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‘Me gusta gozar la vida, sólo me encargo de no ser una mujer tontita’

Matilde Pérez, genial a los 90

Por: Alfredo López

Fotos Claudio Doenitz

Soy buena para meter la pata y me aconsejan que no diga pesadeces’, nos confesó pocos días antes de partir a París, la ciudad que la transformó en cinética de la mano de Vasarely. Hasta septiembre expondrá su obra en el barrio de La Bastilla… el mismo lugar donde quiso, y no pudo, quedarse para siempre.

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“Lo peor que me podría haber pasado era dedicarme a dueña de casa”, dice Matilde Pérez mientras los artistas geométricos de Europa celebran el reciente desembarco de su trabajo en la galería parisina Espace Zafra. Al momento de esta entrevista faltaban pocos días para reunirse allí con los herederos de una corriente artística que cambió los cánones clásicos de la pintura y le agregó un nuevo dinamismo. Como dice Manuel Basoalto, curador de la muestra: “Después de su participación en la exposición Los Cinéticos en el Museo Reina Sofía y del homenaje que le rindieron en Cuba, existe un contexto de valorización ascendente de la obra de Matilde… Era importante que volviera con una exposición individual a París, el lugar al que llegó en los ’60 para incorporarse a este movimiento liderado por Víctor Vasarely”.

Y aunque ella reconoce que desde niña pensaba en forma geométrica, sabe que su vida cambió cuando en 1960 despegó para encontrarse con sus pares en la Ciudad Luz. No fue fácil: tuvo que resistir los ataques que la condenaban por dejar marido e hijo. “Pero yo siempre he hecho lo que se me antoja. Entonces nada me importó”, recuerda hoy.

Minutos después de su nacimiento, en 1920, su madre murió en el parto. Hija póstuma, idealista y solitaria, sabe que algo trascendente pasó en su vida al momento de llegar al mundo. “La falta de madre no es algo habitual… Sin embargo, nunca me pregunté nada. Me daba lo mismo. En lugar de haberme criado como una guagüita en brazos, yo me quedé como un volantín chupete. Volando en el espacio”.

—¿No cree que eso determinó su personalidad?
—Es posible, porque siempre hice lo que se me ocurrió y a nadie le preocupaba tampoco lo que yo hiciera… Eso determinó mi vida y he sido feliz. ¿Qué te parece la felicidad de esa forma? No es algo normal, pero es felicidad al fin y al cabo.

—Pero cuando a uno le duele algo, de inmediato grita ¡mamá!
—Yo me tenía que consolar sola. Además, me crié con mi abuela, que era una mujer de edad, no precisamente una persona con la que pudiera divertirme. Por eso tuve que aprender a entretenerme… y eso me encantó. La verdad es que no me quejo de nada.

—¿Cómo jugaba? ¿Qué hacía?
—Vivíamos en un fundo, en Santa Rosa, y yo era feliz ahí. Adoraba estar en medio de los árboles y no me hacía falta nadie. Gozaba con todo, inventaba cosas. Nunca me gustaron las masas ni los clanes. Nada de mucha gente.

arte200—Y después estuvo en colegio de monjas.
—Sí, diría que estuve en colegio de monjas y después en otro de monjitas. Primero en el internado de las inglesas hasta que nos fuimos todas a las monjas francesas.

—¿Y la pintura cuándo llegó?
—Es raro. Desde chica me gustó, pese a que en mi casa nadie tenía relación con el arte. A los cinco años dije: Cuando grande voy a ser pintora. Y como nadie se opuso ni me dijo nada, seguí con mis ideas. Cuando tenía 16 ó 17 pensé: Ahora tengo que cumplir con lo que me prometí hace más de diez años. Estaba obligada por mí misma.

—¡No tuvo un maestro tampoco!
—Al principio no. Después tomé clases con Pedro Rezka, pero duré un año nomás. Encontré que el caballero era un poco fiambre respecto a mis ideas y estaba viejito. Luego me fui con Pablo Burchard a la Escuela de Bellas Artes… Don Pablo era un clásico, pero me gustaba porque era de categoría… Ahí estuve mucho tiempo. Fui alumna, ayudante y después catedrática. Siento que me crié ahí.

—¡Fue clásica!
—Poquito. No me acuerdo en qué años… Las fechas siempre me han importado un rábano.

—¿Se sentía incomprendida por sus pares, la generación del ’40, Ximena Cristi, Inés Puyó?
—Para nada. Siempre observé que para nadie era relevante lo que yo hiciera. Entonces me aproveché e hice lo que se me diera la gana.

—Y después se casó…
—Parece que sí… Y tuve un hijo también. Pero hablando en serio: fue mi único marido, hasta el ’99, cuando murió. Lo conocí en la escuela, era pintor. Una vez lo vi y pensé este tipo me podría gustar. Y a los pocos días me lo encontré en el taller, se llamaba Gustavo Carrasco y estaba haciéndome clases.

—¿No se sintió atada con un marido al lado?
—El nunca me molestó en nada. Además, hablábamos el mismo lenguaje. Nunca hubo peloteras ni espacio para contradecirnos.

Más de una vez sintió que su vida de casada detenía sus sueños, aunque reconoce que su marido fue un hombre que jamás le cortó las alas. En el año ’60 supo de un concurso para una beca en París y la consiguió. “Me fui por un año y terminé quedándome dos. Quedó la tremenda escandalera”.

—¿Qué decían?
—Muchos me criticaban porque dejaba a mi marido y a mi hijo, que todavía era un niño. Pero antes hablé con mi suegra y le dije: Yo soy una persona de arte, que debe estar cerca de los acontecimientos culturales. No soy una dueña de casa. Y me entendió, porque la habían criado para señorita y era una artista frustrada.

—¿Fue difícil tomar la decisión?
—Claro. Dejé al Gustavo marido, que tuvo que quedarse cuidando al Gustavo hijo. En París llegué a una pensión y comencé una vida nueva.

“La farra me aburre, eso es para los estúpidos”, dice mientras repasa ese período. Fue recibida por Marta Colvin. “Ella me metió a un taller con Berthold, un pintor naturalista muy respetado. Pero, al poco tiempo, sentí que me estaba jodiendo. Quería que me confirmara como artista con naturalezas muertas y esas cosas. Un día le dije: ¿sabe? Le pinto lo que usted quiera. Y le hice una figura humana en dos días. Quedó sorprendido”. Después de Berthold vino el maestro Julio Le Parc. Fue él quien la introdujo en el dinamismo y la abstracción absoluta.

—¿En ese momento todavía no era cinética?
—No. Primero fui geométrica. Luego fui compañera de un chico muy simpático: se llamaba Yvaral y me presentó a su papá, que era nada menos que Vasarely (considerado el padre del op-art). ¡Es impresionante cómo llegan las cosas!

—Ahí empezó su sello, ¿no?
—Exacto. Fue algo lento eso sí. Porque las cosas no se improvisan. Nunca más paré de trabajar. Desde ese momento todas mis obras fueron geométricas, de mucha visualidad y dinamismo.

—¿Y cuándo pensó que era el momento de regresar a Chile?
—No quería volver. Este no era mi mundo. Pienso que volví a puro enjaularme. Pero tuve que venirme nomás. Un hijo es importante en la vida de toda persona. Eso no se puede desconocer.

—¿Y cómo fue recibida por sus colegas?
—No sé. No les preocupaba mucho, tal vez no me entendían. Cuando volví hice un túnel mecánico de cuatro metros de largo en la sala del Instituto Chileno Norteamericano. Uno entraba y podía caminar por él. Cuando pisabas, se iba iluminando. Imagínate lo espectacular que era en esos tiempos.

—¿Hay alguna cosa de la que se arrepienta o que no haya hecho?
—Muchas y muchas no. Una era el hecho de tener un hijo y no poder salir disparada al mundo para dedicarme a lo que me gustaba… A lo mejor soy pesadita por decir eso. Pero es la verdad. Por eso siempre he tratado de hacer lo que quiero. Yo no estoy para hacer tortas, postres ni empanadas. Me gusta disfrutar la vida y sencillamente me encargo de no ser una mujer tontita.

—¿Su marido le decía algo?
—Para nada. De hecho, me pasaba todo su sueldo y yo lo administraba. Y nadie nunca se quejó de que faltara algo. Incluso me alcanzaba para darle una mesada (y estalla en risas).

—¿Después pudo volver a París?
—Varias veces y me reencontré con todos los amigos cinéticos. Ellos vieron que, a pesar de la distancia, mi trabajo tuvo una evolución propia.

—¿Cómo fue que se enamoró de las líneas, de las cosas geométricas?
—La verdad es que fue de puro chifleta, como no tenía compromisos con otras corrientes, tomé la opción nomás. Pero junto a Vasarely me convencí y fue como entrar a otro plano… Siempre tuve en mi cabeza la idea del dinamismo, del movimiento.

—¿Ha pensado por qué?
—Sólo porque me parecía que así era la vida. De todos modos, nunca pretendí que me comprendieran tanto. Estoy convencida de que sólo los tontos quieren comprenderlo todo.

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