El cura bravo
Alberto de Agostini, a cien años de su hazaña en la Patagonia
Con sotana y trípode se aventuraba por fiordos y canales desconocidos, plagados de glaciares y selva virgen. Se enfrentó al poder y luchó hasta el cansancio para detener el exterminio de onas y alacalufes, siempre junto a una cámara y un libro de anotaciones donde iba catalogando, ordenando y bautizando los recovecos de una tierra inhóspita y un mar salvaje. Sus mejores fotos estarán hasta abril en el Centro Cultural La Moneda.
Lo esperaban regalos, pieles de roedores magallánicos y flechas con punta de piedra. Cada vez que emprendía un viaje a los cuernos del Paine o a los acantilados de Tierra del Fuego, era recibido por los jefes de las etnias onas o alacalufes con los brazos abiertos. Sólo una actitud de mutua humildad lograba que estas familias autorizaran que una cámara los inmortalizara.
Para Alberto María de Agostini, el sacerdote salesiano que nació en una aldea de Pollone, al norte de Italia, no existían razones para que su labor evangelizadora borrara la huella ancestral de estos pueblos en los confines del mundo. Les enseñaba el Padrenuestro, el culto católico y los casaba bajo los preceptos de la doctrina, pero jamás los obligó a dejar sus ritos, sus formas de organización ni menos sus métodos de recolección. Los protegía a ultranza y admiraba la forma en que, por siglos, habían aprendido a dominar una naturaleza dura en medio de la tempestad.
Esos clanes son los protagonistas de la muestra Alberto de Agostini: misionero salesiano y explorador de los territorios de Magallanes, que se presenta hasta fines de abril en el Centro Cultural La Moneda. Son 33 fotografías en blanco y negro, de gran formato; además de un video documental con registros cinematográficos originales del sacerdote. La exposición, que se enmarca en la celebración del centenario de su llegada a Punta Arenas en 1910, es organizada por la Embajada de Italia, el Instituto Italiano de Cultura y el Museo Salesiano Maggiorino Borgatello, dueños de la colección. 
Creció mirando los Alpes, en la zona del Piamonte. Deportista inquieto, escalaba montañas de cuatro mil metros, anotaba cambios climáticos, recolectaba hojas de hierbas desconocidas y participaba con sus retratos en exposiciones de la Sociedad Fotográfica de Florencia. Sus padres lo educaron en el rigor de la congregación de los Hermanos de las Escuelas Cristianas, pero en 1901 se encontró con los Salesianos, la orden que había sido fundada cincuenta años antes en Turín por Juan Bosco. Le impactaron los pilares teológicos: razón, religión y amor. Consideraba que una manera de entender a Dios y a la humanidad es a través de la ciencia, del conocimiento de la naturaleza y, en lugar de absorber los misterios de una doctrina, se empeñó en planificar una forma de evangelización pacífica.
ZAPATOS RESISTENTES, UNA CÁMARA Y UNA BIBLIA, es todo lo que necesitaba para partir. En 1909 se ordenó como sacerdote y pidió a sus superiores ser parte de las misiones por el mundo. El 28 de octubre del mismo año se embarcó con destino a Punta Arenas. Después de una larga navegación, se reunió con monseñor José Fagnano y le habló de sus inquietudes. Tuvo suerte. A las pocas semanas le encargaron una labor misionera por los pueblos de la Patagonia. Los mismos que estaban amenazados por enfermedades europeas, que tenían cercadas sus tierras de sustento debido a estancieros inescrupulosos y que, como si fuera poco, eran cazados como bestias para ser exhibidos en zoológicos humanos de Francia, Inglaterra y Suiza. Agostini experimentó el hastío y comenzó su labor.
El 21 de enero de 1913 inicia su primera expedición a bordo del Júpiter. La meta: ascender el monte Sarmiento, uno de los más altos de la zona. En el trayecto descubre y bautiza el lago Spegazzini, además de un sinnúmero de fiordos y glaciares que encuentra a su paso. Pero dadas las condiciones climáticas, debe cambiar de objetivo y decide internarse por el seno Almirantazgo con la intención de llegar a Ushuaia a través del mar. Después, por tierra, cruzan la sierra Valdivieso. “En cuatro meses recorrí 2.150 kilómetros, administré 579 bautismos, 544 confirmaciones y regularicé 15 matrimonios”, anota en su libreta.
Hace clases en Punta Arenas y organiza más de treinta expediciones. En 1956 y con 70 años, por fin llega a la cumbre del Sarmiento y, de paso, conquista el cerro Italia.
Nunca deja de exhibir sus fotografías en Punta Arenas, Santiago y Valparaíso. Esas imágenes dan la vuelta al mundo y el libro Mis viajes a Tierra del Fuego es alabado por geógrafos y cartógrafos. Su serie de paisajes obtiene medalla de oro en Río de Janeiro y su trabajo científico traspasa las fronteras, siendo reconocido por las sociedades geográficas de Italia, Estados Unidos y Chile. “La conquista de nuevas cumbres para el montañismo, una nueva cartografía y la recopilación de información en formato visual, tan excepcional por su lenguaje estético, componen una parte importante de la construcción de la base territorial de la nación chilena”, sostiene el historiador Ricardo Rubio, de la Universidad Católica Silva Henríquez, a propósito de esta exposición.
“ERA COMO TENER A JULIO VERNE EN CASA”, recuerda desde Italia su sobrino Giovanni de Agostini. “Pasaba por nuestra casa y dejaba testimonios directos de sus experiencias. Después de almuerzo nos reuníamos con mi padre y este tío que comenzaba a contar sus historias. En la imaginación de un adolescente, era como hablar de las Veinte mil leguas de viaje submarino. Por mi mente corrían imágenes maravillosas de los glaciares de Tierra de Fuego, la pampa sin límites, las altas montañas y una flora exuberante”.
Su legado es incalculable. Salvatore Cirillo, director del Museo Maggiorino Borgatello, que conserva gran parte de la obra de De Agostini, también describe su espíritu: “Fue un hombre que quiso ser fiel a su esencia salesiana. Se internó por tierras desconocidas, descubrió y ordenó a través de una nueva toponimia glaciares, volcanes y fiordos. Apenas se sabía algo gracias al viaje que había realizado Darwin un siglo antes, donde supuestamente sólo habitaban indígenas caníbales. Esos pueblos, sin embargo, vieron en él a un hombre de paz, le dieron su confianza y le ayudaron con datos de rutas y orientaciones”.
La precaria situación de los indígenas fue su congoja. Le perturbaba sentirse parte de una civilización destructiva, pero tampoco podía olvidar a sus fieles: los colonos, los mineros y todos los que habían llegado a aquellas tierras en busca de fortuna.
Nada ni nadie lo detuvo a la hora de denunciar los delitos que cometían algunos estancieros. Se atrevió a acusar al entonces gobernador Manuel Senoret, quien había deportado tribus enteras, empujándolas hacia Punta Arenas con el pretexto de “sustraerlas de la miseria y asegurarles el alimento y el vestido que carecían”. Agostini reclamaba con furia: “La responsabilidad de estas guerras de exterminio contra los onas recae en gran parte sobre el gobernador… Para proteger los intereses de unos pocos y también para oponerse a los misioneros salesianos que él habría querido expulsar de la isla de Dawson, de la cual codicia los bosques y los pastos. Favoreció la más indigna de las persecuciones. ¡Expuestos casi desnudos por las calles de la ciudad!”.
Murió en Navidad, justo el 25 de diciembre de 1960, en la Casa Matriz de los Salesianos de Turín. Lúcido hasta el final escribió: “A los misioneros salesianos nos correspondió la noble aunque ingrata tarea de defender al indígena fueguino contra el blanco. Ya no escucharán más las selvas vírgenes, en la quietud profunda de una noche lunar. El koliot (forastero), sediento de riquezas y dueño de armas mortíferas, ha cumplido con rapidez su obra nefasta, destruyendo para siempre la felicidad de esta raza primitiva, que desde siglos vivía solitaria en la más singular región de la tierra”.
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