La antidiva francesa
Entrevista exclusiva a Marion Cotillard
Con sencillez y talento para ejecutar buenos papeles, esta insegura parisina terminó por conquistar al esquivo público de EE.UU.
Crédito Sian Edwards Adaptación: Roberto Schiattino.

La ganadora del Oscar Marion Cotillard se supera a sí misma con una interpretación sobresaliente: es la atribulada mujer de un director teatral en Nine, junto a Daniel Day Lewis, Nicole Kidman, Penélope Cruz, Kate Hudson y Sofía Loren. Reparto de lujo para el musical de Rob Marshall que se acaba de estrenar en EE.UU. con gran éxito de taquilla, crítica, premios y que llegará a Chile el 18 de febrero.
Dueña de una belleza impresionante y a la vez sencilla, camina relajada por el lobby del hotel Waldorf Astoria de Nueva York. Lleva un vestido verde esmeralda y va sobre altos tacones negros. Todos los ojos se posan sobre ella, que atraviesa el hall sin la estridencia de las estrellas de EE.UU.
Terminó encantando a los norteamericanos, que no la conocían mucho cuando le dieron el Oscar 2008 por su rol de Edith Piaf en La vie en rose, ceremonia donde deslumbró en un vestido con cola de pez, escamas incluidas, obra de Jean Paul Gaultier. En esa película Cotillard simplemente consiguió desdoblarse para ser una cantante talentosa, desequilibrada y dramática.
El público de EE.UU. se sintió traicionado poco después. Porque la cobertura que le dio el premio —es la primera francesa que obtiene la estatuilla de la Academia como mejor actriz; Juliette Binoche fue secundaria— hizo que reaparecieran los videos donde cuestionaba los ataques a las Torres Gemelas; un año antes, en un estelar francés, Marion habló sobre las teorías conspirativas acerca de éstos. “¿Te muestran otras torres del mismo tipo golpeadas por aviones que hayan ardido? Hay una, creo que en España, que se estuvo quemando durante 24 horas”, dijo irónica.
PARECE ESTAR PERDONADA. Hoy, se mueve con soltura por Nueva York. Frente a celebridades como la Kidman, acapara las postulaciones a mejor actriz por su rol en Nine. Sólo Penélope atrae más prensa, aunque ella postuló apenas a mejor actriz secundaria en los Globos de Oro. Marion es además, rostro de la campaña mundial de Dior, encaramada de punta en blanco en la Torre Eiffel.
A los 35 años, esta hija de artistas parece al fin estar gozando sus éxitos, equilibrando proyectos en Francia y EE.UU. Los reconocimientos le han devuelto la fe en sí misma, porque nunca ha sido realmente segura de sus talentos. El Oscar lo guarda celosamente en su departamento de París.
—¿Mucha presión por haber ganado el Oscar?
—No realmente. El peso lo siento cuando firmo para rodar una película. Me da miedo no hacerlo bien… Lo que me cuesta es que me presionen otros… ¡ya es demasiado lo que me exijo yo misma!
—¿Le gusta verse en la pantalla?
—Es difícil. La primera vez, de hecho, es doloroso, por eso tengo que mirar las películas dos veces. Primero odio lo que veo: el filme, yo, todo. Luego, es como si empezara de cero realmente.
—Debe haber estado impresionada de trabajar con Sofía Loren, Nicole Kidman…
—Fue súper emocionante. Jamás pensé que filmaría con Daniel Day Lewis, Nicole Kidman, Penélope Cruz… ¡Y todos juntos en la misma cinta! Luego nos pusimos a trabajar y éramos un solo equipo, formábamos parte de la familia de la película, entonces ya no me sentía como diciendo ¡oh my God, oh my God, no puede ser quien está ahí! —lanza unas carcajadas—. Al final es increíble haber tenido la posibilidad de actuar con profesionales como ellos y el director Rob Marshall.
—¿Qué la sorprendió de ellos?
—Pienso que Nicole Kidman es una de las grandes actrices que hay; puede ser seria, graciosa… hacer cualquier cosa. Penélope, igual. Son personas amables, normales, respetuosas, que es finalmente lo que los hace buenos actores. Fue una confirmación de que eso es lo realmente importante. Desde siempre, mi sueño era hacer un musical, y les pasaba lo mismo a todos los que Rob reunió en este grupo. La mezcla de culturas contribuyó a que el canto y el baile resultaran tan bien.
—Su personaje está en una relación espantosa con Guido (Daniel Day Lewis), ¿puede entender que alguien se enamore así de un tipo que la trata mal?
—Sí, puedo comprenderlo. Yo viví la experiencia, fue terrible, traté por todas las formas de que él parara… Siempre he pensado que lo que haces refleja lo que eres, pero algunas veces cuando no estás realmente en ti mismo, haces cosas que no te representan. Mi personaje estaba enamorada de lo que él era.
“Me cuesta tener confianza y además me considero floja, así que cuando encuentro algo que me hace sentir orgullosa de mí misma, lo tomo”, declara con esa soltura tan típica suya.
—¿Cómo libera el estrés?
—Trabajando, es la mejor manera de terminar con el miedo a que no me resulte esto o lo otro. Así no me siento a hacerme preguntas capciosas. Las acciones liberan la presión.
Además, se ayuda tejiendo mientras espera su turno en el set. “Hago bufandas o cualquier cosa cuadrada. También me encanta cantar, trato de tocar la guitarra. Cuando estoy en Francia leo mucho y me ocupo del jardín”.
—¿Puede seguir siendo ciento por ciento francesa y hacer películas en Hollywood?
—No creo que uno pueda convertirse en algo que no es, pese a que EE.UU. es tan rico culturalmente. La diferencia está en esas grandes actrices tipo Greta Grabo, Audrey Hepburn, Ingrid Bergman, ellas no se volvieron totalmente americanas sino que tenían una parte….
—Pero después de un tiempo las reclamaban como propias.
—Es cierto, pero Nine fue filmada en Europa. En todo caso, lo que me gusta de Norteamérica es lo cercana que es la gente; cuando tomas el ascensor, todos hablan con todos; en Francia eso no pasa jamás. Tienen un sentido de solidaridad que admiro, no importa lo que pase, siempre tienen buena vibra y te dan energía, como cuando te dicen hola, qué bonito tu vestido, te dan ánimo aunque eso no signifique nada especial.
—¿Le acomoda Hollywood y su enorme billetera para hacer grandes películas?
—Lo que me gusta es que en general me ofrece la oportunidad de realizar proyectos increíbles. Prefiero hacer una película independiente en EE.UU. que una grande en mi país. Finalmente, no trabajaría en un proyecto en el que no crea. Si no hay algo interesante en la idea, entonces no hay nada que decir, y ocurre lo mismo en Rusia, Francia, Dinamarca…
—Las actrices siempre se quejan de que son pocos los buenos roles femeninos.
—Es cierto.
—Pero si le toca un gran personaje como Edith Piaf, se lleva el Oscar.
—Antes de que dijeras eso, pensaba en Kate Winslet con The Reader. Puede que sea cierto, pero el punto es que por cada buen papel para una mujer, hay uno muy bueno para un hombre. Es difícil encontrar roles interesantes, sobre todo cuando depende de la edad que tienes y ese tipo de factores.

—¿Considera que para mantenerse en el negocio hay que seguir siendo bella?
—Si te las arreglas para ser tú misma, bonita o no, vas a encontrar tu lugar. No sé si respondí realmente lo que querías saber pero, claro, al momento de representar el personaje tratas de verte lo mejor posible. El éxito trae un poco de confianza y ésta es parte importante de quererse a sí mismo.
—Hacer Nine la tuvo un poco nerviosa, ¿le pasó lo mismo con La vie en rose?
—Sí, pero estaba tan urgida que escondí los nervios.
—¿Cómo?
—Trabajando, trabajando y trabajando. No pensando en esto me da miedo porque cuando lo hacía me congelaba y paralizaba, entonces me costaba mucho volver a actuar.
—O sea que es como una máquina de filmar.
—No pero me encanta trabajar y trato de dar lo mejor, es una excelente forma de conocer la realidad. Si estás siempre cuestionándote ¿hago esto?, ¿hago lo otro?, al final te paralizas haciéndote la misma pregunta todo el tiempo. Si trabajas, aunque te equivoques, ya lo sabrás y habrás ganado un poco de tiempo.






