—Usted es amigo de James Hamilton, ¿qué opina de los abusos cometidos por sacerdotes?
—Fui formado y muy cercano a la Iglesia de los ’80, pero a mi juicio con Juan Pablo II ésta se apartó de los pobres, de los realmente necesitados, y Karadima es el paradigma de eso. Y dentro de esa concepción de poder absoluto, la sensación de impunidad crea a los malditos, y esta institución llegó a eso. Lo más tremendo es que no ha sido capaz de asumirlo totalmente, a diferencia de los jesuitas. Hoy cuesta mucho decir pertenezco a la Iglesia; hay que ser muy santo, tener mucha fe, porque lo que ocurrió y la forma en que se trató el tema ha sido terrible.
Vea el trailer de ‘Violeta se fue a los cielos’
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