Cultura, Espectáculos y TV

Bullying, dolores y depresión

El exitoso rearme de Alfredo Castro

Por: Lenka Carvallo

Fotos Diego Bernales.

Maltratado en el colegio por compañeros y profesores, este actor, referente del teatro nacional, no subió su autoestima a pesar de los numerosos logros. Filmó Tony Manero en medio de una depresión, pero hoy busca reafirmarse, sobre todo, quererse. “¡Ya basta!, he hecho cosas preciosas en mi vida”.

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Alfredo Castro es un hombre delgado y bajo, que escasamente representa sus 54 años. Se sienta tras el escritorio y en sus ojos se adivina cierta timidez. Pero a medida que la conversación avanza, se revela como un niño frágil y tímido, el mismo que a los 8 años —y como cuenta por primera vez— sufría de bullying en el colegio. Hoy, su figura, todavía recuerda a aquel hijo de padres jóvenes, menor de cinco hermanos, único artista de la familia.

Hace poco se hizo la carta astral. Y reafirmó lo que supo hace veinte años: que vino a hacer cosas importantes. “Yo de místico no tengo nada, pero hoy mis obras se estudian en Historia del Teatro, la gente las conoce, ¿cómo iba a imaginarlo?”. Entre tanto se casó con Taira Court, tuvo una hija (Agatha, de 10), se separó, hizo cine, estuvo en Cannes, y abrió la escuela-teatro La Memoria. Actor clave de las teleseries de Vicente Sabatini, a quien por lealtad siguió a Chilevisión, donde por estos días interpreta magistralmente a Casimiro Marcó del Pont, en Manuel Rodríguez. Además, este año vuelve a la gran pantalla con Post Mortem, bajo la dirección de Pablo Larraín, quien ya lo dirigió en Tony Manero. Será Mario Cornejo, que en la vida real fue el doctor que realizó la autopsia de Salvador Allende. “Salgo con el pelo blanco-blanco, largo, con extensiones. Me miraba al espejo y no era yo”.

Castro filmó Tony Manero (2008) en pleno bajón. Se metió en la piel de ese personaje decadente, que compitió en Cannes recibiendo decenas de premios y por la que el propio New York Times lo comparó con Al Pacino. “Me acordé de una anécdota divertida: hace muchos años iba caminando por pleno Central Park y de pronto un tipo se me acerca y me pregunta si yo era Al Pacino. Fue muy brusco, y mientras más lo negaba, él más se enfurecía… Con tanto loco en NY pensé que me iba a matar…”.

De niño se sintió extraño… “Fui un cabro chico bastante sensible, alejado del mundo real, muy solitario… Temprano entendí que mi vida no sería fácil. De partida, porque fui artista en una familia donde jamás existió alguno, donde no hay más antecedentes que mi propia locura”.

—¿Eso fue una dificultad?
—¡Tremenda pues!, sobre todo por el bullying. Fui un cabro abusado, ¡me sacaban la cresta! Por pavo, por flaco, por chico, por enfermizo, por delicado. Estaba en el San Gabriel y tengo los peores recuerdos. Los recreos era con patios diferenciados para hombres y mujeres, y como a mí me gustaba estar solo y no quería jugar fútbol porque lo consideraba violento, entonces me aforraban… Los profesores también, y por cualquier cosa… No volvería al colegio ni aunque me pagaran en oro.

Todo cambió en octavo básico cuando su madre lo matriculó en el Kent. “Lo empecé a pasar increíble. Me convertí en el líder del curso, me di cuenta de que la gente me quería tal como era. Logré traspasar dolores muy fuertes, rearmarme, y ser auténticamente yo”.

A los 16 años se cambió otra vez de colegio, esta vez por decisión propia. “Estábamos en la UP y quería compartir con otro tipo de gente. Me fui al Liceo 11, un colegio súper fascista y bipolar, en Las Tranqueras, pleno Las Condes, con decirte que Patria y Libertad desfilaba en los recreos. El golpe militar me tocó en cuarto medio. Ahora, con el cambio de gobierno, sentí que la historia se volvía a repetir. Que haya perdido la Concertación y asumiera la derecha, ha sido un golpe fuerte, difícil…”.

—¿En qué lo afectó?
—Me duele ver este fracaso… Y bueno, se lo merecían; ¡si perdieron su mística, su ética, su rumbo! Por eso adherí a Jorge Arrate, y lo sigo haciendo. El encarna esa ética a la que yo pertenezco.

—Pero usted dice que ha vuelto a vivir la sensación de estar en dictadura…
—Este cambio me ha provocado todo tipo de cosas… Cuando para el Teatro a mil reestrené Historia de la sangre, vino tanta gente que se agotó completa, pero seguían llegando personas, así es que los ubiqué en el pasillo. Un señor que claramente era de derecha, me agarró fuerte del brazo y me dijo: yo soy abogado y no quiero hacerte un escándalo, pero tú no puedes sentar a nadie en el suelo porque es ilegal… Ahí me di cuenta del cambio. La gente no ejercía el poder con esa prepotencia hace rato… Me volvió un terror ancestral, el de la dictadura. Sentí que me iban a llevar preso, a censurar el teatro. Volví a sentir el bullying.

Después del terremoto hizo una fiesta, para celebrar que su escuela quedó indemne pese a que la construcción es de fines del 1800, “y porque quedamos tan heridos que había que exorcizar los dolores, las penas. Vinieron los alumnos de Danza, de Teatro. Bailamos harto y cantamos cuecas…”.

—¿Le gusta bailar?
—Muchísimo, pero no lo hacía hace tiempo…
De un momento a otro empecé a sentir vergüenza de mí… Pudor de mi cuerpo. Tuve un bajón de autoestima tremendo… Me encerré, vino el terremoto y el nuevo gobierno. Así que dije ¡hagamos una fiesta para sacar todo lo malo! Y me reí, sentí que volví a mí. Me bajó un rollo con el paso del tiempo…

—Pero apenas representa los 54 años…
—Estoy trabajando en eso con mi siquiatra. Ha sido una crisis fuerte con mi cuerpo, con darme cuenta de que ya estaba pasando a otra etapa… Hace poco recibí la medalla Pedro de la Barra, de la Universidad de Chile al mérito cultural (el máximo galardón que puede obtener un artista) y con eso sentí que me pusieron las dos patas en el cajón. ¡Son los grandes honores del teatro chileno y a mí me dieron ganas de salir corriendo!

—¿Siente que se acerca la muerte?
—Puede ser. Por eso tengo que hacer un cambio, decir es lindo estar acá, es buena esta medalla… Porque yo fui el que inventó esos textos, el que escribió esa frase en Historia de la Sangre: mi papi me dijo que yo iba a ser feliz, feliz, feliz, ¿sabe?… y veo cómo llora el público. Pero la felicidad no está asegurada para nadie y tengo que luchar por serlo.

—¿Tiene tendencia a caer en esos planos?
—Sí… Pero también a sobrevivir y superarme. ¡Ya basta!, tengo que reconocer que he hecho cosas preciosas en mi vida, que este teatro es maravilloso, que mi hija y mis amigos también lo son, que he estado muy sostenido por esa gente y tengo que mirar ese lado. Estoy en el trabajo de reconocerme, de quererme, porque me he victimizado ¡y estoy chato, aburrido de esa posición! Tengo que salir de ahí y estoy haciendo el trabajo de decir tengo ganas de vivir, de estar bien… Ahora estoy soltándome, liberando amarras, volviendo a los orígenes, a cuando hice Historia de la Sangre (1990), en que era un tipo más libre, más relajado. Ahora quiero navegar más tranquilamente.

Por ello, volvió a abrazar algunos de sus más grandes hitos. Después de 18 años reestrenó Historia de la Sangre, y hasta el 12 de junio se mantiene en cartelera Hechos consumados. “Hice estas obras cuando Paulina (Urrutia) y la Amparo (Noguera) tenían 22 años; Pablo Schwartz era un niño. Y funcionábamos maravillosamente. Ellos son mis compañeros, mis amigos, me hacen sentir cómodo”.

—¿Se ha ido encapsulando en ese círculo?
—No. Ellos, junto con gente como Claudia Di Girolamo o Rodrigo Pérez son mis refugios y, francamente, no creo que llegue a tener más… Hay un momento en que ya forjaste amistades, trabajos, amores. Sigo recurriendo a esos amigos eternos, que han sido puestos a prueba cientos de veces.

—¿Pero vendrán más amores?
—No lo sé, no está en mis prioridades… 
Estoy ocupado en mi hija, en el teatro. Ahí está puesto mi corazón. Me separé hace dos años y medio, y los duelos tienen tiempos diferentes para cada persona. Recién estoy abriendo los ojos y no ha sido fácil. Pero ¿sabes qué?, estoy acostumbrado a la soledad.

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